En nombre de la llamada «contrarrevolución cultural», el gobierno De la Espriella ordenó retirar del Museo Nacional Penitente, una obra del artista bonaverense Yeison Riascos que representa a un joven negro con capirote blanco y tenis de marca, convertido en una figura sagrada del Pacífico. ¿Qué incomodó al Gobierno de esta representación? El artista y la subdirectora general de Ilex explican por qué su retiro revela el racismo detrás de la llamada batalla cultural. Una orden judicial obligó al Gobierno a devolver la obra a su sala.
Por: Juan Sebastián Lozano
El 15 de octubre, funcionarios del Ministerio de Cultura retiraron 63 piezas del Museo Nacional en el contexto de la proclamada "batalla cultural" del gobierno de Abelardo de la Espriella. Katia González, directora encargada del museo, y Julián Sterling, secretario general del ministerio, eligieron las piezas sin un proceso de curaduría previo, en un intento burdo de borrar del museo, y de la memoria nacional, imágenes y objetos alusivos a líderes de izquierda, a procesos de paz, a las luchas de la comunidad LGBTI y a lo que para el gobierno representa el "wokismo" y el "socialcomunismo ateo que hay que erradicar y destripar”. Ese mismo día, De la Espriella, de visita en el ministerio, volvió a referirse a la apuesta de su gobierno por una "contrarrevolución cultural", una estrategia que toma de sus faros políticos, como Donald Trump y Javier Milei, para definir un enemigo de la nación y así justificar todo tipo de políticas retardatarias en lo social y en lo económico.
Lo retirado incluyó afiches en homenaje a las candidaturas presidenciales de Carlos Pizarro, de la AD M-19, y de Bernardo Jaramillo, de la Unión Patriótica, ambos asesinados en 1990; el lapicero con el que se firmó el Acuerdo de Paz con las FARC en 2016, y varias piezas sobre las luchas feministas y la diversidad sexual. Paola Holguín, la ministra de Cultura, defendió la medida en X. El 16 de octubre escribió, entre otras cosas: "El Museo Nacional, como parte del Estado, tiene el propósito de conservar, restaurar, proteger y socializar nuestra cultura. Su vocación institucional NO consiste en servir como instrumento de adoctrinamiento político, foco de difusión de versiones sesgadas de nuestra historia, ni mucho menos en medio multiplicador de la agenda gubernamental". Una declaración que contradice lo hecho, pues el retiro de esas piezas busca imponer la visión ideológica del gobierno, un sesgo político de derecha radical. Si de lo que se trata es de mostrar la diversidad de expresiones políticas y culturales del país, borrar una parte importante de ellas va justo en la dirección contraria.
Pero muy poco se ha hablado del retiro de la obra de Yeison Riascos, artista nacido en el puerto de Buenaventura. Se llama Penitente y estaba en la sala Fuerza, Fe y Sustancia del museo. La fotografía muestra a un hombre negro que lleva un capirote blanco, el gorro cónico que usan los nazarenos y penitentes en las procesiones de Semana Santa en España. Un gorro muy parecido usaron los miembros del Ku Klux Klan, el grupo racista que persiguió, torturó y asesinó a afrodescendientes en Estados Unidos desde el siglo XIX y a lo largo del XX. El hombre sostiene en la mano un par de tenis Nike como los de los basquetbolistas de la NBA, lleva puestos unos parecidos y en el suelo hay otros zapatos de marca, la mayoría estadounidenses. El logo de Nike está marcado como una quemadura en su pecho. ¿Por qué habrá decidido el gobierno censurar esta obra? ¿Incomoda que un artista afro haga una obra crítica con la religión que impusieron los españoles en América y con el imperialismo estadounidense? ¿Hay racismo en el hecho? Otras dos obras de Riascos, que al parecer no tienen esa carga crítica, siguieron colgadas en el museo, junto a otras obras relacionadas con las expresiones religiosas y culturales de las comunidades afrocolombianas.

La obra Penitente, que fue retirada del Museo Nacional
RAYA habló con el artista y con Ana Margarita González, abogada y subdirectora general de Ilex Acción Jurídica, una organización que trabaja por la justicia racial en Colombia.
Un santo del Pacífico
"Penitente es claramente la vivencia del joven de Buenaventura hoy: un joven que ha vivido y sigue viviendo la falta de atención, el consumismo y también —por qué no decirlo— la cuestión racial, además de situaciones que hoy vivimos en Buenaventura, como que estos jóvenes terminen perteneciendo a grupos armados", explica Yeison Riascos. Los tenis encarnan lo que Karl Marx llamó el fetichismo de la mercancía: los objetos parecen tener un valor propio, casi mágico, que oculta las relaciones sociales que los producen. Ese fetichismo y el consumismo son rasgos de la cultura estadounidense y de Miami, un modelo de vida del gobierno actual.
