Esta crónica visual recorre cómo la memoria de la Comuna 13 llegó a Bogotá a través de víctimas, estudiantes y colectivos que transformaron el dolor en teatro, archivo y muestras artísticas para exigir verdad, justicia y no repetición.
Por: Germán Ñáñez Lloreda

La Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) elevó recientemente a 7.837 las víctimas de ejecuciones extrajudiciales cometidas en Colombia entre 1990 y 2016, crímenes perpetrados por agentes del Estado y conocidos como “falsos positivos”. La nueva cifra amplió el periodo investigado por la JEP, que anteriormente había documentado 6.402 casos entre 2002 y 2008, los años más críticos de esa práctica.
Desde el estallido social, frases como “¿Quién dio la orden?”, “Nos están matando” y “Las cuchas tenían razón” han recorrido las calles como consignas contra la impunidad. Para Margarita Restrepo, integrante de Mujeres Caminando por la Verdad, esas palabras no son símbolos: son parte de su propia historia.
“Para mí, lo que pasó en la Comuna 13 fueron falsos positivos, porque asesinaron a muchos jóvenes sin siquiera darles derecho a ser judicializados”, dice.

Esas memorias ocuparon un lugar central en la carpa “Las cuchas tenían razón: la educación que nos hace libres”, impulsada por el Ministerio de Educación y el Museo Escolar de la Memoria de la Comuna 13. Por primera vez, este espacio llegó a Bogotá para reunir a estudiantes de la Institución Educativa Eduardo Santos, colectivos de víctimas y visitantes alrededor de performances, teatro, instalaciones y relatos construidos desde la experiencia de quienes vivieron las operaciones militares en Medellín durante los años más duros del conflicto urbano.

Adriana Bedoya, integrante del colectivo de mujeres buscadoras, recuerda aquellos días de violencia en la Comuna 13:
“Yo era casi una niña. Estaba sentada en la puerta cuando vimos pasar jóvenes con capuchas y las manos amarradas atrás. No dejaban acercarse a las familias ni permitían que la Policía los recogiera”.
Margarita completa la frase: “El delito de muchos era ser pobres y vivir en la Comuna 13”.

Juan Arrieta Gómez, integrante del grupo de teatro de la Institución Educativa Eduardo Santos, insiste en la necesidad de transmitir esa historia a nuevas generaciones. Aunque no vivió directamente las operaciones militares de 2002, entiende que el silencio también perpetúa la violencia.
“Yo siempre he pensado que para apoyar una causa no es necesario haberla vivido, pero sí escucharla y entenderla. Desde el teatro y el periódico escolar buscamos generar conciencia para que algo así no vuelva a repetirse. No queremos más sillas vacías en la institución”.

En Medellín, bajo la doctrina del “enemigo interno”, se desarrollaron cerca de veinte operaciones militares sobre territorios populares. La más conocida fue la Operación Orión, ejecutada en octubre de 2002 en la Comuna 13. Organizaciones de derechos humanos y testimonios de víctimas han denunciado desapariciones forzadas, torturas, homicidios y ejecuciones extrajudiciales ocurridas durante y después de esos operativos.
“El jefe de Estado tenía que proteger a la población a través de la justicia —dice Margarita—, no permitir que el Ejército y la fuerza pública actuaran de la mano con el paramilitarismo”.

A través de un universo simbólico, estudiantes y mujeres buscadoras reconstruyen esa experiencia. Una retroexcavadora recuerda las búsquedas en La Escombrera; un reloj representa el paso lento del tiempo en la espera de respuestas; las pañoletas hablan de resistencia, y las telas blancas evocan los pañuelos que muchas familias agitaban para pedir un cese al fuego dentro de los barrios.

“Tenemos que seguir defendiendo la memoria —añade Margarita—. Este espacio demuestra que sí es posible traer a Bogotá la experiencia del Museo Escolar de la Memoria y de Las cuchas tenían razón. Somos las mujeres que seguimos buscando a los desaparecidos y las que vivimos las operaciones militares en la Comuna 13”.
La carpa se convirtió se convirtió en un lugar de encuentro pedagógico donde cientos de personas se acercaron a escuchar testimonios, observar archivos y conversar con las víctimas.

Para Adriana Bedoya, estos encuentros permiten romper el aislamiento histórico de quienes han buscado verdad durante años.
“Estos espacios sirven para intercambiar experiencias y conectarse con el país. Mucha gente salió llorando de aquí. Eso significa que también aprendieron a escuchar y a cuestionar muchas cosas”.

“En Medellín hay lugares donde venden camisetas y gorras de Pablo Escobar —continúa Adriana— y donde ciertos sectores prefieren mantener una versión cómoda de la historia para no afectar el turismo. Mientras tanto, nosotras seguimos luchando por tener un lugar donde podamos contar lo que realmente pasó”.

Mujeres Caminando por la Verdad lleva años participando en procesos de búsqueda en La Escombrera, señalada por organizaciones de víctimas como uno de los principales lugares de desaparición forzada en Medellín. La posibilidad de avanzar en procesos de verdad y reparación sigue siendo una de sus principales exigencias.

Margarita guarda intacto el recuerdo del día de la Operación Orión.
“Salí agachada, gateando y gritando: ‘¡Ya no más, ya no más!’. Cuando levanté la mirada vi unas botas militares y un fusil apuntándome. Le pedí al soldado que pararan. Y él me respondió algo que nunca olvidaré: ‘Si eso fue lo que pidieron, ¿pa’ qué votaron por Álvaro Uribe?’”.
Más de veinte años después, las mujeres de la Comuna 13 siguen buscando a sus desaparecidos y defendiendo el derecho a contar lo ocurrido desde su propia voz. En Bogotá, esa memoria dejó de ser un relato encerrado en Medellín para convertirse, por unos días, en una conversación pública sobre el país, la violencia estatal y la necesidad de no repetirla.

