Desde el socialismo al capitalismo sostenible, desde el decrecimiento al Buen Vivir. Tres pensadores referentes estuvieron en Bogotá y RAYA habló con ellos: Kohei Saito, Jayati Ghosh y René Ramírez proponen claves para esa discusión. La vida, el tiempo y la naturaleza aparecen como alternativa a una economía organizada para la ganancia.
Por David González M.
Después de la primera vuelta presidencial, Colombia entra en una discusión que no debería limitarse a los nombres que pasan a la segunda. Lo que está en juego también es el modelo económico que el país quiere profundizar o transformar: si la riqueza seguirá midiéndose por el crecimiento del PIB, la ganancia privada y la confianza de los mercados, o si la economía puede organizarse alrededor de la vida, el trabajo digno, el tiempo, el territorio, los bienes comunes y los límites del planeta.
Esa pregunta atraviesa debates cotidianos que parecen separados, pero no lo están: por qué se trabaja más y alcanza menos; por qué la riqueza se concentra mientras crece la precariedad; por qué la crisis climática golpea con más fuerza a quienes menos han contribuido a producirla; y por qué los Estados terminan tantas veces al servicio de corporaciones antes que de las mayorías. En medio de esa disputa, hablar de economía para la vida no es una consigna abstracta, sino una forma de preguntarse para quién produce una sociedad y quién paga los costos de ese modelo.

Foto: Daniela Díaz
Ese fue el centro del Festival Economías para la Vida, realizado en Bogotá, donde economistas y pensadores de distintos países debatieron alternativas a un sistema que produce desigualdad, precariza el trabajo y agota los ecosistemas. RAYA habló con tres de ellos: el economista ecuatoriano René Ramírez, arquitecto de la política del Buen Vivir; el ecosocialista japonés Kohei Saito, autor de El capital en la era del Antropoceno; y la economista india Jayati Ghosh, crítica de los modelos neoliberales como el de Javier Milei.
El teórico británico Mark Fisher escribió en su libro Realismo capitalista (2009): “Es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo.” Esa resignación radical ante un sistema que devora la vida, minuto tras minuto, fue la preocupación central de un grupo de economistas de todo el mundo que se reunieron en Bogotá en el marco del Festival Economías para la Vida.
Lo que movía el centro del debate era la urgencia de reformar —o replantear por entero— un sistema económico capaz de entender de otra manera su relación con la vida. En Bogotá estuvieron el economista ecuatoriano René Ramírez, arquitecto de la política del Buen Vivir; el ecosocialista japonés Kohei Saito, autor de El capital en la era del Antropoceno, y la economista india Jayati Ghosh, crítica de los modelos neoliberales como el de Milei. Raya habló con los tres durante su paso por la ciudad.
El diagnóstico es compartido: el capitalismo exige un crecimiento exponencial en un planeta de recursos finitos; esa contradicción genera una crisis climática producida por la acción humana organizada bajo la lógica del capital. Una crisis que no es responsabilidad de toda la humanidad, sino de quienes impulsan un sistema anclado exclusivamente en la lógica del capital, aun a expensas de su propia destrucción. Los ciclos normales de la vida y de la historia humana —producción, reproducción y regeneración natural— han sido rotos en la era del capitaloceno. El sistema produce, además, un mundo de precariedad laboral, desposesión de vastas mayorías, agotamiento de ecosistemas, erosión de la soberanía alimentaria y pérdida masiva de biodiversidad, expresada en las grandes extinciones en curso.
Saito: «El capitalismo no es para la vida, es para la ganancia»

Foto: Daniela Díaz
Quizás el más radical de los tres fue el japonés Kohei Saito: “Cada vez más somos testigos de que el capitalismo genera más sufrimiento, miseria y desigualdad. Pero también está destruyendo el planeta, y eso es precisamente lo que Marx ya había demostrado.”
Para Saito, un socialismo repotenciado para nuestro tiempo es el mejor horizonte posible frente a la crisis. Describe al capitalismo como un sistema que no busca satisfacer necesidades esenciales, sino maximizar la acumulación. Para ese fin, no importa qué se produzca; importa la ganancia. “Pueden producir lo que sea con lo que puedan ganar más dinero, incluso sacrificando muchos bienes y servicios esenciales. El capitalismo no es para la vida, es para la ganancia.”
Desde esa necesidad de recuperar el control, Saito propone que sea el ser humano —y no el capital— quien decida democráticamente qué producir según las necesidades reales de cada sociedad. Para eso, plantea, el socialismo es el mejor instrumento. Ese control permitiría crear algo que mejoraría tangiblemente la vida de las mayorías: el lujo público.
En lugar de una abundancia de bienes que por lo general solo consume la minoría que aspira al lujo privado, Saito apuesta por la recomunalización de lo común: “Que todos tengan acceso básico a esos productos esenciales. Al hacer esto, no tienes que trabajar tantas horas, no tienes que preocuparte siempre por el dinero. Eso crea la posibilidad —el espacio— de hacer otras actividades que no giran en torno a ganar dinero o consumir más mercancías. A eso me refiero con la abundancia radical de los comunes.”
