En dos actos oficiales, Abelardo de la Espriella apareció junto a los cuerpos de 27 integrantes de grupos armados ilegales muertos en operaciones militares. RAYA habló con la antropóloga Rudy Amanda Hurtado y la filósofa Luciana Cadahia para entender qué produce políticamente esa exhibición: deshumaniza al adversario y convierte su muerte en una fuente de autoridad y legitimación para quien ejerce el poder. ¿Qué consecuencias trae esto en países como Colombia donde está prohibida la pena de muerte?
Por: Juan Sebastían Lozano
En menos de una semana, el presidente Abelardo de la Espriella apareció en dos actos oficiales frente a cadáveres de integrantes de grupos armados muertos en operaciones militares. "Uno de los métodos que está utilizando hoy el fascismo a nivel global es la deshumanización de la vida y el tratamiento de los cadáveres como un lugar de dominación, de hegemonía y de poder", dijo a RAYA la antropóloga Rudy Amanda Hurtado, académica que fue precandidata al Senado por el Pacto Histórico. La discusión no es si el Estado puede combatir a los grupos armados, sino qué significa que el presidente incorpore esos cuerpos a su mensaje político.
La primera escena ocurrió el 2 de septiembre, cuando Abelardo de la Espriella hizo una alocución presidencial rodeado de rostros adustos de militares, en la que anunció la muerte de 23 miembros del Frente Carolina Ramírez, disidencia de las antiguas Farc, "dados de baja por el Ejército". Los cadáveres, en bolsas, estaban exhibidos frente a una mesa con armas incautadas, y en las redes sociales y los medios se hicieron virales imágenes del presidente caminando entre los muertos. El 4 de septiembre se repitió el show: el primer mandatario anunció la muerte de cuatro "narcoterroristas" de las Autodefensas Conquistadoras de la Sierra Nevada (ACSN), entre ellos su líder, Naín Andrés Pérez Toncel, de 26 años, alias "Bendito Menor", y los cadáveres, cubiertos, estaban frente a él. Después de los pronunciamientos, De la Espriella gritó su viejo eslogan, "Firmes por la patria", y, con la mano empuñada, soltó el nuevo: "Que viva Cristo Rey" —y uno no se imagina a Jesucristo con uniforme militar, rociando balas con una metralleta como Rambo.
La Defensora del Pueblo, Iris Marín Ortiz, separó la legitimidad de las operaciones militares de cómo el Gobierno comunica sus resultados. Después del episodio en el Guaviare, dijo: "el Estado y el Gobierno no pueden dejarse llevar por una competencia para demostrar quién puede ser más cruel" y añadió que no se debería normalizar que los cadáveres formen parte de la escenografía de una declaración pública ni que "la muerte se convierta en una forma de exhibir autoridad". El ministro del Interior, Rodrigo Lara, respondió que era una "triste equivocación" equiparar al Estado con las bandas armadas. Marín replicó que su llamado era, precisamente, a revisar "la forma en que comunican los resultados operacionales". Días después resumió la consecuencia política de esa estrategia: "Le restan legitimidad. El Estado tiene que generar confianza, no temor".
El cuestionamiento no quedó solo en la Defensoría. De la Espriella recibió críticas por este tipo de exhibición de la muerte de sus enemigos. Políticos como Iván Cepeda —quien dijo que el presidente "se ufana de matar"— y Alejandro Gaviria, comunicadores, académicos, e incluso el popular periodista y escritor Jaime Bayly —que apodó a nuestro presidente "El señor de las moscas"—, se pronunciaron, cada uno a su manera, contra el espectáculo grotesco, diciendo, por ejemplo, que a los caídos en combate se les debe dar cristiana sepultura, que hay que tener compasión con los familiares de estos, que no es necesaria la exhibición para que el gobernante demuestre legitimidad. "Pisotear y profanar los cadáveres de un enemigo va en contra del DIH, la filosofía moral, la tradición religiosa y los códigos de honor militar", dijo Luis Fernando Afanador, crítico literario y cultural, en sus redes sociales.
Más allá de esas reacciones, la filósofa Luciana Cadahia, consultada por RAYA, plantea el problema en el plano ético: "una de las prácticas que nos hace propiamente humanos es el acto de darle sepultura a los muertos, propios y ajenos. Y en ese sentido, la tragedia de Antígona —a pesar de que haya tenido lugar hace miles de años— ha explorado de manera muy contundente esa acción humana. En la obra, Creón se niega a darle sepultura a uno de los hermanos de Antígona. El acto de desfilar alrededor de los muertos como si no fueran humanos, al mismo tiempo inhumaniza a quien ejerce esa acción y rompe el pacto humano, el pacto civilizatorio".
