cultura

RAYUELA

Fundados en 1973 en Moyobamba, Los Mirlos crearon la cumbia amazónica al transformar la guitarra eléctrica en paisaje sonoro de la selva peruana. Medio siglo después, con nuevas audiencias y tras su paso por Bogotá, su música permite leer cómo un sonido popular, nacido en un territorio históricamente relegado, sobrevivió a la violencia política, cruzó fronteras y hoy circula sin perder su raíz amazónica.

Por: Santiago Erazo y Ángela Martin Laiton 

En la selva baja, el mirlo se oye antes de verse. Buscar un ave amazónica exige la paciencia que poseen las cosas que no se mueven: una piedra antigua, un tronco vencido. Primero llega el canto. Después —si hay suerte— la mirada. Pero la fortuna ya ocurrió debajo: en los gritos, los silbidos, el ruido espeso que le da identidad a la Amazonía.

El mirlo canta desde lo alto. Marrón oscuro contra el follaje, el pico amarillo como un destello breve. Es un ave esquiva. Un imitador incansable: lleva en el cuerpo el archivo sonoro del bosque. Setenta voces, dicen los ornitólogos. Tal vez más. El mirlo cree que inventa, pero acaso recuerda. Toma prestados los cantos ajenos y los devuelve transformados. Desde una percha que no se ve ordena el rumor del agua, la respiración de los árboles, el temblor del aire.

Hay un momento, al amanecer, en que la selva parece escucharse a sí misma. Los ríos sostienen una nota larga; los insectos marcan el pulso; el mirlo entra y sale, copia, insiste, se desvía. No canta para ser visto. Canta para que algo permanezca.

Décadas después, lejos de la selva o dentro de ella, ese mismo principio vuelve a oírse. No en un claro entre árboles sino en un camerino, el del Teatro Colón, con luces blancas, una mesa con comida compartida, un tablero donde alguien escribió: “Los Mirlos”. Vienen de un ensayo. Buscan la sala más grande. Se sientan sin apuro. Jorge Rodríguez Grández, líder de la banda, pide dos segundos. Dos guitarras descansan apoyadas contra la pared. Cuando ambas vuelvan a sonar en unos minutos sobre el escenario, se cruzarán como aves que se reconocen en el vuelo. 

En la música de Los Mirlos hay una selva que se invoca para evitar describirse. Un sonido que aprendió a viajar sin perder el camino de regreso. Jorge Rodríguez Grández habla despacio. Arma su historia como una geografía. Moyobamba primero —capital de la región de San Martín, ciudad de las orquídeas—; luego Lima, donde crecieron las alas. Antes el acordeón del padre; después las guitarras eléctricas. Antes la radio AM que, atravesando fronteras invisibles, traía vallenatos y cumbias colombianas hasta el corazón de la selva amazónica peruana; después un nombre elegido, el de un pájaro que vuela para llevar su canto.

Rodríguez Grández dice que su relación con la música empezó antes de tener memoria. Su madre contaba que, todavía en el vientre, se movía cuando su padre tocaba el acordeón. Él lo dice con una voz tranquila, casi baja, como si estuviera describiendo un gesto doméstico y no el origen de una vida entera. El padre tocaba chimayches —un huaynito de la Amazonía— y pandillitas de la selva, músicas que regresan cada 24 de junio, cuando llega San Juan. Ese día, en los pueblos amazónicos, las casas se vacían: la gente baja a los ríos para bailar, para meterse al agua y recibir la bendición, para beber cerveza y comer juanes. Alrededor de un árbol cargado de regalos —la humisha— se arma la fiesta. No es un ritual solemne ni una postal exótica: es una celebración popular, familiar, ruidosa. Ahí, dice, estaba ya todo.

La infancia de Rodríguez está hecha de esos rituales: música que no se aprende en una escuela sino en el cuerpo, fiestas que duran días, un territorio donde la celebración y la supervivencia se confunden. Moyobamba no era un lugar aislado del mundo: era un punto de cruce. Las radios traían sonidos de Colombia, de la costa peruana, de Cuba. La selva escuchaba, guardaba y transformaba.