Su propuesta se opone frontalmente a la promesa fallida del neoliberalismo —ratificada por el Consenso de Washington y repetida como dogma en Colombia gobierno tras gobierno—: que el libre mercado desregulado es el motor más eficiente para generar riqueza, garantizar libertad individual y prosperidad universal. Esa premisa se cae hoy por su propio peso, a la vista de las sociedades más desiguales del mundo, que la han seguido al pie de la letra durante décadas. “En Japón, y también en América Latina, se han privatizado muchas cosas: universidades, sistemas de salud pública, muchas otras. Pero también podemos recomunalizar”, dice Saito.
“Si miras a Estados Unidos, hoy nadie quiere vivir como un estadounidense. Es una vida terrible. Entiendo que las personas aún sufren pobreza e inestabilidad en Colombia, pero aun así no querrías ser como Estados Unidos. Creo que este es un momento realmente bueno para pensar en algún tipo de alternativa. No se puede seguir creyendo que la privatización y la desregulación crearán una vida mejor; realmente tenemos que imaginar algo diferente”, dice el profesor Saito.
Su propuesta más inmediata y polémica desde la publicación de su libro es la del decrecimiento (degrowth): un camino para desacelerar la brecha metabólica que genera el capitalismo al desconectar la lógica de la naturaleza de la lógica del capital. “Creo que para corregir esta brecha, la tecnología no es suficiente, porque puede usarse para explotar más la naturaleza. Tenemos que desacelerar, especialmente en el Norte global. Y aquí el Norte global necesita, en verdad, aprender del Sur global.”
“Aún podemos corregir la brecha desacelerando, pero se está volviendo cada vez más difícil porque los límites planetarios han sido cruzados. Mi punto es básicamente este: si continuamos con el capitalismo, habrá más barbarie. Y el capitalismo en la barbarie es simplemente terrible.” Saito insiste en mirar al socialismo como horizonte común; un socialismo que entiende como la democratización de la economía. “Se trata de la comunalización de los medios de producción. Estas ideas están volviendo a ser relevantes precisamente porque el capitalismo está fracasando, porque está creando más miseria y destruyendo el planeta. Y esa es mi esperanza radical.”
Ghosh: el poder de las corporaciones viene del Estado

Foto: Daniela Díaz
La economista Jayati Ghosh, profesora de la Universidad de Massachusetts —antes de la Universidad de Nueva Delhi—, se declara escéptica frente a las propuestas de escasez y decrecimiento de Saito. Pero respalda la necesidad urgente de pensar otras alternativas. Por eso vino a Bogotá. “Colombia ya ha sido una fuente de esperanza e inspiración para muchos de nosotros en el mundo en desarrollo. En cuanto a buscar alternativas, a pensar cómo se puede construir algo diferente incluso en un mundo terrible y opresivo de muchas maneras. La idea de una economía para la vida es una inversión completa de cómo hemos pensado la economía todo este tiempo.”
Bloomberg, reportó que Colombia ha crecido más rápido de lo esperado bajo el modelo de “economía para la vida” diseñado por el presidente Gustavo Petro. “Necesitamos que la economía sirva a las personas y al planeta. Es una inversión de cómo pensamos la economía: tenemos que dejar de ver el crecimiento del PIB como el objetivo. Tenemos que pensar en nuestras vidas, en nuestras sociedades, en los límites planetarios, como los objetivos. ¿Cómo organizaremos nuestra economía para cumplirlos?”, explica Ghosh.
“Porque lo que hemos visto es que todo el aumento del PIB de los últimos cuarenta años, en su mayoría, no ha ido a mejorar las vidas de las personas. Ha ido a los más ricos y ha incrementado su riqueza y su poder.” Ghosh pone como ejemplo a los magnates tecnológicos. “Lo que vemos hoy es la mayor concentración de riqueza y poder que jamás hemos visto en la historia humana. Y no es solo dentro de un país: es global. Tenemos a unos pocos multimillonarios —casi trillonarios, de hecho— que controlan recursos de una manera sin precedentes. Controlan las finanzas, las tecnologías que, a su vez, moldean todo lo que hacemos y pensamos.”
La profesora cree que esa acumulación sin precedentes de riqueza fue posible gracias a políticas estatales diseñadas para ese fin y, por tanto, puede ser revertida mediante otras políticas construidas por Estados soberanos. “Lo que tenemos que recordar es que estas corporaciones y personas ricas no se han vuelto más poderosas que el Estado: su poder viene del Estado. Y el Estado les está dando ese poder porque ha entrado en una relación cómoda con ellas. Depende de las personas impedir que los Estados les concedan más poder. Estas no son fuerzas independientes que ocurren por sí solas; son fuerzas que han resultado de políticas, regulaciones e instituciones estatales. Y la gente, si se moviliza, puede cambiarlo.”
