Iván Cepeda lidera las encuestas mientras Abelardo de la Espriella se consolida como el rival más fuerte dentro de la derecha y Paloma Valencia intenta sostener el impulso de la consulta. Más allá de los porcentajes, Federico García, doctor en ciencias políticas, analiza dos fórmulas de ese sector: el espectáculo de autoridad del abogado y la mezcla de uribismo conservador con estética liberal y tecnocrática de la senadora. La pregunta de fondo es: ¿por qué la derecha no logra leer el cambio político que hoy parece favorecer al Pacto Histórico?
Análisis Especial para RAYA por: Federico García Naranjo
@garcianaranjo (Doctor en ciencias políticas, profesor universitario y analista político)
Tras la más reciente cascada de encuestas electorales se puede llegar a dos conclusiones preliminares sobre el probable resultado de los comicios del próximo 31 de mayo. La primera es que Iván Cepeda se consolida en el primer lugar aunque los porcentajes varían según la firma encuestadora y la fecha de medición. Invamer lo ubicó con 44,6 %, mientras Guarumo/EcoAnalítica lo registró con 37,1 %. Ello ha llevado a pensar que es posible obtener la mayoría absoluta y ganar en primera vuelta. Algo difícil, sí, pero posible.
La segunda conclusión es que el otro cupo en segunda vuelta, que hasta hace poco parecía disputarse voto a voto entre Paloma Valencia y Abelardo de la Espriella, muestra en las mediciones más recientes una ventaja más clara para De la Espriella dentro de la derecha. Invamer ubicó al abogado con 31,6 % y a Valencia con 14 %, mientras Guarumo/EcoAnalítica registró a De la Espriella con 27,5 % y a la senadora con 21,7 %. En pocas palabras, la competencia entre ambos sigue abierta, pero ya no aparece tan pareja como en mediciones anteriores.
Sin embargo, lo que podría ser una buena noticia para ambos, en realidad no lo es tanto. De la Espriella ya consolidó su hegemonía en el sector más duro de la derecha y mantiene sus números, pero estos no crecen más allá del margen de error, es decir, a pesar de la importante inversión en propaganda y el derroche de espectacularidad en todas sus intervenciones, Abelardo parece haber llegado a un techo dentro del electorado que más sintoniza con su estilo y su discurso. Su pasado como abogado de mafiosos, los escándalos por su maltrato a las mujeres, la costumbre de demandar a los periodistas que lo cuestionan —más de cien casos, según la FLIP— o sus claras propuestas de corte autoritario, como responder con fuego ante la protesta, son señales que podrían limitar su expansión hacia otros electorados.
Paloma Valencia, por su parte, es la candidata que más crece en intención de voto, pues en algunas mediciones posteriores a la consulta duplicó o aumentó de manera significativa su registro anterior.Sin embargo, las encuestas más recientes muestran límites en ese impulso. La consulta de la derecha del 8 de marzo, llamada la “Gran Consulta por Colombia”, le permitió absorber los porcentajes del reguero de microcandidaturas que compusieron dicha consulta, más una buena parte de lo que perdieron Claudia López y Sergio Fajardo, quienes se desinflaron pasando de un 9 y 10 % a un 2 y 3 %, según el ponderador de encuestas de La Silla Vacía. .
Es decir, Paloma “fagocitó” efectivamente a la centro derecha liberal, como siempre fue la estrategia de Álvaro Uribe, reforzada por la designación de Juan Daniel Oviedo como candidato a la vicepresidencia, pero las mediciones recientes sugieren que esa operación tiene límites. La combinación de derecha dura y conservadora con una tecnocracia neoliberal pero “diversa” puede resultar aceptable para algunos sectores, pero difícil de vender para sectores conservadores que recelan tanto de una candidatura uribista tradicional como de una fórmula vicepresidencial que tensiona sus posiciones en temas de género y diversidad sexual.
