editorial

RAYUELA

Hay épocas que se resumen en una imagen. No porque una foto explique todo, sino porque delata lo esencial: quién estuvo del lado del poder cuando el poder rompió las reglas; quién lo vistió de normalidad; quién lo aplaudió; quién se refugió en la neutralidad como coartada.

En 1934, el magnate de prensa William Randolph Hearst visitó la Alemania nazi y se retrató con Hitler. No fue una escena social, fue un gesto de legitimación en un momento en que el fascismo buscaba validación internacional y domesticación mediática. Desde Estados Unidos. Esa imagen no dice únicamente “Hearst con Hitler”; dice algo más incómodo: los horrores no avanzan solos. Avanzan cuando encuentran élites económicas, cálculos geopolíticos y aparatos de comunicación dispuestos a narrarlos como inevitables, necesarios o “eficientes”. Para ese propósito, Hearst dispuso de sus centenares de emisoras, periódicos y revistas, y no fue el único: una parte del poder mediático occidental acompañó, con cálculo, ese proceso.

Por eso esta foto no es pasado, es espejo. Este 3 de enero de 2026 nos deja otra escena para el archivo moral del siglo: un Estado usando la fuerza para secuestrar al presidente de otro país, en este caso Nicolás Maduro, y presentarlo como trofeo de guerra. Que Donald Trump, su maquinaria y parte de la prensa insisten en llamarlo “operación”, “aplicación de la ley” o “estabilización” no cambia el fondo: es intervención, es tutela, es la arrogancia de un poder armado que se cree con derecho a administrar el destino de una nación ajena. Ni siquiera dentro de Estados Unidos esto ha sido pacífico: la operación abrió un choque institucional con el Congreso y reactivó el debate sobre los límites constitucionales al uso de la fuerza. 

La intervención militar en territorio venezolano, a la luz del derecho internacional, terminó con el secuestro del presidente Maduro. No es detención, ni captura, como lo llama la prensa, haciendo eco mundial a Trump. Un eco que, como en los tiempos de Hitler, ha dejado escenas como periodistas llorando en vivo y en directo en la televisión internacional justificando un hecho que podría desembocar en un nuevo Führer, en un nuevo dictador mundial que propone su propio modelo de guerra mundial. 

En los años treinta del S. XX, buena parte de la prensa occidental trató el ascenso del fascismo como un espectáculo de orden, una épica de autoridad, una “solución” a la crisis. En Colombia, sectores del establecimiento miraron con simpatía al nazismo y publicaciones conservadoras lo trataron con admiración o complacencia. La historia del periodico El Siglo es un ejemplo de ello. Desde allí, el jefe conservador y expresidente Laureano Gómez desplegaba toda su capacidad literaria haciendo loas a la causa nazi, con la complacencia de buena parte de la aristocracia criolla. Sin embargo, cuando el viento internacional cambió de sentido, sin mayores sonrojos los otrora hitlerianos abrazaron el poder imperialista norteamericano y trasladaron sus afectos, con pasión y profunda fe, al franquismo, en el que muchos aún militan. No se trata simplemente de encontrar “culpables”, se trata de entender un patrón. La neutralidad suele llegar con imprenta, micrófono y cálculo. ¿Ingenuidad? ¿Imposibilidad de prever los sucesos futuros? o la alegada neutralidad es en realidad complicidad defensa de los intereses de una clase dominante. 

Esto sin tener en cuenta que esa no era la época de las redes sociales, la dictadura de los algoritmos, del MAGA y del viva la libertad carajo. Hoy el dispositivo es más veloz: la propaganda viaja a escala y la “normalidad” se fabrica en tiempo real. Lo que antes requería rotativas y consensos de élite, hoy se completa en minutos con titulares, clips virales y marcos emocionales que convierten la ruptura del derecho en “sentido común”.

Con ese terreno preparado, hoy, el patrón se repite con otros vocabularios: “seguridad”, “libertad”, “democracia”, “lucha contra el crimen”. Palabras nobles usadas para justificar prácticas concretas: control territorial, castigo ejemplar, disciplinamiento político y, cada vez con más descaro, la naturalización de atropellos que deberían escandalizar. Se intenta convertir el abuso en procedimiento: secuestrar jefes de Estado; sancionar gobiernos para moldear su política interna y asesinar civiles en altamar sin pruebas, como si el mar fuera una zona sin derecho y la sospecha bastara para matar la humanidad.

Afganistán es otro espejo, pues se invadió en nombre de una pretendida solución y de una venganza; se administró una guerra permanente y el saldo no fue estabilidad, sino devastación social y un reordenamiento violento del poder. La intervención no “corrige” autoritarismos: los reconfigura y deja costos humanos dolorosos y siempre para los de abajo.