El joven de la imagen carga con el sueño americano que empujó a los primeros polizones a esconderse en los barcos rumbo a Estados Unidos, para vivir como en los videos de los cantantes de rap: con flow, gorras y zapatillas de marca. Muchos se quedaron en Houston y desde allá mandaban tenis a sus familias. Hoy, cuenta el artista, a los bebés del puerto les ponen tenis de marca desde el primer mes de nacidos, hay muchachos que no salen de su casa un 24 de diciembre porque no consiguieron el par que querían y otros que terminan en bandas delincuenciales para poder comprarlo. En uno de los puertos más importantes del país, y a la vez uno de los más abandonados, sin salud ni educación dignas, unos Nike pueden pesar tanto como la familia. De ahí el logo como una quemadura en el pecho: el consumo, y el imperio que lo vende, como una marca que se lleva desde que se nace.
El capirote completa la crítica. El blanco, que en la tradición cristiana se asocia a la pureza y a la Resurrección, es para Riascos el color de quien ha cumplido su penitencia. La obra, dice el artista, plantea una pregunta: "¿Por qué un negro no podría usar un capirote que simbolice la pureza? Pero también recuerda que en algún momento fueron perseguidos por ese mismo capirote". Ahí está la ambigüedad de la imagen, y la ambigüedad es un elemento medular del buen arte: el hombre de la foto puede ser un santo, pero con un gorro muy parecido el Ku Klux Klan asesinó y torturó a personas negras. Hace penitencia por el consumismo, pero su cuerpo está casi desnudo: hay pureza en él. Esas posibilidades de interpretación le dan valor artístico a la obra, pero al gobierno no le interesó entender su complejidad, solo desaparecerla del museo.

La obra ubicada en el museo antes de la censura.
Penitente no es una burla a la fe, como pudieron haberla leído en el ministerio. Según Riascos, es una pregunta por lo sagrado hecha desde el Pacífico, donde los africanos esclavizados recibieron la religión impuesta por los españoles y la vivieron a su manera, mezclando las creencias católicas con sus propias tradiciones espirituales. Por eso la obra estaba donde estaba: en una sala sobre las expresiones religiosas del país. "¿Puede ser santo, o pudo haber sido santo, una persona de acá, con todo lo que nos está pasando, con la falta de atención, la falta de educación, con lo racial, lo étnico, la falta de oportunidades?", se pregunta el artista.
¿Por qué sacaron la obra?
RAYA consultó al Ministerio de Cultura, a su secretario general, Julián Sterling, y a la directora encargada del Museo Nacional, Katia González, sobre las razones del retiro de Penitente. Hasta la publicación de este artículo no hubo respuesta. El silencio no es nuevo: ante el juez, el ministerio se limitó a decir que retiró las piezas en cumplimiento de una orden presidencial, sin explicar por qué salió cada una.
Para Ana Margarita González, ese vacío dice mucho. "Claramente es una censura, pero es una censura difícil de leer porque es desordenada, improvisada, poco rigurosa incluso, pero que claramente tiene motivaciones ideológicas y políticas", afirma. En el caso de las piezas sobre los procesos de paz, señala, la intención de borrar una parte de la historia nacional es evidente. En el de Penitente, su intuición es que la obra sencillamente incomodó: un hombre negro, semidesnudo, con el paño con el que se pinta a Cristo en la cruz y un capirote que remite a la vez a la Semana Santa y al Klan, colgado en una sala sobre la fe de los colombianos. Para un gobierno que ha hecho de la familia y la tradición su bandera, una imagen así es difícil de digerir, sobre todo si además puede leerse como una denuncia del racismo.

Espacio donde estaba la obra, después de sacada.
El racismo que no se nombra
Para González, el gobierno está montado en el caballo de la batalla cultural del argentino Agustín Laje, que propone arrebatarle a la izquierda los espacios intelectuales y culturales. Su enemigo es el "wokismo", y De la Espriella ha dejado claro que en esa bolsa mete los derechos de las personas LGBTI: se ha opuesto a la adopción por parejas del mismo sexo y ha hecho de la defensa de la "familia tradicional" uno de los ejes de su discurso. "El wokismo es una manera despectiva de llamar a la lucha contra distintas formas de discriminación", dice la abogada. Y agrega: "Desde Ilex consideramos que esto también tiene una dimensión racial, de la que aquí casi no se habla". La palabra, recuerda, nació en las luchas antirracistas de Estados Unidos, y lo que molesta a quienes la usan como insulto son, en buena medida, las leyes y políticas contra la discriminación racial.