Pero más allá de los porcentajes y las tendencias, merece la pena preguntarse por el carácter y el tipo de las distintas candidaturas y por qué van como van en las encuestas de opinión, asumiendo, por supuesto, que las encuestas son medianamente fiables. Lo primero que salta a la vista es que todas las campañas parecen diseñadas por el mismo grupo de estrategas políticos. La del Pacto Histórico, en cambio, parece moverse bajo una lógica distinta. Las campañas de Abelardo y de Paloma, en particular, si bien se diferencian en el tono y en el alcance del discurso —siendo el abogado más radical y disruptivo y la senadora más institucional y conservadora—, cumplen a rajatabla con el manual del candidato del siglo XXI:
Primero, modere su discurso. Quédese en los lugares comunes: seguridad, corrupción, productividad, eficiencia… Atraiga a los moderados e indecisos. Si va a proponer algo atrevido, banalícelo con una estética infantil, ríase, dé periodicazos, dé la impresión de que no es tan en serio. Segundo, preséntese como alguien cercano, fiable, familiar**:** báñese en el río, baile mapalé, coma empanadas en el mercado y cargue niños. Demuestre que en el fondo es una persona común y corriente. Tercero, al mismo tiempo**,** asuma una estética aspiracional, sea el personaje en quien el votante quiere convertirse, véndase como algo a lo que vale la pena pertenecer. Preséntese como un ganador**;** a nadie le gusta apoyar a perdedores. Y cuarto, lleve siempre el discurso a su zona de confort y nunca se deje sacar de ahí. Hable de lo que usted quiere, no de lo que otros proponen. Imponga la conversación pública, que el país hable de lo mismo que usted. Diga siempre la última palabra en toda conversación y nunca admita nada.
Lo llamativo no es que las campañas sigan el manual del marketing político, eso es lo habitual. Lo interesante es que la campaña que no lo sigue, la de izquierda, es justamente la que encabeza sólidamente la intención de voto. ¿Por qué? Tal vez la respuesta esté no solo en la izquierda, sino también en la propia derecha. Porque la pregunta sí es ¿por qué la izquierda lidera?, pero también ¿por qué la derecha no? ¿Qué ha sucedido para que un país tan históricamente conservador como Colombia esté a punto de reeditar su primer gobierno progresista? ¿Qué cambió?
Las élites de este país se ufanaban de ser unas de las más cultas e ilustradas, y de alguna manera no estaban tan lejos de la realidad. Durante mucho tiempo, en las familias más prestantes se dio gran importancia a valores como la educación, la cultura, los buenos modales y los principios republicanos. Líderes políticos de la primera mitad del siglo XX, como Laureano Gómez, Alfonso López Pumarejo o Gabriel Turbay, y de la segunda mitad, como Alberto Lleras Camargo, Carlos Lleras Restrepo o Álvaro Gómez Hurtado, podrán gustar o no, pero debe reconocerse que eran personas con una sólida formación intelectual, tenían discursos que representaban proyectos de país y eran capaces de liderar un régimen de dominación que, a pesar de todas sus contradicciones, se ha mantenido casi incólume durante dos siglos.
No obstante, las nuevas generaciones de esas élites políticas, las mismas que fueron criadas bajo el paradigma neoliberal de la competitividad, el enriquecimiento fácil y el triunfo a cualquier costo, claramente no poseen la misma formación ni el mismo refinamiento de sus antecesoras. Formadas en buscar la eficiencia, la productividad y la mercantilización de todo lo existente, una parte de esas élites del siglo XXI parece más cómoda en la superficie del marketing, la gestión y la opinión rápida que en la elaboración de un proyecto histórico de país. Desprecian las ciencias sociales y las consideran una especie de “entretenimiento verbal para incautos”. Entre ellos puede haber gente bienintencionada, pero normalmente caen en el mismo sesgo de clase que les impide comprender la complejidad del país y se quedan en un discurso que se basa en modelos teóricos europeos o estadounidenses aprendidos de memoria en costosas universidades privadas. Las campañas de la derecha, como se verá enseguida, revelan esa tensión entre forma, espectáculo y falta de proyecto.
Las campañas de la derecha revelan eso. Abelardo ha convertido la atención en el centro de su estrategia. Se presenta como un outsider y su postura es rupturista: se propone romper con acuerdos básicos y transformar de fondo estructuras del Estado, todo a punta de decretos presidenciales. Identifica claramente a la izquierda como “su enemigo”, invoca el orden y la autoridad, pero apela a sentimientos como la venganza y el odio. No propone nada de fondo y construye un discurso mesiánico prometiendo “milagros”, como llama a los puntos de su programa de gobierno. Todo ello mientras da saltos, baila y hace pantomimas como la del saludo militar, un gesto que refuerza más una estética de autoridad que una trayectoria militar propia. Abelardo es una performance.
Paloma no se queda atrás. La incorporación de Oviedo y sus periodicazos, la estética colorida y fresca que busca atraer a un público joven y de votantes nuevos, la moderación en el discurso y la proyección de una imagen de estabilidad institucional, todo ello cumple con el manual. Sin embargo, los desacuerdos públicos sobre temas de género o el anuncio de Álvaro Uribe como eventual ministro de Defensa revelan una contradicción que podría llamarse “las brevas con mayonesa”: hay quien gusta de una o de las otras, pero la combinación no necesariamente resulta digerible para todos los sectores a los que pretende convocar. Una contradicción que no es solo de matices sino de fondo, en asuntos que ya se han expuesto como la igualdad o la implementación del Acuerdo de Paz.
