La “Gran Norteamérica”, presentada por Pete Hegseth, secretario de Guerra del presidente Donald Trump, redefine buena parte de las Américas como perímetro inmediato de seguridad de Estados Unidos. Esa actualización de la doctrina Donroe combina presión militar, fondos de alineamiento y élites locales obedientes para reordenar el hemisferio, asegurar recursos estratégicos y contener la influencia de China y Rusia en América Latina.
Por: David González M.
Pete Hegseth, secretario de Guerra del presidente Donald Trump, anunció frente a un grupo de presidentes latinoamericanos —obedientes de su doctrina Donroe— en la pasada Cumbre de las Américas un nuevo mapa geopolítico de su país: la Gran Norteamérica. El plan busca consolidar una vasta región sobre las Américas bajo el mando de Washington, y el perímetro abarca Groenlandia, Canadá, México, toda Centroamérica y el Caribe, Colombia, Ecuador, Venezuela y la Guyana.
El ministro dijo que esas naciones estarían integradas al diseño de Seguridad Nacional de Estados Unidos: “En el Departamento de Guerra llamamos a este mapa estratégico la Gran Norteamérica ¿Por qué? Porque cada nación soberana y territorio al norte de la línea ecuatorial, desde Groenlandia hasta Ecuador y desde Alaska hasta Guyana, no es parte del 'Sur Global'. Es nuestro perímetro de seguridad inmediato”. El proyecto no es una alianza entre iguales, es una estrategia de subordinación que busca alejar a las potencias que le compiten el poder global y asegurar los corredores de recursos que necesita para mantener su hegemonía.
El geopolítico chileno, Fernando Estenssoro, dijo a Raya: “En este proceso de declinación en el cual se encuentra Estados Unidos, está borrando todo ese orden internacional que construyó. Entonces ya no le sirve y está recurriendo al último recurso que le queda, que es la fuerza, para tratar de mantenerse en la supremacía del sistema internacional, para tratar de mantenerse en el pedestal del poder.”
Lo cierto es que el hecho de que Estados Unidos esté en una decadencia que puede durar décadas no lo hace menos peligroso. Ya en los países gobernados por presidentes subordinados a su doctrina se ven decisiones de política pública alineadas con Donroe y que actúan en detrimento de su propia soberanía nacional.
Así, el gobierno del derechista Rodrigo Chaves en Costa Rica prohibió la participación de empresas chinas en el desarrollo de la tecnología 5G. El Salvador de Bukele ya actúa como una colonia penal estadounidense al recibir migrantes deportados de ese país. Ecuador, bajo el mandato de Noboa, impone una guerra arancelaria contra Colombia —a pesar de que le afecta más a su propia nación— dentro de la estrategia antinarcóticos de Trump, y abre sus puertas a tropas estadounidenses en suelo ecuatoriano. Panamá, a través de su Corte Suprema, anuló concesiones portuarias a la firma china CK Hutchison en el Canal de Panamá tras un par de visitas de Marco Rubio. Y Venezuela, luego de la intervención militar que culminó con el secuestro de Nicolás Maduro, terminó aprobando forzadamente bajo el liderazgo de Delcy Rodríguez una nueva Ley de Minas diseñada específicamente para atraer capital extranjero, principalmente estadounidense, al sector del oro.
La Argentina de Milei, que ni siquiera aparece en el mapa de la Gran Norteamérica dibujado por Hegseth, flexibilizó la protección ambiental en zonas periglaciares para atraer proyectos de corporaciones mineras, especialmente estadounidenses.
“En esa estructura que le están tratando de crear (a Trump), juega un rol lo que él denomina el hemisferio occidental, o sea, el continente americano desde Canadá hasta la Patagonia, e incluso más: lo agranda, lo lleva desde el Polo Norte al Polo Sur, porque también incluye la Antártida. Esa suerte de patio trasero histórico de la doctrina Monroe él la hace efectiva en este diseño de un nuevo orden mundial que sería liderado y conducido por Estados Unidos. Eso es lo que él se plantea en su cabeza, tratando de entender cuál es el diseño por el cual actúa”, explica Estenssoro.