En Colombia, además de la violencia y el abuso policial contra la población afro, el racismo se presenta de una manera más sofisticada: el discurso del mestizaje, ese que dice que todos somos indígenas, africanos y españoles a la vez, y que, de acuerdo con González, el presidente ha usado en sus discursos. "El discurso del mestizaje no es un discurso, es un mito", sostiene la abogada. Un mito que, explica, "normalmente lo que hace es exaltar la herencia blanca", como si lo bueno y lo positivo estuvieran en ella: "exaltar el hispanismo, la blanquitud".
Esa exaltación de lo hispánico tiene genealogía. Laureano Gómez defendió en sus conferencias de 1928 tesis abiertamente racistas sobre los pueblos negros e indígenas y, recordemos, tres de sus nietos son hoy parte importante del gobierno y reivindican su figura. Y hay expresiones recientes: el Instituto Caro y Cuervo, dirigido por Sergio Esteban Vélez, bautizó como "Semana de la Hispanidad" el evento del 12 de octubre y no habría aprobado varias actividades sobre lenguas indígenas, según denuncias de trabajadores recogidas por El Espectador y Volcánicas. A eso se suma, señala González, que el gabinete de De la Espriella no tiene ministros afro ni indígenas, y que el gobierno ya empezó a reformar la consulta previa. Con Donald Trump como referente, su temor es que ser racista deje de ser algo moral y socialmente reprochable.
Riascos, mientras tanto, se enteró de todo sin que nadie lo llamara. Su obra llegó al museo por invitación del equipo que lo dirigía antes del actual gobierno, y ni el ministerio ni el museo le enviaron un mensaje, un correo o una llamada para contarle qué pasaría con ella. Cuando hablamos con él no sabía dónde estaba Penitente. Días después, el ministerio informó al juzgado que las piezas retiradas estaban almacenadas bajo custodia y en condiciones técnicas de conservación. Dice que siente tristeza y alerta, y que su respuesta será la de siempre: seguir haciendo arte desde el barrio, por los que no han podido hablar.
La orden del juez
El 19 de octubre, el Juzgado 24 de Familia de Bogotá admitió una tutela del representante del Pacto Histórico Gabriel Becerra, prohibió desmontar más piezas y ordenó conservar las ya retiradas, sin destruirlas ni trasladarlas. El miércoles 28, el juez César Enrique Osorio Ortiz falló de fondo: el Ministerio de las Culturas y el Museo Nacional tenían 48 horas, desde la notificación, para volver a poner las 63 piezas en las salas donde estaban. La sentencia, que resolvió conjuntamente 15 acciones judiciales para porteger derechos fundamentales, concluyó que no hubo concepto curatorial ni acta del Comité de Gestión Patrimonial que respaldara el retiro. Lo del 15 de octubre, en otras palabras, fue una orden, no una curaduría.
El juez aclaró que el museo no está obligado a exhibir esas obras para siempre, pero sí le prohibió al gobierno retirar piezas por "razones relacionadas con su contenido o el punto de vista que expresan", que es justamente lo que hizo.
El gobierno acató. Entre el 29 y el 30 de octubre, el Ministerio de Cultura devolvió las piezas a sus salas, y ese viernes el museo abrió de nuevo con ellas: los afiches de Pizarro y Jaramillo y la Séptima Papeleta volvieron a sus paneles y vitrinas. Según el ministerio, todo ese tiempo las piezas estuvieron en las reservas técnicas del museo. La sala Fuerza, Fe y Sustancia, la de Penitente, quedó cerrada mientras se completaba el montaje. Las obras deberán quedarse en exhibición mientras el museo y su Comité de Gestión Patrimonial hacen la evaluación técnica y curatorial que ordenó el juez. Y el fallo es de primera instancia: si el ministerio no lo impugna, pasará a la Corte Constitucional, que decidirá si lo revisa.
Con la orden cumplida, el joven de Buenaventura volverá a su sala, con su capirote blanco y sus tenis en brazos, junto a otras obras y objetos que representan nuestra diversidad religiosa, nuestra complejidad espiritual y distintas miradas sobre el misticismo. Estará exhibida para que los visitantes la interpreten, y para que la crítica al consumismo y a la religiosidad impuesta —pero digerida de múltiples maneras y mezclada con prácticas espirituales que dieron lugar a un complejo sincretismo— tenga un lugar legítimo en un museo. Eso es, en últimas, la libertad artística y de pensamiento. El Museo Nacional debe mostrar la riqueza de la historia colombiana, las heridas del pasado y las distintas miradas ideológicas; el ocultamiento y la censura no son el camino para lograrlo.
(Las imágenes son cortesía de Yeison Riascos).
