La agencia AP recorta periodistas mientras reorganiza su negocio hacia la inteligencia artificial. En Brasil, el CADE investiga si Google captura valor económico del periodismo con sus resúmenes automáticos. Detrás de ambos casos aparece la misma arquitectura: empresas que reducen personal, plataformas que retienen audiencias, medios que pierden ingresos y periodistas desplazados del oficio.
Por: Juan Sebastián Lozano
En abril de 2026, la agencia de noticias Associated Press (AP) ofreció retiros voluntarios a parte de su plantilla estadounidense como parte de una transformación orientada hacia la inteligencia artificial, los productos visuales y los negocios tecnológicos. La empresa no precisó cuántos periodistas recibirían la oferta; fue el sindicato News Media Guild —que representa a los periodistas de AP— el que reveló la cifra: más de 120 miembros del personal recibieron la propuesta en un solo día. Cuarenta aceptaron. En mayo, AP despidió a veinte periodistas más. El News Media Guild rechazó los hechos con esta frase: "AP sigue despidiendo a personal experimentado y coqueteando con la inteligencia artificial, ignorando la oportunidad de diferenciar las historias de AP como unas que son y siempre serán creadas por periodistas humanos".
La dirección de AP defendió la decisión con un argumento empresarial: el negocio tradicional de los periódicos se desploma y el crecimiento proviene ahora de clientes tecnológicos y audiovisuales. Julie Pace, editora ejecutiva de la agencia, fue directa: AP "no es una empresa de periódicos desde hace mucho tiempo" y la reorganización busca adaptarse a un ecosistema mediático transformado por la IA. En cuatro años, los ingresos provenientes de empresas tecnológicas crecieron un 200%, en parte gracias a acuerdos con compañías de inteligencia artificial como OpenAI. "La empresa pregona que está priorizando el periodismo visual, y sin embargo entre los veinte empleados despedidos hoy hay fotógrafos experimentados", dijo Kimberlee Kruesi, reportera de AP y presidenta en funciones del sindicato.
El 23 de abril, el Consejo Administrativo de Defensa Económica de Brasil (CADE) —el organismo antimonopolio que depende del Ministerio de Justicia, equivalente a la Comisión Federal de Comercio de Estados Unidos— aprobó escalar a proceso administrativo formal una investigación contra Google que data de 2019. La investigación se centra en los llamados AI Overviews, los resúmenes generados automáticamente que Google muestra en respuesta a búsquedas y que, según el CADE, podrían estar apropiándose del valor económico del periodismo sin compensar proporcionalmente a los medios que producen ese contenido.
Dos noticias que reflejan un momento difícil para el periodismo, pero sobre todo para los periodistas como seres humanos: la inteligencia artificial, con su eficiencia creciente, está haciendo el trabajo de muchos de ellos y redefine el ámbito económico y editorial del oficio. Está generando una crisis del empleo en una profesión que ya estaba bastante minada —es, claro, una de las muchas profesiones afectadas por la nueva tecnología— y, por ende, una crisis social y humana.
El final lógico de un modelo industrial de escritura periodística
Para entender lo que ocurrió en AP, conviene recordar qué es el periodismo de agencia. Desde sus orígenes, las agencias de noticias construyeron un modelo que pretendía la neutralidad: textos directos, de frases cortas, sin aspiraciones literarias, que pudieran ser reutilizados en distintos medios. Artículos centrados en la información dura, que ejemplificaban una idea de periodismo objetivo. Sin embargo, mirado con lupa, ni siquiera las noticias asépticas de agencia son del todo objetivas: priorizan fuentes, amplifican declaraciones de ciertos actores y minimizan otras, ponen el foco en determinados hechos y no en otros. El periodismo 100% objetivo es una ilusión, aunque el buen periodismo sí debe buscar la imparcialidad y el contraste de fuentes.
AP, fundada en 1846 por cinco periódicos de Nueva York para compartir los costos de cobertura de la guerra entre México y Estados Unidos, fue durante 180 años el arquetipo de ese modelo de periodismo «neutro» y reutilizable: comida rápida periodística, hot dogs para todo público. Ese periodismo escrito es necesario y basal, pero es precisamente el que hoy hace la IA, el mismo que las empresas empiezan a usar como argumento para recortar trabajadores humanos.