Frente a Donroe, un puñado de gobiernos soberanos en un vecindario fragmentado
El pasado 17 de abril fueron citados en Barcelona por el primer ministro español, Pedro Sánchez, gobiernos y líderes de lo que llaman una alianza progresista para contrarrestar la ola ultraderechista de Trump. Entre los asistentes, además del español, estaban los presidentes nacionales de América Latina que todavía resisten la andanada de la doctrina Donroe: la mexicana Claudia Sheinbaum, el colombiano Gustavo Petro y el brasileño Lula da Silva. También asistieron el líder de Sudáfrica, Cyril Ramaphosa, y Pedro Sánchez, presidente del gobierno de España.
Scheinbaum desde allá pidió por una democracia del pueblo y dijo frente al avance del intervencionismo estadounidenses que tiene ahora en la mira a la isla de Cuba: “Quiero proponer una declaración en contra de la intervención militar en Cuba. Que el diálogo y la paz prevalezcan”. Por su lado Sánchez, críticado por su ambiguedad y respaldo en el pasado de las acciones de EE. UU, pero que viene marcando distancia, por ejemplo, con la decisión de no autorizar vuelos militares que sirvieran para atacar Irán, parece buscar acercarse al bloque que desde América resiste a Trump: “es el momento de pasar del compromiso a la acción concertada, de reforzar la alianza, de ofrecer resultados y volver a crear esperanza entre nuestras sociedades."
Todos tienen en común que, de una u otra forma, han sido víctimas de los ataques y las amenazas del presidente Trump. Y si bien la agenda se centró en respaldar el multilateralismo, ese encuentro llega en un momento esencial para América Latina. Este año habrá dos elecciones clave que pueden socavar la poca resistencia al proyecto de la Gran Norteamérica: las presidenciales de Colombia y Brasil.
En este escenario, surge la necesidad de mantener gobiernos y fuerzas políticas soberanas frente a las élites facilitadoras locales de la agenda de Washington, como las que asistieron a la Cumbre de las Américas. Pero el panorama no pinta nada bien: tanto en Brasil como en Colombia, las encuestas muestran una contienda competida que en segunda vuelta puede ser para cualquiera.
Para el Estados Unidos que representa Trump, dominar el hemisferio es una cuestión existencial. Explica Estenssoro que ese país ya despertó del idilio liberal unipolar que profetizaba Fukuyama: «Despiertan de este sueño y se dan cuenta de que, en el fondo, están metidos en una pesadilla. Esa pesadilla significa que están perdiendo, o han perdido ya, su supremacía y que les aparece en el horizonte China y toda Asia, además. Entonces, toda la estrategia que definieron los liberales y los neoliberales, Trump la rechaza. Trump responde y se acerca más a planteamientos conservadores clásicos de Estados Unidos, que siempre pelearon con los liberales. Los conservadores decían: “No tenemos por qué andar vendiendo nuestro modelo de vida a todo el planeta. Dediquémonos a lo que nos interesa y asegurémonos así el poder, que es donde finalmente reside nuestra fuerza: el poder duro”
Entendiendo esos objetivos, los riesgos que enfrentará América Latina los próximos años pueden ser los más desafiantes de su historia reciente. Y la estrategia de Washington no es una ficción, de hecho ya está definida en sus documentos oficiales de la doctrina Trump. Puede resumirse en tres fases: repliegue hegemónico al hemisferio occidental ante el ascenso de China, Rusia y sus aliados. Reasignación radical de fondos dedicados a extorsión transaccional en la región y control militar. Y potenciar gobiernos locales que negocien soberania nacional para la entrega de marcos legales a sus corporaciones o recursos naturales esenciales para Washington.
En resumen, es un neocolonialismo explícito, frente al cual Marco Rubio, cabeza del Departamento de Estado ya lanzó algunas pistas. En la pasada Conferencia de Munich dijo a aliados europeos y líderes del sector defensa y tecnología, que era el tiempo de revitalizar la alianza de la dominación occidental para revertir su evidente declive. Su discurso, que era un llamado a la recolonización, está vez de un hombre de origen cubano criado en Florida, expuso que occidente viene de un punto de quiebre histórico en 1945 donde, por primera vez desde los tiempos de Colón, su influencia empezó a reducirse en lugar de expandirse. Atribuyó el fin de los grandes imperios europeos a la presión de los "levantamientos anticoloniales" y a las revoluciones comunistas, procesos que en su opinión sumieron a la civilización en una crisis terminal.
