cultura

RAYUELA

En diálogo con RAYA, la escritora colombiana reflexiona sobre la locura colectiva frente al genocidio en Gaza, el derrumbe de los paradigmas de Occidente y el papel de la literatura como resistencia. Habla de su nueva novela “Soy la daga y soy la herida” y de la campaña “Doy testimonio por Palestina”, que convoca a artistas y ciudadanos a alzar la voz contra el horror.

Por: Santiago Erazo

Desde que Delirio irrumpió en las librerías del país hace más de veinte años, la novela de Laura Restrepo nos ha recordado a los colombianos que, a veces, el verdadero desvarío no está en la mente de los personajes, sino en el marco que los rodea: una sociedad capaz de acomodarse al absurdo como si fuera rutina. Hoy, frente al genocidio que vemos en tiempo real desde Gaza, resurge con mayor intensidad la pregunta: ¿hasta dónde nos envenena por dentro la contemplación del horror?

En esta conversación, una de las autoras colombianas que se ha pronunciado con mayor contundencia contra el genocidio palestino, perpetrado por el Estado de Israel, habla de literatura y política, del derrumbe de los paradigmas occidentales y de la urgencia de reconstruir lo humano. También menciona la iniciativa “Doy testimonio por Palestina”, a la que se han sumado numerosos artistas y figuras públicas, y reflexiona sobre la carpintería detrás de su última novela, “Soy la daga y soy la herida”: cómo la alegoría, la sátira y hasta la risa pueden convertirse en armas frente a los autócratas que desfilan por la escena global.

Un elemento importante en su obra es la locura. En una novela como Delirio aparece de manera evidente. Pero frente a un genocidio televisado en este momento de la historia, ¿qué decir sobre la locura? ¿Estamos frente a una suerte de locura extendida, o la que vemos es una locura distinta a la que hemos vivido en tiempos pasados?

La pregunta es muy pertinente. Desde que publiqué Delirio, que tiene ya más de 20 años, mi obsesión por la locura se resume en una pregunta: ¿hasta qué punto esa locura, ese desquiciamiento de la estructura social, nos afecta también personalmente? En los años 80, cuando se escribió la novela, el delirio era el narcotráfico: irrumpía con una fuerza brutal en medio de la llamada guerra contra las drogas, otra maquinaria de destrucción que arrasaba con todo, excepto con la propia droga y la violencia extrema que la acompañaba.

A través de Agustina, el personaje central de Delirio, la novela nos conduce a una crisis psíquica profunda. Pero lo interesante es que esa crisis no aparece aislada: está rodeada de otros personajes que encarnan el verdadero desquicio. Mi idea es que la locura de Agustina sea, en realidad, lo único sano dentro de la novela. Porque lo verdaderamente atroz no es quebrarse frente al horror, sino acomodar la propia psique al desvarío social. Lo que está podrido no es ella, sino el marco, el entorno.

Y yo creo que hoy en día, con esta atrocidad que estamos presenciando, que es el genocidio de Gaza, que es el fin de todas las convenciones humanas, cualquier acuerdo entre seres humanos ha quedado echado por tierra. Sería, yo creo, muy interesante volver a hacerse la misma pregunta.

¿Hasta qué punto comerse eso, verlo todos los días por televisión, callarse por miedo? Nos está envenenando por dentro, y te lo digo colectivamente, a nivel de la humanidad y del mundo entero. Porque la impotencia frente a esto destroza.

En su obra aparece con fuerza la tensión entre literatura y sociedad, entre literatura y política. Pienso en el poema “Confianzas”, de Juan Gelman, donde la voz poética advierte, en medio del contexto de la dictadura argentina: “se sienta a la mesa y escribe «con este poema no tomarás el poder», dice /  «con estos versos no harás la Revolución», dice / «ni con miles de versos harás la Revolución», dice”. En ese sentido, frente a un genocidio en curso y ante tanta impotencia, ¿qué papel puede desempeñar la literatura? 

Santiago, yo creo que un papel muy importante. Fíjate en que la crisis no es solo política y militar, es una crisis cultural profundísima. Para mí, Gaza, el genocidio de Gaza, es el fin de la cultura occidental.