Necropolítica y política snuff
La discusión ética abre otra pregunta: ¿qué tipo de poder se construye cuando la muerte del adversario se vuelve una demostración pública de autoridad? El concepto de necropolítica, propuesto por el filósofo camerunés Achille Mbembe, ayuda a responderla: el poder de los Estados modernos solía ejercerse administrando la vida —vacunando, educando, censando, diciendo qué cuerpos son aptos y cuáles perversos para el funcionamiento del sistema, lo que Michel Foucault bautizó como biopoder—. Mbembe sostiene que la forma más cruda de la soberanía sigue siendo la más antigua: decidir quién puede morir. Aquí, además: exhibirlo. Cuando De la Espriella camina entre cadáveres como si inspeccionara un trofeo de cacería, los convierte en una prueba visible de su capacidad de destruir al enemigo "de la patria". El cadáver, el humillado, es un recibo que le muestra el poderoso al público para que le dé legitimidad.
Si Mbembe ayuda a entender el poder sobre la muerte, la filósofa mexicana Sayak Valencia, más conocida por acuñar el concepto de capitalismo gore, explica cómo esa violencia puede convertirse en espectáculo. Dentro de ese marco distingue una categoría más extrema que le sirve mejor a lo que venimos describiendo: la política snuff (en referencia al género audiovisual donde se muestran asesinatos y torturas reales con fines de lucro o entretenimiento comercial). Si el gore es sangre excesiva y teatral, una puesta en escena que dramatiza la violencia, el snuff es el paso siguiente: ya no dramatiza, transmite y viraliza la muerte real como un espectáculo auténtico, hasta anestesiar nuestra capacidad de indignarnos. Esa es la lógica detrás del clip de De la Espriella caminando entre cadáveres: la violencia circula por las redes con la naturalidad de otros videos virales, por ejemplo de gatos o recetas de cocina. Vemos a De la Espriella contando muertos, después gatos bailando reggaetón, y así se pasa la vida. Las redes tienden a igualar todo.
Colombia: guerra, deshumanización y legitimidad
En Colombia, para Rudy Amanda Hurtado, el teatro de De la Espriella puede ser la consecuencia de una historia de guerra degradada en el país: "La estructura social y cultural de Colombia, el conflicto armado de larga duración y su profundización, ha generado un proceso donde, a partir de métodos como las masacres, el desplazamiento forzado, los asesinatos selectivos y los asesinatos a líderes sociales, se ha generado un proceso de deshumanización muy fuerte en términos de la vida", explica. "Esa exhibición de los cadáveres puede reflejar ese ejercicio de deshumanización en clave del conflicto de larga duración en el país".
Hurtado recuerda cómo esa degradación se expresó también en prácticas paramilitares: en masacres como las de El Aro y El Salado, los victimarios se cebaban contra los cuerpos de sus asesinados. Puede haber una línea que conecte estos actos atroces con lo que hoy vemos por parte del presidente: "La doctrina paramilitar, en materia de táctica y método en la guerra, tiene mucha relación con el Estado genocida de Israel, con Yair Klein", dice, en referencia al mercenario israelí que entrenó a grupos de paramilitares en el Magdalena Medio y Puerto Boyacá, con apoyo de militares colombianos.
Pero es muy posible que un buen porcentaje de colombianos no condenen lo que hizo De la Espriella con los cadáveres. "Aquí también hay un consenso que no es mayoritario, pero hay un consenso en la estructura social donde se le da legitimidad a estos hechos", dice Hurtado, "una legitimidad de la exposición de los cadáveres como un proceso también de venganza y de dolor frente a la guerra". El presidente, mostrando a los muertos como trofeos, también se gana el aplauso de seguidores que piden sangre y sometimiento a grupos armados que le han hecho mucho daño al país, que trafican drogas, asesinan, extorsionan y reclutan niños, y todo hace parte de la degradación de la guerra que hemos padecido.
La comunicación como estrategia política
Cadahia va más allá: la pirotecnia constante por parte del gobierno de De la Espriella, viralizada en internet —y que transita por los medios de comunicación tradicionales— y que está en consonancia con las declaraciones extremas y polémicas de Javier Milei, por ejemplo, tiene, según Cadahia, un objetivo de fondo: distraer al público para que el eje Estados Unidos–Israel pueda sacar de estos países lo que necesitan para su guerra por la hegemonía mundial: "Todas estas acciones que esta persona está cometiendo (De la Espriella) tienen una única finalidad, la de ponernos a hablar sobre estas cosas para, bajo cuerda, hacer lo que le encomendaron a este poder, que es entregar nuestros territorios, despojar a la gente de sus territorios y quitarle soberanía a nuestros recursos naturales o, para decirlo de manera más precisa, entregarle los recursos naturales a una empresa, a una potencia extranjera en decadencia, como es el tándem Estados Unidos–Estado de Israel".