El columnista Leonardo Toledo Garibaldi, en un análisis publicado en DiarioRed, señala que las agencias llevaban décadas postulando el grado cero de la escritura como una virtud: lenguaje radicalmente denotativo, funcional, anónimo, alejado de toda sospecha de subjetividad. Primero AP y luego sus propios periodistas internalizaron que borrar el estilo personal era un signo de profesionalismo. "Estos humanos creados en madera y grafito llevan varias décadas intentando escribir como robots", escribe Toledo Garibaldi, "así que resulta natural que cuando los robots aprendieron a escribir, los humanos resultaran innecesarios".
Toledo Garibaldi toma la metáfora de madera y grafito del Popol Vuh, el libro sagrado maya-k'iche', donde los dioses Tepeu y Gucumatz descubren que sus primeras criaturas —los hombres y mujeres de palo— carecían de sangre, de corazón, de entendimiento y de memoria. En la cosmogonía del Popol Vuh, esos seres sin alma son destruidos por sus propios utensilios. La comparación resulta sugerente para describir la situación de los periodistas de agencia: trabajaron durante décadas bajo un modelo de escritura que les exigía borrar su voz, y cuando la máquina aprendió a replicar esa neutralidad formal, las empresas encontraron una justificación para reemplazar parte de ese trabajo.
AP no llegó a la IA generativa de improviso. A mediados de la década pasada, la agencia fue una de las primeras organizaciones periodísticas en implementar sistemas de Natural Language Generation (NLG), algoritmos que convertían datos estructurados —resultados deportivos, informes bursátiles— en notas terminadas mediante plantillas. Con esa herramienta, AP comenzó a producir miles de textos sin intervención directa de periodistas. Los grandes modelos de lenguaje actuales —ChatGPT, Claude, etc.— son, en cierto modo, herederos sofisticados de aquel NLG. La automatización no llegó de golpe: entró por los sótanos, se encargó de las secciones más rutinarias, fue escalando y llegó a la redacción central, donde ahora disputa tareas que antes parecían reservadas a periodistas humanos.
El sindicato de AP llegó tarde a la negociación. En su propio comunicado reconoce que apenas la semana anterior al anuncio había pedido una audiencia para hablar de IA con la empresa, y que esa solicitud fue ignorada. Esto contrasta con la lucha activa del Sindicato de Actores (SAG-AFTRA): los actores de Hollywood comenzaron a negociar las condiciones del uso de IA en sus contratos tres años antes, cuando las amenazas eran todavía hipotéticas. Los periodistas de AP, que cubrieron esa huelga, tal vez no alcanzaron a anticipar las consecuencias para su propio gremio.
El gobierno de Brasil apunta a Google
Mientras AP reestructuraba su plantilla, en Brasil se desarrollaba el otro frente de la misma batalla: no el específicamente laboral para los periodistas, sino el económico para los medios. La investigación del CADE contra Google es el capítulo más reciente de un caso que comenzó en 2019, cuando el organismo inició una exploración sobre el presunto uso ilícito de contenidos periodísticos de terceros en las plataformas de búsqueda de Google.
Lo que cambió entre 2019 y 2026 fue la escala del problema. Con la introducción de los AI Overviews —resúmenes automáticos que Google genera con IA y muestra directamente en la página de resultados— el fenómeno llamado «clic cero» se agudizó: el usuario lee el resumen de la noticia allí, obtiene la información que buscaba y no visita el medio que la produjo. Sin tráfico para el medio, en riesgo la publicidad, es decir los ingresos. Consecuencia: los periodistas vuelven a aquedar en el punto más frágil de la cadena
El consejero interino del CADE, Diogo Thomson, fue preciso en su diagnóstico: la incorporación de la IA generativa ha "alterado significativamente la dinámica del acceso, la visibilidad y la generación de ganancias de los contenidos periodísticos en el entorno digital". Thomson planteó además una pregunta que hasta ahora nadie había podido responder con datos: ¿cuánto vale, en términos publicitarios, lo que Google retiene frente a los costos editoriales que asumen los medios para producir ese contenido? El CADE se propone ponerle números a algo que Google nunca ha revelado.