Y, según él, había llegado la hora de defender y reconstruir esa civilización.
El ciclo neocolonial de Trump sobre el hemisferio
En noviembre de 2025, el gobierno de Trump publicó su corolario de la Estrategia de Seguridad del programa «América (Estados Unidos) First». El documento explica claramente que está inspirado en la antigua doctrina Monroe, una política histórica que significó golpes de Estado, apoyos a mandatarios corruptos y saqueo de los recursos para América Latina.
Esa estrategia, que además fue refrendada el 15 de enero de 2026 por el Plan Estratégico del Departamento de Estado, también publicado en documentos oficiales, establece como objetivos el derecho unilateral de denegar a competidores no hemisféricos (como China o Rusia) la capacidad de posicionar fuerzas en la región o poseer activos estratégicamente vitales.
En ese documento se ordena: «contrarrestar y revertir la influencia de competidores en el hemisferio (Objetivo 2.1)». Incluso esto significa, como lo informó The Guardian, comprar influencers y periodistas locales para ayudarse. Pero eso es lo menos grave. En el documento se pide al Congreso aprobar un presupuesto bastante ambicioso que además evidencia cuáles van a ser los mecanismos para lograr sus cometidos: no más poder blando, sino coerción y extorsión. O lo que en geopolítica llaman el “poder duro”.
Esto queda evidenciado en el documento público que presentó el gobierno de Estados Unidos como Justificación del Presupuesto ante el Congreso para el año fiscal 2027. Allí queda expuesto, por ejemplo, que para el Fondo de Oportunidades America First (A1OF) solicita 5000 millones de dólares para «alinear a los actores regionales con los intereses de Estados Unidos» en áreas como comercio, minerales críticos y energía.
Esos dineros, además, son manejados mediante contratos de proveedor único gestionados por empresas de EE. UU. Pero si comprar los apoyos no sirve, Estados Unidos recurrirá a la coerción. En la Estrategia de Defensa Nacional (NDS), elaborada por el Departamento de Guerra bajo la dirección de Pete Hegseth, se detalla la disposición militar para asegurar la hegemonía regional, y autoriza despliegues específicos con la excusa de «derrotar cárteles y asegurar fronteras», sustituyendo las estrategias basadas únicamente en el cumplimiento de la ley por la acción militar directa.
En el documento presentado al Congreso queda además en evidencia el fin de la estrategia de poder blando. Los presupuestos del Fondo para la Democracia y de la National Endowment for Democracy (NED) fueron casi eliminados.
Esta estrategia, además, requiere articularse con élites locales obedientes como las que asistieron a la Cumbre de las Américas. Esas élites, autoritarias o no, reciben blindaje político y diplomático, acceso a los fondos coercitivos del presupuesto (A1OF) y garantía de venta de armas e impunidad frente a abusos de poder. A cambio, las élites acceden a privatizar los recursos estratégicos, flexibilizar marcos legales, ceder infraestructura crítica y expulsar al capital chino.
«Para explicarlo, por ejemplo —dice Estenssoro—, el gobierno de Trump le dice a Chile: “No le vendan más cobre a China, no le vendan más litio a China”. No es que nos vayan a comprar el litio ellos. No. Si el precio del litio es 10 dólares la tonelada, ellos van a querer pagar 2 dólares la tonelada, para que los 8 dólares restantes queden en su economía. A eso me refiero. Cuando nuestra oligarquía empiece a sentirlo y le empiece a doler el bolsillo, se dará cuenta de que Estados Unidos ya no le sirve.»
Lo cierto es que si el plan de Trump tiene éxito sobre las Américas, y sus corporaciones toman el control monopolístico de las principales rutas comerciales y de los sectores de recursos estratégicos de América Latina, se repetirán los ciclos coloniales y se perpetuará el subdesarrollo para nuestra región. Y desde esa mirada, cada escenario de elecciones será un nuevo round entre aceptar el proyecto recolonial de la Gran Norteamérica o intentar el difícil camino de la lucha por la soberanía y la emancipación. Un camino que ya libraron varios Estados civilizacionales de Asia y hoy ven los resultados sentados en la mesa principal de la distribución de poder global.