La hipótesis no equivale a una relación causal demostrada, pero sí se puede contrastar con decisiones verificables. RAYA ha documentado que De la Espriella reconoció la soberanía israelí sobre los Altos del Golán —una posición que dejó a Colombia junto a Estados Unidos frente al resto de la comunidad internacional—, reactivó las exportaciones de carbón a Israel y llegó al Gobierno rodeado de una red trumpista que ya incidía en su agenda migratoria, de seguridad y política exterior. El 8 de septiembre, durante la visita de Marco Rubio a Barranquilla, Colombia y Estados Unidos firmaron además memorandos sobre minerales críticos y tierras raras y cooperación nuclear civil.
Es necesario analizar las decisiones políticas, las ejecuciones presupuestales y la comunicación del presidente, y también poner el ojo en el establecimiento político y mediático que lo legitima. "Su poder real no está en sus armas, sino en nuestra capacidad de dejarnos arrastrar por el pánico que fabrican en sus laboratorios de comunicación", dice Cadahia. Su advertencia vuelve al punto central del artículo: cuando la muerte y la humillación del adversario se convierten en contenido político, la disputa ya no ocurre solo en el campo militar, sino también en la percepción pública sobre quién tiene autoridad y cómo la demuestra.
Paralelos en Israel, El Salvador y Estados Unidos
Esto no ocurre solo en Colombia: los gobiernos de Benjamin Netanyahu, Nayib Bukele y Donald Trump recurren a formas de comunicación parecidas. El gobierno de Israel se ha empeñado en mostrar su fuerza bélica contra el pueblo palestino, y todos hemos visto imágenes de muerte y dolor de las víctimas del genocidio. Son famosos los videos de Itamar Ben-Gvir, ministro de Seguridad Nacional de Israel, mofándose del sufrimiento de presos palestinos y de activistas de derechos humanos de la Flotilla Global Sumud, apresados por autoridades israelíes cuando intentaban llevar ayuda humanitaria a la Franja de Gaza. También han rodado por X y otras redes imágenes de colonos israelíes en Cisjordania humillando a los habitantes palestinos, víctimas de desplazamiento.
Bukele ha hecho un espectáculo publicitario con los reclusos del CECOT a través de videos que circulan por YouTube y otras redes: el gobierno de El Salvador ha mostrado las condiciones infrahumanas en las que viven los presos de la megacárcel —modelo penitenciario que De la Espriella quiere replicar en el país—, el hacinamiento de los tatuados que no ven la luz del sol, algo que Bukele justifica por la cruel actividad criminal de los pandilleros capturados. Periodistas salvadoreños, hoy exiliados, como Óscar Martínez, han denunciado la sistemática violación de los derechos humanos en El Salvador, el encarcelamiento de inocentes, y el show que el dictador del país centroamericano hace del CECOT, que es apenas una cárcel entre varias que no son exhibidas. Según Martínez, Bukele pactó su ascenso al poder en asociación con líderes de las pandillas y después los traicionó.
Donald Trump, ídolo y faro moral de sus imitadores latinoamericanos, paradigma del histrión de extrema derecha televisado a todo color —entre comediante y pastor de iglesia—, bautizó una cárcel para migrantes "ilegales" como si fuera un parque de diversiones: "Alligator Alcatraz", y se burló en un video de lo que le puede pasar a un preso que intente escapar de la prisión: ser devorado por caimanes. Recordemos también la exhibición de inmigrantes esposados de pies y manos, devueltos a sus países de origen, y la muerte, bajo custodia de ICE, de latinoamericanos que buscaban una oportunidad económica en EE. UU., eventos que también se hicieron virales en las redes.
Si bien la exhibición del dolor del enemigo no ha sido, en varios casos, filmada por los propios gobiernos en cuestión, la demostración de fuerza a través de la muerte y el sufrimiento del adversario —ante la posterior viralización global de esas imágenes ominosas— es común a los gobiernos de extrema derecha mencionados.
De la Espriella seguirá aplicando la estrategia que le ha funcionado a sus ídolos del continente —Trump, Milei, Bukele—, el manual del clown de ultraderecha configurado en los think tanks de esta tendencia política, cuyas acciones son difundidas en las redes por operadores de manipulación digital como Fernando Cerimedo —máster en granjas de bots— y comunicadores de fake news, como Javier Negre. Pisotear los cuerpos muertos y burlarse de los que consideran enemigos del Estado —lo sean o no— es parte fundamental del libreto. Hoy la necropolítica y la política snuff están a todo color y con filtros de belleza en las redes sociales. Será el papel de los periodistas, opositores y críticos con el gobierno ahondar en las intenciones de la nueva derecha, y sobre todo en lo que se esconde detrás de escena y no quieren que veamos.