La Asociación de Periodismo Digital de Brasil (AJOR) celebró la decisión con un argumento que trasciende lo económico: una relación equilibrada entre las plataformas digitales y las organizaciones periodísticas es fundamental para que florezca un periodismo comprometido con el interés público. No se trata solo de dinero; se trata del criterio humano en el periodismo, el que define agendas, fiscaliza los poderes y transmite solidaridad y empatía —todo esto, en el mejor de los casos.
Google, en su respuesta a los medios brasileños, defendió su modelo argumentando que los AI Overviews crean nuevas oportunidades para que los sitios web relevantes sean descubiertos, y que la compañía sigue generando miles de millones de clics hacia páginas web diariamente. Si esos clics compensan el tráfico perdido por los resúmenes automáticos es exactamente lo que la investigación del CADE intentará resolver.
El caso brasileño tiene relevancia directa para América Latina. Colombia no cuenta con una regulación equivalente al CADE, ni con una ley que obligue a plataformas como Google a negociar con los medios el uso de sus contenidos. Mientras Brasil construye un precedente legal, los medios colombianos siguen expuestos al mismo modelo de extracción sin reciprocidad.
La importancia del estilo y la subjetividad del periodista
Ante el territorio en el que las máquinas extraen el trabajo del periodista para generar ganancia a poderosos que no vemos —como ocurre en otros modelos extractivos, donde el valor se produce en un territorio y la ganancia se concentra lejos de quienes lo hicieron posible—, urge la reflexión humana sobre el oficio. Una de esas reflexiones debe apuntar a la nueva manera en que deberíamos abordar la escritura periodística. Hoy, quizás, debería ser más humana que nunca: se podría cultivar el estilo personal, la subjetividad podría estar presente sin perder rigurosidad en los datos, la vivencia del cuerpo de carne y hueso tendría que entrar más en escena. El lenguaje aséptico, con pretensión de neutralidad, correcto hasta la rigidez, lo llevan a cabo las máquinas con facilidad y eficiencia asombrosa. ¿Qué puede hacer el periodista humano que los modelos de inteligencia artificial generativa no pueden hacer? Esa es hoy una pregunta fundamental.
Esta nueva manera de asumir la escritura periodística no significa hacer periodismo de opinión sin datos ni investigación, tampoco un subjetivismo lírico abstruso que se aleje del objetivo de informar. Hay grandes referentes del periodismo con una búsqueda de estilo personal en la escritura: las grandes plumas del New Journalism —el nuevo periodismo anglosajón que nació en los años sesenta—, por nombrar algunos, Norman Mailer y Truman Capote; o los cronistas latinoamericanos como Rodolfo Walsh y Gabriel García Márquez. En la actualidad los trabajos de María Moreno, Óscar Martínez o Mariana Enriquez ofrecen caminos posibles para pensar esa presencia del narrador. El nuevo periodismo le apostaba a la presencia del narrador en el relato; hoy esa presencia equivale al elemento humano.
Esta intuición no es solo de periodistas: también la respaldan investigaciones sobre el oficio. El Reuters Institute for the Study of Journalism, de la Universidad de Oxford, publicó a principios de 2026 su informe anual sobre tendencias y predicciones en medios —basado en encuestas a editores, directores ejecutivos y líderes digitales de redacciones de todo el mundo—, y uno de sus hallazgos centrales es que los editores de medios escritos están apostando por la distintividad como estrategia de supervivencia frente a la IA: más investigaciones originales, reportajes de campo, análisis y explicaciones contextuales e historias humanas. En cambio, planean reducir el periodismo de servicio, el contenido atemporal y las noticias generales, que hacen con más facilidad los agentes de IA. Al mismo tiempo, creen que es importante invertir en más video y más formatos de audio como los podcasts.