En América Latina conocemos esta historia sin necesidad de manuales: intervenciones, ocupaciones, derrocamientos y operaciones encubiertas han sido parte del repertorio para bloquear proyectos populares, domesticar soberanías y asegurar recursos. No es un catálogo: es una misma gramática que reaparece con distintos uniformes, desde Panamá (1989) y Granada (1983) hasta el golpe de Estado en Chile (1973), pasando por el criminal bloqueo a Cuba como asfixia prolongada y, hoy, Venezuela otra vez como laboratorio: captura por la fuerza, administración externa, soberanía convertida en botín.

En esta época del nuevo “Hitler”, el intervencionismo imperialista no llega solo con bombas y misiles. También llega con injerencia electoral, chantaje e imposición. La derecha, a menudo disfrazada de centro, agita la amenaza imperialista para sembrar temor y enviar un mensaje disciplinador a las urnas: ‘o votan por el orden que ofrecemos, o pagarán el castigo del imperio’. En Honduras, la reciente elección mostró cómo la soberanía puede ser cercada sin desembarco: basta con erosionar el árbitro, intoxicar el proceso y encerrar a la ciudadanía entre sospecha y resignación. 

En Colombia ese libreto se reconoce hoy más que nunca. No es casual que veamos en las redes sociales mensajes de los agentes políticos de la extrema derecha amenazando con el poder destructor de Trump, mientras este incrementa sus amenazas sobre nuestra nación, exigiendo que sus adversarios políticos corran la suerte de Maduro; otros, disfrazados del autodenominado centro, incluidos sus bufones, advierten sobre la suerte que corremos si Colombia no se alinea a los designios del poder imperial, todo esto mientras el aplaudido tirano de la Casa Blanca amenaza directamente al legítimo presidente Gustavo Petro, advirtiendo incluso acciones de orden militar en nuestra patria, similares a las de Venezuela.

El intervencionismo electoral en Colombia está andando a toda marcha y se despliega en distintas formas: presiones que incluyen amenazas de despliegue de fuerza militar, además de sanciones injustificadas, estigmatización y castigo selectivo. En los últimos años, y con mayor intensidad desde la llegada de Petro a la presidencia, la política colombiana ha vivido una ofensiva que combina ataques internos y señales externas de disciplinamiento: “hacer pagar” la desobediencia, reducir el margen de reforma, castigar la aspiración de soberanía. Todo eso ha sucedido en el último año con mayor intensidad. Y aunque violatoria del derecho internacional, de la constitución y la soberanía colombiana, no ha merecido el rechazo del establecimiento, de las otras ramas del poder público, y hoy, a las puertas de un proceso electoral, sin duda estamos bajo una amenaza del poder norteamericano sin precedentes en nuestra historia. 

Por eso, desde un periodismo que no confunde equidistancia con rigor, hay una postura que no admite ambigüedades: esta revista rechaza la intervención bélica y el secuestro de un jefe de Estado por una potencia extranjera, sin que eso signifique absolver a ningún régimen de sus responsabilidades frente a derechos y libertades. Defender la autodeterminación no es romantizar gobiernos: es defender el principio mínimo que impide que el mundo se gobierne por tutelas geopolíticas.

La historia siempre termina mirando quién legitimó, quién calló, quién volvió aceptable lo inaceptable. Habrá quienes celebren el atropello porque coinciden con sus odios; habrá quienes se escuden en la neutralidad para no incomodar a los super poderosos; habrá quienes, por cálculo, cambien de bandera sin sonrojo. Esa también es una escena: la de los Hearst de cada época, los laureanismos reciclados, los aplausos de salón para la violencia de Estado cuando viene con sello imperial. 

Este 3 de enero no deja grises: reordena el mapa de complicidades; quita máscaras y pone a cada uno en su lugar. No rechazarán la ruptura del derecho internacional porque el intervenido resulta detestable y llaman “democracia” a la dominación armada, impuesta con secuestros, ocupación y chantaje.

La disputa ahora es el relato: si este día será recordado y narrado como “hazaña”, “arresto” o “transición”, o si se dirá la verdad política que se pretende ocultar con sinónimos. Contar historias, narrar hechos, hacer memoria en tiempos de agresión imperial y negación del derecho conlleva tomar postura: ante los tiranos no hay términos medios. De esa pelea también trata el periodismo: impedir que los poderes bélicos escriban la historia como propaganda. 

América Latina no puede aceptar el sometimiento como destino. Exigimos respeto a la soberanía venezolana, rechazo regional al uso unilateral de la fuerza y garantías para la población civil y para quienes informan. Porque cuando el imperio entra, casi siempre intenta entrar también a la verdad: a capturarla, a domesticarla, a volverla obediente.

Tendremos nuevas imágenes. Los herederos de quienes fueron a Berlín en 1936 a aplaudir a Hitler en sus juegos olímpicos, harán lo propio en 2026, aplaudiendo a Trump en su mundial de fútbol, en donde la FIFA ya fabricó la primera escena, con la entrega de un premio espurio de paz a Trump;  llamarán “paz” a lo que es dominación. No cambia el escenario: cambia el uniforme. La foto sigue cumpliendo la misma función.

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