Por: Laura Espinosa Macías
En apenas unos días, el gobierno de Abelardo de la Espriella convirtió la política exterior colombiana en una demostración de subordinación a los Estados Unidos e Israel. El nuevo Gobierno sustituyó la definición del interés nacional y la soberanía por la obediencia, dejando claro el papel que jugará Colombia en América Latina y en la geopolítica mundial.
En Colombia solemos mirar poco hacia afuera. La política exterior rara vez ocupa el centro de la conversación en un país con una larga tradición de mirar hacia adentro y al norte. Pero hay momentos que ponen sobre la mesa la importancia del resto del mundo en la vida nacional: el terremoto del diez de agosto ha sido uno de ellos.
El lunes, mientras miles de personas lo perdían todo y buscaban sobrevivientes entre los escombros, el último registro público que había del jefe de Estado era aún un efusivo baile del día anterior en la Feria de las Flores. A la par, la Cancillería publicó un comunicado en el que reconoció la soberanía de Israel sobre los Altos del Golán. Un exabrupto contra el consenso internacional que fue inmediatamente celebrado por el canciller israelí y que le ha valido a Colombia el repudio de la comunidad internacional.
Y con razón. No es una decisión cualquiera. El Consejo de Seguridad de Naciones Unidas declaró en 1981 que la anexión israelí del Golán era “nula y sin efecto jurídico internacional”. Solo Estados Unidos, desde 2019, y ahora Colombia han adoptado esta decisión que contradice el marco jurídico asentado por décadas. Trump y Abelardo contra el mundo.
Queda, entonces, la pregunta por el sentido de oportunidad del nuevo canciller: ¿quería que esta decisión pasara de agache? Difícil. ¿Tenía prisa por mostrar un gesto de obediencia? ¿O estamos simplemente ante la displicencia frente a la comunidad internacional y, en plena emergencia, frente al propio pueblo colombiano?
La atención de la emergencia humanitaria se convirtió en sí misma en un escenario revelador del nivel de subordinación geopolítica de Colombia. El gobierno rechazó la recepción de asistencia internacional ofrecida por México, China o Brasil y anunció que solo recibiría equipos de rescate de Estados Unidos, Israel, Ecuador y El Salvador por cumplir con los estándares internacionales.
¿Cuáles estándares? ¿Los estándares políticos de la Casa Blanca y la ultraderecha mundial?
Las vidas de muchos colombianos y colombianas, en las horas cruciales, quedaron supeditadas al mandato de obediencia del presidente ciudadano norteamericano.
A pesar de todo, el gobierno siguió hundiendo el acelerador al giro de la diplomacia nacional. El miércoles, el secretario de Defensa estadounidense, Pete Hegseth, anunció que Colombia autorizó a EE. UU. el despliegue de operaciones militares conjuntas contra organizaciones criminales en territorio colombiano.
La decisión integra al país al llamado “Escudo de las Américas”, una alianza regional impulsada por Washington que no es otra cosa que la reconstrucción, bajo nuevos nombres y nuevas tácticas, de un bloque político-militar hemisférico que actualiza la vieja lógica anticomunista por la no tan nueva lucha contra el “narcoterrorismo”, el crimen organizado y los enemigos definidos por la nueva derecha continental.
Esta arquitectura para la seguridad y el orden regional ha sido diseñada y dirigida por Washington para consolidar el objetivo trazado por la Doctrina Donroe: recuperar el dominio estratégico sobre América Latina, contrarrestar la presencia de China y otros competidores internacionales y ampliar el control político-militar con los gobiernos aliados de la región.
El arranque del gobierno en términos de la política internacional ha mostrado un escenario preocupante: las decisiones parecen responder a las prioridades de otros, se toman de manera subordinada y obediente. Preocupa especialmente quiénes son esos otros: un Estado genocida y una potencia mundial decadente que ha decidido llevarse a la humanidad por delante para preservar los rezagos de su poder, en un mundo que se le va como agua de las manos.
Por eso, Estados Unidos viró hacia su retaguardia estratégica: América Latina, que vuelve a ser escenario de la disputa entre distintos proyectos de orden mundial. En esa disputa, Colombia recupera su posición histórica de punta de lanza de los intereses gringos en la región y cede la soberanía militar de su territorio, tan valioso geoestratégicamente.
Colombia ha entrado en la era de la diplomacia de la obediencia: la subordinación ya no es solo una característica de la política exterior, sino su principio rector. La soberanía se vuelve una quimera cuando dejamos que otros decidan por nosotros, incluso el lugar que ocupamos en el mundo.