Para Ghosh, el principal modelo que se opone a la economía para la vida es el que hoy Javier Milei intenta construir en Argentina: el Estado y sus políticas como instrumento del poder corporativo transnacional. “Ese modelo consiste en que el Estado usa su poder para aumentar el poder y la riqueza de los más ricos. Es lo opuesto de una economía para la vida, cuya idea es reducir las desigualdades, proporcionar a todos acceso igualitario a los medios para una vida digna y expandir sus propias capacidades. Algo muy diferente.”
Ramírez: el progresismo no es suficiente

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El economista ecuatoriano y exministro del gobierno de Rafael Correa, René Ramírez, coincide en que el modelo Milei es un paradigma de economía para la muerte. Vive en Argentina desde hace varios años y ha asistido al derrumbe de ese país. “Es una deshumanización completa, una destrucción total. Tenemos que tener claro que cuando llega la derecha, llega a arrasar con todo. Y lo primero que arrasan —desde esa perspectiva de que todo debe tener libertad de mercado— son los derechos sociales: salud, educación, seguridad social. Con eso viene la precarización del empleo formal, el aumento del desempleo, la destrucción de las empresas, la desindustrialización.”
Y agrega: “Colombia tiene que decidir hacia dónde quiere caminar. Si continuar con este proceso de cambio estructural —reducción de la pobreza, de la desigualdad, disminución del desempleo, incremento del salario real— que está viviendo con Petro, o ser como el gobierno de Milei: un modelo que produce deshumanización y precarización en todos los estratos sociales, con excepción del uno por ciento más rico.”
Ramírez va más lejos: cree que el progresismo no es suficiente. Lo vivió en su propio país, en Ecuador, donde se aprobó una constitución que trascendía la lógica economicista del desarrollo. Pero tras la salida del poder del presidente Correa, todo giró de la noche a la mañana. Hoy, bajo la administración de Daniel Noboa, el deterioro de la democracia, el abandono de las políticas redistributivas y el debilitamiento estatal han convertido a Ecuador en una de las naciones más violentas del mundo.
“Esa redistribución, al permanecer dentro de la misma lógica del capitalismo, genera una subjetividad que —una vez conseguido lo que se creía posible— adopta la meritocracia individual: se busca patear la escalera para que nadie más suba. Se toma distancia de los proyectos progresistas; no se reconoce que hubo una política pública que ayudó a la propia mejora, especialmente en las clases medias. Por eso es necesario construir sentidos comunes contrahegemónicos desde la información”, explica.
Para él, esos sentidos comunes deben conducir no solo a cambiar el modelo económico, sino a educar en un nuevo sistema de valores. “No está en el crecimiento infinito. Está, sobre todo, en la vida. Y eso puede uno verlo, trasladarlo al tema del tiempo, porque somos tiempo.”
“Quizás el ejemplo más claro es cuando se le pregunta al CEO de Netflix contra quién compiten, y él responde: contra el sueño. Las redes digitales son fármacos diseñados para generar adicción y robar tiempo. Ese robo ocurre ahora mismo: están robando el sueño, la lectura, los bienes relacionales, la comunidad.”
Ese sujeto construido tras el extractivismo del tiempo genera una subjetividad antidemocrática, individualista, anticomunitaria. Y eso es, precisamente, lo que alimenta modelos como el de Milei, que llegan al poder montados en ese tipo de subjetividades. “Eso va en contra de los procesos políticos de izquierda, nacional-populares, etcétera. Nuestro éxito configura las condiciones para que luego germine la semilla del odio hacia nosotros mismos. Por eso es necesario generar una pedagogía de los procesos materiales redistributivos, para moldear una subjetividad que acompañe los procesos de transformación histórica”, explica Ramírez.
“Tengo un análisis comparativo, en términos estadísticos, entre Ecuador y Alemania. Los perfiles revelan propuestas societales completamente diferentes. En Alemania, a medida que aumenta el ingreso, disminuye el tiempo para la vida buena, aunque ya se cuente con muchos recursos. Los alemanes tienen cuarenta veces más dinero que los ecuatorianos. En Ecuador, a medida que aumenta el ingreso, aumenta el tiempo de vida buena. Son dos lógicas culturales radicalmente distintas.”
Y concluye: “Es necesario entender que, si no disputamos el cambio cognitivo, terminaremos colonizados con un ritmo que no nos pertenece. Hay que respetar lo que René Zavaleta, ese gran pensador, señalaba: los tiempos abigarrados del Sur global, donde tenemos nuestras propias temporalidades y no la monotemporalidad que intenta imponer la mirada eurocéntrica occidental. Esa hiperdiversidad de América Latina —en términos de vida, en términos de temporalidades— es una riqueza que el Norte aprecia cada vez más como estrategia para construir una economía más sostenible: no basada en el consumo, sino en las relaciones sociales.”