En un artículo del medio Proclama del Pacífico, titulado "El periodismo frente a la inteligencia artificial", un periodista dialoga sobre el tema con ChatGPT. Una de las respuestas del chatbot es aguda: "La IA tiende a promediar estilos porque aprende de grandes volúmenes de texto. Si se le delega la escritura sin dirección, el resultado suele ser plano. Cuando se usa como herramienta de apoyo —para revisar, contrastar, ordenar— el estilo sigue siendo humano. El empobrecimiento no lo produce la IA, sino la renuncia del autor a su propia voz."
Ese planteamiento tiene consecuencias prácticas. Un texto de periodismo de agencia —el tipo de texto que AP produce— puede ser generado por IA sin pérdida notoria de calidad informativa, porque ese texto ya había renunciado al estilo como valor. Pero una crónica sobre el conflicto armado colombiano, por ejemplo, escrita por alguien que estuvo allí, que habló con la gente, que tiene una mirada formada sobre lo que está contando, no tiene un sustituto automático. La inteligencia artificial no tiene biografía, no tiene miedo, no tiene memoria de lo vivido. Puede imitar formas; no puede producir sentido propio.
Esto no significa que solo deba existir el periodismo con carga subjetiva y estilo personal. Son necesarias las noticias que brindan información rápida, pero la realidad es que hoy la IA puede producir versiones estandarizadas de esas notas con rapidez y bajo costo, y por eso los periodistas que se dedican a ese tipo de notas están siendo despedidos. La reflexión de los periodistas, los dueños de los medios y los organismos gubernamentales sobre ese tema es hoy urgente. La inteligencia artificial es una realidad ineludible en el periodismo, y se la puede usar para agilizar tareas de investigación, recopilación de datos o corrección; pero el criterio humano sobre la información debería prevalecer. Para eso deben intervenir los Estados, como está haciendo el CADE de Brasil para el tema de la economía de los medios.
Para Leonardo Toledo Garibaldi, "no estamos solamente ante una transición tecnológica, sino también política. Por eso es importante que la respuesta sea gremial". Hoy parecen más importantes que nunca los sindicatos, la lucha conjunta de los periodistas por preservar su oficio, por hacer conscientes a los dueños de los medios y a la población general de su importancia: para que el oficio —en su mejor versión— siga siendo un dispositivo para fortalecer la democracia y cuidar el ejercicio de los derechos humanos y la libertad.
La brecha que viene
Toledo alerta sobre otro punto del problema: la inteligencia artificial generativa no democratiza el periodismo de la misma manera para todos. Los medios con acceso a modelos de IA más potentes, con periodistas capacitados para usarlos críticamente, con infraestructura técnica y presupuesto para las versiones de pago, podrán producir textos variados, verificados y difícilmente distinguibles de la escritura humana. Los medios que operen con versiones básicas o gratuitas obtendrán lo que ya circula sin parar en redes sociales: un lenguaje sin faltas de ortografía pero pastoso, genérico, sin voz.
La consecuencia es una nueva estratificación de la industria: los mejores textos generados con asistencia de IA quedarán, con frecuencia, detrás de muros de pago; el contenido automatizado de baja calidad circulará libre y abundante en los espacios abiertos. La desinformación no necesita ser falsa para hacer daño: basta con ser anodina, con llenar el espacio público de ruido que desplaza la información que importa.
Brasil tomó nota del problema, y eso da una pequeña luz de esperanza. La investigación del CADE es un primer paso hacia la regulación de un modelo que hasta ahora ha operado con total impunidad económica. En Colombia, en América Latina, la pregunta sigue abierta: ¿quién va a defender el valor del periodismo que se produce aquí, con las fuentes de aquí, sobre los problemas de aquí? La máquina no va a hacerlo.
En nuestro lado del continente americano hay muchas historias que contar y hay que seguir encontrando maneras creativas de hacerlo. Hoy es urgente repensar el periodismo: sin esa reflexión, nos empujarán de la silla antes de que nos demos cuenta —como al parecer les ocurrió a los colegas de AP.