Con sus hermanos, sus primos y amigos de la adolescencia, Rodríguez armó su primera banda. “Los Saetas” duró poco. La ciudad, para ese entonces, en la mente de Rodríguez quedaba chica. Lima aparecía como destino inevitable. Mudarse fue una necesidad: para grabar discos, para sonar en la radio, para existir en un país que mira hacia la capital.

Llegó a Lima con una certeza y una incomodidad. La certeza: quería vivir de la música. La incomodidad: el sonido dominante no lo representaba del todo. La cumbia costeña marcaba el pulso del mercado. Era elegante, bailable, eficaz. Rodríguez la admiraba, pero sabía que venía de otro paisaje. No buscó competir; buscó desviarse.

El desvío ocurrió en las guitarras. Influido por Enrique Delgado y el sonido eléctrico de Los Destellos, Rodríguez entendió que ahí había una posibilidad. La guitarra podía decir selva. Podía imitar el canto de los pájaros, el fluir del río, la cadencia húmeda de la vida amazónica. Junto a sus hermanos, primos y al guitarrista Danny Johnston —apodado luego el Keith Richards de la cumbia— fundó en 1973 Los Mirlos. El nombre no fue un capricho: condensaba una poética. El mirlo, ave inteligente, domesticable, capaz de imitar decenas de sonidos, como un Beethoven alado.

En 1973 grabaron su primer long play (LP) y lo registraron formalmente en la Biblioteca Nacional. El título era una declaración de principios: El sonido selvático de Los Mirlos. Más que marketing era una toma de posición. A partir de ahí, la producción fue constante. Discos casi anuales, giras interminables, cambios de sello, ajustes internos. El núcleo se mantuvo firme: Jorge Rodríguez como director general, su hermano Jorge L. Rodríguez como director musical. Bajistas, bateristas y percusionistas que entraban y salían, dejando su marca.

Al comienzo, la música era instrumental. Así se hacía entonces. De esa etapa nacieron piezas que se volverían himnos: “La danza de los mirlos”, “El sonido de la selva”. Melodías que no avanzan en línea recta sino que giran, insisten, hipnotizan. Más tarde llegaron las letras. Historias de amor, de trabajo, de identidad. “Eres mentirosa”, “Amor tierno amor”, “La danza del petrolero”. Canciones que cruzaron fronteras y se volvieron éxitos internacionales.

Las letras no buscaban sofisticación literaria. Buscaban verdad. “Nosotros transmitimos nuestras vivencias, nuestras realidades”, dice Rodríguez. El amor, las raíces culturales, la vida cotidiana del hombre amazónico: el pescador que se va en su canoa, el campesino que trabaja la chacra, la muchacha del oriente. El Poder Verde se convirtió en un himno de la Amazonía. La música como relato de un territorio históricamente relegado.

Con el tiempo, la cumbia amazónica se convirtió en una categoría. Al principio no lo era. En Perú, la cumbia empezó a organizarse por regiones: costeña, andina —o chicha—, amazónica. Los Mirlos quedaron asociados a esta última no por proclamarse pioneros, sino por persistir. Mientras otros estilos se agotaban, ellos seguían tocando.

Seguir no siempre fue sencillo. Los años ochenta y noventa estuvieron marcados por la violencia política en Perú. Viajar implicaba riesgo. Tocar también. Carreteras peligrosas, toques de queda, miedo. Rodríguez evitó la militancia explícita. “Yo no estoy metido en política”, dice. “Mi música es mi vida”. No era indiferencia: era una forma de resistencia silenciosa.