Es decir, valores como la democracia, los derechos humanos, el derecho de los pueblos o las soberanías —que, con todas sus enormes deficiencias, orientaban las pautas de la cultura occidental— se han venido abajo por completo. El respaldo de los gobiernos occidentales al genocidio revela la persistencia de un afán colonialista: expulsar a otros pueblos y afianzarse mediante la matanza y la destrucción de culturas. Por eso creo que la poesía, el rap, el baile, la literatura y el teatro tienen todo que ver con la reconstrucción de lo esencialmente humano.

Volver a buscar lo humano, porque nos lo han refundido. El capitalismo mismo es una gran moledora de cualquier esencia humana, una búsqueda de felicidades falsas, que también llevan a la complacencia con situaciones tan extremas, tan inhumanas, como lo que se está viviendo en Gaza. Entonces yo sí creo profundamente en el papel de la cultura como un esfuerzo por recuperar lo humano, por reconstruirlo y por reconstruir la cultura.

Me parece que Occidente ya no es paradigma. Acuérdate del tiempo en que  escritores como Carlos Fuentes, por ejemplo, y grandes latinoamericanos nos comparaban con Europa dejando a América Latina del lado de la barbarie. Europa ya no es un modelo a seguir.

Europa se está desmoronando en su afán bélico, en su sumisión a Estados Unidos, en su complacencia con Netanyahu y en el envío de armas para el genocidio. Ante ese derrumbe, creo que los modelos occidentales ya no ofrecen horizonte alguno. Lo que nos queda es reconstruir la cultura, replantear la visión del mundo y recuperar la esencia de lo humano.

En medio de esas respuestas aparecen iniciativas como “Doy testimonio por Palestina”, un proyecto en el que participó desde su génesis. ¿De qué va? ¿Esta iniciativa también esto se puede sumar a lo que mencionaba sobre una respuesta desde la cultura o desde las artes al genocidio?

Se trata, en el fondo, de darle salida a la gente. Porque, aunque hoy en Colombia y en el mundo presenciamos el horror del genocidio en Gaza, paradójicamente la humanidad atraviesa un momento mejor que antes. Hubo un tiempo en que aceptábamos sin cuestionar hegemonías como la norteamericana, y en que pequeños genocidios ocurrían en distintas partes del mundo sin siquiera convertirse en tema de debate.

Hoy asistimos a una movilización gigantesca: la tragedia de Palestina se ha convertido en un catalizador, un momento en el que la conciencia colectiva se enciende. Estados Unidos ha quedado expuesto tal cual es, y lo que se revela no es ya el “sueño americano”, sino su reverso: la pesadilla americana a la vista de todos.

Y eso lo necesitamos para lo que viene. Se está debatiendo en los Estados Unidos si Trump tiene intención de bombardear a México, ahora que declaró a los carteles de la droga terroristas, lo mismo con Venezuela y Maduro. Esa chispa que despierta conciencias es indispensable. Por eso surge esta campaña en la que estamos empeñados: darle a la gente una salida, una forma de expresar lo que lleva dentro, la profundidad del descontento, el dolor y el horror de ver cómo a los niños se les mata voluntaria y sistemáticamente de hambre. La campaña propone que este viernes 29 de agosto, al mediodía, cada persona grabe en sus redes o en sus medios un testimonio por Palestina. La frase central es: “Gaza, digo tu nombre”. Luego, cada quien dice su propio nombre, expresa su repudio al genocidio y a las acciones de Israel y de Netanyahu, y cierra con: “Doy testimonio y paso la palabra”.

Afortunadamente, la campaña ha tomado mucho impulso y cada vez más personas se están sumando. Aprovecho esta oportunidad de hablar con RAYA para invitar especialmente a la gente joven a que recuerde: este es el momento de alzar la voz. Suban a sus redes su protesta y hagamos que se genere un efecto mediático que realmente se sienta.

Con lo que dice quisiera detenerme un poco en su novela “Soy la daga y soy la herida”, cuyo título me remite a la obra de Baudelaire. Pensaba en una acepción del diccionario sobre la palabra “misericordia”: el arma que usaban ciertos caballeros en la Edad Media. ¿Hasta qué punto cree que la misericordia puede ser también una daga? Y, en caso de que sí, ¿en qué sentido?

