EN LA RAYA

OPINIÓN

Por: Andrés Bateman

En el libro “Sobre el concepto de la historia”, el filósofo alemán Walter Benjamin desarrolló un concepto al que llamó Tiempo Mesiánico. De manera muy general, este concepto se refiere al potencial de ciertos momentos para transformar el curso de la historia y mejorar las condiciones de vida de las personas. El filósofo alemán identifica ciertos momentos como rupturas temporales que transforman la línea del tiempo y cambian las formas de existencia. Lo que propone es que, en ocasiones, a la linealidad del tiempo se le atraviesan impulsos transformadores que cambian el curso de la historia y revuelven todo. En esos momentos, el presente se vuelve una suerte de sancocho temporal en donde el pasado, el presente y el futuro se mezclan, negocian y disputan para establecer o mantener su visión de mundo.

El Acuerdo de Paz de 2016 ha significado el inicio de uno de esos sancochos temporales, pues consolidó una disputa sobre el país que queremos construir. Por primera vez en mucho tiempo, temas como la paz, la diversidad, la justicia territorial, la participación política y la protección de la vida comenzaron a disputarle a la seguridad la centralidad del debate. Más allá del cierre del conflicto armado y de su mutación a la disputa territorial con disidencias, bandas criminales y otras organizaciones al margen de la ley, el Acuerdo de Paz representa la posibilidad de pensar el país desde preguntas distintas sobre convivencia, bienestar y uso de la tierra. Este es el inicio simbólico de una coyuntura histórica. Desde entonces, las formas de gobierno, las prioridades políticas y la comprensión del mundo mantienen rasgos del pasado y del futuro que en su disputa por permanecer, moldean las acciones del presente. 

Las formas del pasado que se resisten a desaparecer son conocidas en todo el país. Violencia como seguridad, persecución de la diferencia política, desprecio por la diversidad cultural, homofobia, misoginia y el medio ambiente como obstáculo para el bienestar. Por su parte, el futuro, aún en construcción y con miles de contradicciones, prefiere el diálogo y la negociación sobre la violencia para resolver conflictos, ve a las comunidades étnicas y campesinas como los interlocutores y decisores legítimos sobre sus territorios, favorece lo comunitario sobre lo individual, y entiende la urgencia de un cambio de modelo por uno que no atente contra la existencia en el planeta.

Entre estas dos temporalidades y concepciones del mundo, el presente se convierte en un lugar de donde suelen salir monstruos. Tal y como dijo otro pensador, pero esta vez un italiano de apellido Gramsci, en estos tiempos de cambio, justo antes del amanecer y en el momento más oscuro, aparecen, recargados, los promotores del pasado. Estos monstruos pueden aparecer de múltiples formas. A veces se disfrazan de cantantes, a veces de payasos, a veces de actores y a veces de burócratas. Aunque hemos pasado por varios de estos, en esta ocasión nos toca uno que tiene un poco de todos. No solo por lo que hace y lo que dice, sino porque encarna ese pasado que se niega a desaparecer. 

Un reconocido defensor de criminales que convierte el miedo en proyecto político y la agresión en espectáculo. Una persona que promete destruir la institucionalidad nacional y salirse de la internacional, que ve en los Derechos Humanos un obstáculo para la seguridad y que encuentra en la humillación su forma de mostrar autoridad. Su fuerza radica en sus habilidades de comunicación, en su despliegue mediático, y en que efectivamente conecta, a partir del miedo, con sectores de la sociedad que ven en la violencia y el autoritarismo las respuestas a los problemas del presente.

En estos momentos, cuando emergen los peores monstruos, es que se hace necesario evocar a un futuro que propenda por la paz, por el diálogo, por el medio ambiente y por el bienestar. Aun con este horizonte, el futuro no llega puro. Arrastra contradicciones, errores y tensiones propias de cualquier proyecto de transformación social. Estas tensiones se ven en la corrupción, el machismo, la misoginia y el racismo en que en ocasiones caen los proyectos transformadores. 

Estos sancochos temporales no se decantan de un día para otro. Son periodos de transición largos y contradictorios en los que el pasado se resiste a desaparecer y el futuro busca abrirse camino. En medio de los monstruos y de las contradicciones propias, aparecen fuerzas y creatividades inéditas, pues lo que está en juego no son sólo las formas, la ética y la estética con que se gobierna, sino la manera en que nos organizamos como sociedad y habitamos el mundo. Por eso, reconociendo los errores y retrocesos que se arrastran del pasado, la consigna de Luis Carlos Galán es clara: ¡Ni un paso atrás, siempre adelante!

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