En esos mismos años, la música empezó a viajar más rápido que ellos. Argentina se volvió una estación decisiva. Llegaron en los años ochenta, cuando ya existían grupos como Los Wawancó o El Cuarteto Imperial, formados por músicos migrantes. Los Mirlos traían otra cosa: un formato nuevo, un color distinto. “Nos sentimos agradecidos de todo corazón”, recuerda Rodríguez. “Esto no es una moda, es una corriente musical que perduró en el tiempo”.

Grabaron discos, participaron en películas populares, tocaron en carnavales y fiestas multitudinarias. Argentina fue un espejo: allí comprobaron que su música ya no pertenecía solo a la selva peruana. En 2012 regresaron para el Festival Internacional Folclórico de Buenos Aires, en los bosques de La Plata. Pablito Lescano los visitó en un show en Niceto y cantó con ellos. Otros grupos versionaron sus canciones. Los Palmeras hicieron su propia lectura de “Fiesta en la selva”. Rodríguez lo ve con gratitud: la obra circula, se transforma, sigue viva.

Las influencias de Los Mirlos son claras y múltiples. La cumbia colombiana, la guaracha cubana, los grupos peruanos que marcaron época. Pero hay un punto de inflexión: la guitarra eléctrica. De ahí nace una tradición. Manzanita y su conjunto, Los Diablos Rojos, Los Ecos. La cumbia amazónica como rama propia.

Algunos críticos hablaron de cumbia psicodélica. Luces, colores, repeticiones hipnóticas. Rodríguez no reniega del término, pero lo explica. La psicodelia, dice, nació con el rock en los sesenta. Él nunca participó en ceremonias de ayahuasca, aunque conoce la tradición. El curandero, los rezos, la música, la limpieza espiritual. El Curandero no es una apología: es un retrato cultural. La música como puente entre lo ancestral y lo urbano.

Décadas después, la historia de Los Mirlos encontró otra forma de contarse. Un cineasta comenzó a revisar archivos domésticos: filmaciones en super ocho, conciertos, viajes, escenas familiares. La casa de Rodríguez funcionaba como un archivo vivo. Proyectores, cintas, recortes de prensa. De ese material nació una película que recorrió festivales y volvió pública una memoria privada. La vida cotidiana convertida en documento histórico.

En 2023 celebraron cincuenta años de trayectoria. No hubo balance nostálgico sino continuidad. Grabaciones especiales, libros en preparación, conciertos. En ese contexto llegó un correo electrónico. Luego otro. Un festival interesado. Coachella apareció no como un sueño sino como una invitación concreta. La primera vez no se dio. La segunda, sí.

Abril. Dos fechas. Un escenario inmenso. Vestuario diseñado especialmente. Un público diverso: jóvenes que cantan canciones compuestas antes de que ellos nacieran. Rodríguez recuerda el cansancio: periodistas, entrevistas, la misma pregunta repetida. ¿Cómo llegaron hasta ahí? Para él, fue otro escenario más. La diferencia estaba en el eco.

Coachella no fue un punto de llegada sino una confirmación. La música amazónica, nacida en fiestas patronales y radios AM, podía dialogar con el mundo. Sin perder el pulso.

El legado de Los Mirlos es también familiar. Hijos que tocan, que gestionan, que acompañan. Nietos que ensayan con instrumentos. La música no como monumento sino como práctica diaria. Rodríguez escribe una autobiografía pensada como archivo, como material para estudiantes. No se asume escritor. “Yo escribo mi vida”, dice Jorge Rodríguez Grández.

Si pudiera hablar con el joven que fue, no le daría consejos técnicos. Le diría que no abandone el deseo. Que habrá caídas. Que el camino no es recto. Que hay que seguir.

Como el mirlo en la selva: escuchar, guardar, devolver el canto transformado. No para ser visto. Para que algo permanezca.

Nuestra idea era volver a ese sentimiento tropical, pero nos encontramos con que en Perú, por ejemplo, era lo contrario, que ese sentimiento de emancipación pasaba por el punk y el rock, porque el sonido tropical estaba muy saturado” dijo Rodríguez.



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