Mira, Misericordia Dagger, el personaje de esta novela —cuyo nombre, como bien dices, proviene de Baudelaire, aunque ligeramente modificado— nace con la idea de ser profundamente contradictorio. Me parecía necesario para poder denunciar la omnipotencia de esos autócratas criminales que hoy pululan —Netanyahu, Trump, y también los nuestros aquí—. Pero la pregunta es: ¿desde qué punto de vista hacerlo?

Crear un personaje “bueno” que denuncie me parecía poco convincente, porque la bondad hoy está tan desdibujada que casi se ha vuelto materia de cómic. Por eso opté por un personaje ambivalente, cuyo propio nombre encarna esa contradicción. Por un lado, evoca la noción cristiana de misericordia como empatía o ayuda al prójimo; y, al mismo tiempo, remite a esa daga medieval, un arma letal usada para rematar a los heridos.

Misericordia es un verdugo, un verdugo ilustrado, un cortacabezas que trabaja gracias a las órdenes de Abismo, un dios todopoderoso que se abroga el derecho de señalar quién debe morir. Él le da las órdenes a Misericordia, cada día señala a una víctima distinta. Mi propósito en la novela era plantear una pregunta: ¿qué posibilidades tiene Misericordia Dagger de rebelarse contra ese abismo al que ha servido durante años con absoluta fidelidad, sin cuestionar nunca sus órdenes?

Por ahí va la cosa. ¿Por qué esa novela? Porque yo pensé que tiene que haber alguna forma de expresar esta situación que estamos viviendo, ya no a manera de noticiero o de recuento de los hechos directos o de número o de cifra de muertes, sino a través de la literatura. ¿Se puede formar una metáfora literaria para conversar con los lectores de esos autócratas criminales que empiezan a regir el mundo?

El formato de este libro se acerca a la alegoría, casi que a la fábula. Me remite a novelas canónicas como “Rebelión en la granja” o buena parte de la obra de Kafka. Quisiera preguntarle por qué se decantó por este recurso: ¿qué le ofrece la alegoría frente a la posibilidad de narrar de manera más directa o diáfana?

Mira, creo que, de alguna manera, hay una convicción de fondo: la necesidad de rehacer, rescatar y elaborar mitos que nos ayuden a comprender el horror. Estamos sumidos en un estado de perplejidad tan profundo que urge recuperar el poder de lo mítico, movernos en ese terreno. Quizá un poco como lo ha hecho la novela gráfica o el cómic, que han sabido dotar al mundo de nuevos mitos. Podrá decirse que son de bajo nivel o demasiado populares, pero, al fin y al cabo, son mitos.

Se puede elaborar una visión de mitos contemporáneos con lo que está pasando y con alegorías, o con una sátira, como en mi última novela. Es una sátira porque yo busco que la gente se ría, porque en medio de la impotencia en la que vivimos frente a los designios de los grandes poderes, el humor es lo único que nos queda. Todo autócrata tiene un talón de Aquiles, y en el caso de Trump es evidente: su ego.

Se trata de mirar ese ego desde la burla, reírnos de esos personajes tan grotescos que, aun así, ejercen un poder absoluto sobre nosotros. Esa era la idea: explorar si, por ese camino, puede abrirse un diálogo interesante con las lectoras y los lectores.

NOTA

Para participar en la campaña “Doy testimonio por Palestina”, grabe un video corto con su celular en posición vertical siguiendo este formato: 

Diga: “Gaza, digo tu nombre”

Dé su nombre y su ocupación, si quiere

Añada: “Doy testimonio”

Enuncie su testimonio (puede escoger alguno de la selección que encuentra en esta página o buscar otro) ​

Termine diciendo, “Paso la palabra”. 

Guarde su video y el viernes 29 de agosto, a las 12 del día (hora de Colombia), súbalo a todas sus redes con el hashtag #DoyTestimonioPorPalestina.

Facebook: Doytestimoniopalestina

Instagram: Doytestimonioporpalestina


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