El clivaje liberal-conservador, es decir, el debate de fondo entre principios liberales y conservadores, no se resuelve simplemente juntando a dos personas diferentes que se llevan bien. Lo ocurrido aquí es que el carácter liberal de centro que querían darle a esta candidatura quedó solo como algo estético, porque es claro que quien define las cosas es el sector de derecha. Por eso, la candidatura de Paloma y Oviedo es un pastiche, es decir, según la RAE, una “imitación o plagio que consiste en tomar determinados elementos característicos de la obra de un artista y combinarlos, de forma que den la impresión de ser una creación independiente”, “Refrito”. Paloma es un refrito de Álvaro Uribe: se presenta como una propuesta novedosa, pero en el fondo representa lo mismo de siempre con una apariencia liberal.
Las dos campañas de la derecha, la de la performance y la del pastiche, representan a dos sectores del Establecimiento que luchan por domesticarse el uno al otro. Y desafortunadamente para ellas, ninguna logra movilizar lo suficiente para garantizar hoy su paso a segunda vuelta.
Mientras tanto, la campaña de Iván Cepeda sigue al frente en las encuestas con una estrategia que parece diseñada para unas elecciones del siglo XX, en particular por lo orgánico de muchas de sus expresiones, es decir, no las acciones planeadas desde el equipo de campaña sino por iniciativas de la propia gente. Ha sido una campaña muy análoga, con poca presencia en redes sociales pero con una muy voluminosa por parte de los seguidores. No hay casi propaganda en medios de comunicación, pero la propuesta circula de boca en boca. No hay cuñas en televisión pero hay murales, carteles y pasacalles por todo el país, elaborados por los propios seguidores. No hay debates televisados, pero el candidato ha convocado actos públicos numerosos en distintas regiones. Más que una maquinaria publicitaria tradicional, su campaña parece apoyarse en una movilización orgánica difícil de medir con los mismos criterios del marketing electoral. El tono de voz que usa el candidato es sereno y pausado y sorprende cómo contradice los manuales de marketing político: no pretende tener todas las respuestas y está abierto al diálogo. No presenta propuestas moderadas y afirma que radicalizará el proyecto del cambio. No pretende mostrarse más amable, más cercano o más empático y se mantiene serio y adusto. No pretende caer bien ni gustarle a todo el mundo y se mantiene en sus principios, por más inconvenientes que puedan parecer.
Por eso Iván Cepeda parece transmitir, para una parte importante del electorado, confianza, serenidad y coherencia. Sobre todo coherencia, porque mientras Abelardo intenta verse más tecnocrático y Paloma más inclusiva, Iván no parece obligado a modificar sustancialmente su identidad política para que la gente entienda su mensaje y comprenda qué intereses defiende. Lo que la derecha y sus candidaturas no han comprendido es que Cepeda sigue al frente en las encuestas y tiene posibilidades reales de ganar, entre otras razones, porque lo que representa es claro: por un lado, una parte del electorado parece asociar algunas políticas del gobierno con mejoras concretas en sus condiciones de vida o, al menos, con un cambio en la forma como el Estado se dirige a sectores históricamente tratados como clientelas y no como ciudadanos. Y por otro lado, sectores populares parecen haber percibido que desde el Estado se les trató con respeto, se les reconoció en su dignidad y se les habló como gente inteligente. Por primera vez, muchos colombianos dicen haberse sentido tratados como ciudadanos sujetos de derechos y no como simples menesterosos que debían estar agradecidos por la generosidad de sus patrones o líderes políticos.
Y finalmente, Iván Cepeda tiene muchas posibilidades de ganar —y es lo que no ha comprendido la derecha— porque el país está cambiando y la hegemonía del paradigma construido durante estos años, una combinación de arribismo neoliberal y resignación cristiana, parece estar dando paso a otra manera de ver el mundo, concebida desde lo popular, lo colectivo y lo nacional. Es lo que Cepeda y Aída Quilcué representan. En el entretanto y mientras todos practican la simulación, Cepeda es como es, como siempre ha sido. No pretende, no simula, no se jacta. Puede parecer tímido o incluso antipático, pero ha logrado transmitir que es un hombre reflexivo, firme y respetuoso.
Esa puede ser la clave de este momento electoral: no solo que Cepeda se mantenga al frente en las encuestas, sino que la derecha todavía parece no entender qué cambió en el país que pretende volver a gobernar.
