política

RAYUELA

Luces, batucada latina, fuegos artificiales y un tigre animado rugiendo en pantallas gigantes. Abelardo de la Espriella llena el Movistar Arena como si fuera un concierto, vende tenis millonarios como amuletos de la patria y hace que miles lo vean como el salvador. Su show mezcla fervor religioso, masculinidad depredadora y promesas de grandeza. Pero detrás del espectáculo hay un tigre importado: una campaña que copia con descaro a Bukele, Milei y Trump, un candidato lejos de la autenticidad que presume.

Por: Juan Sebastián Lozano

La campaña de Abelardo de la Espriella es exitosa. Combina lugares comunes de la extrema derecha colombiana y mundial con una puesta en escena casi infantil —animaciones incluidas—, mercadeo de productos como si fuera un  cantante de reggaetón y guiños a la cultura popular: en sus videos brinda con Silvestre Dangond, ídolo vallenato, y sale abrazado con James Rodríguez. Sus espectáculos oscilan entre culto religioso, manifestación mussoliniana y show de entretenimiento al estilo Sábados Felices.

De la Espriella construyó su candidatura sobre dos pilares sólidos de la sociedad colombiana: lo militar y lo religioso. El nacido en Montería nunca fue militar, pero saluda con visera y grita “¡Firme por la patria!” al despedirse en cada intervención pública y mediática, apelando a una estética de orden y disciplina que conecta con militares retirados y con quienes persiguen “zurdos y peludos”, como él llama a los jóvenes de izquierda.

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Abelardo de la Espriella haciendo el saludo militar junto al cantante vallenato Silvestre Dangond. Sacada de la cuenta de X del candidato.

El antes ateo —así se declaró en entrevistas hace unos cinco años— hoy menciona a Dios con frecuencia en sus frases. Ha dicho que fue “salvado por la gracia del Señor”; en una publicidad, una luz celestial lo ilumina. Se presenta como el “nuevo mesías”, recurriendo a una estrategia que evoca a Nayib Bukele: un gobernante que críticos y organizaciones señalan por concentrar poder y debilitar contrapesos institucionales, mientras asegura que su poder emana directamente de Dios.

Y no podía faltar la familia, para completar el triángulo sagrado “Dios, patria y  familia” de la derecha colombiana. Abelardo publica fotos con su esposa de pelo rubio —de quien dijo: “una mujer espectacular, con cuatro pelaos, pero que tiene un cuerpo del carajo. Un pastelito”— y sus cuatro hijos. Ha declarado que quiere ser “un padre de la nación responsable”; para él, la familia tradicional es el núcleo de la sociedad. Vende esa imagen como marca de campaña: miembros bien vestidos, acicalados, un modelo al que aspiran muchos colombianos.

“Abelardo comparte con Trump una marca exitosa a los ojos de la gente. No digo que sea verdaderamente exitoso en términos económicos ni que tenga toda la plata que presume, sino que su nombre se asocia con un bufete de abogados y marcas de renombre en la sociedad colombiana. Algo similar pasaba con Trump en Estados Unidos: mucha gente sin mayor idea de economía o política lo veía como empresario exitoso y pensaba: ‘este tipo sabe cómo se hacen las cosas”, me dice Tomás Molina, filósofo y politólogo.

El tigre importado

De la Espriella eligió el tigre como símbolo personal. Según él, Álvaro Uribe —referente de la derecha colombiana— habló en 2024 de un “tigre” que llevara sus banderas a la presidencia, y la gente empezó a relacionarlo con ese llamado del patriarca. “Ven en mí un patriota lleno de fuerza, de ardentía y con los cojones para salvar y reconstruir la patria después del desastre que nos deja Petro”, dijo en una entrevista.

Pero el tigre no es nativo de América —sino de Asia—; aquí ruge el jaguar, símbolo que ha usado Gustavo Petro en los últimos tiempos. El tigre es importado, al igual que varias estrategias de su campaña. Replicar modelos exitosos es común, pero en este caso resulta notorio y explícito. El animal no es solo un logo: es una promesa de fuerza y castigo.

Javier Milei, en su campaña presidencial argentina de 2024, se autodenominó “el león”. Su melena rebelde y sus gritos de “¡Viva la libertad, carajo!” fueron clave para conectar con la furia contra “la casta” política. La estrategia funcionó: encarnó esa rabia popular. De la Espriella optó por el tigre, apelando al instinto y al resentimiento de quienes rechazan al gobierno de Petro, el primero de izquierda en Colombia. Repite además el libreto del “outsider”: llama “casta” a los políticos tradicionales y se vende como alguien ajeno a la política de siempre. 

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Javier Milei junto al retrato que le hizo el artista Yari Casanova. Foto sacada de La Nación

De la Espriella aplica la fórmula mesías-payaso que triunfó con Trump en Estados Unidos y Milei en Argentina: frases políticamente incorrectas para viralizarse, atraer jóvenes que buscan referentes “rebeldes” y cosechar aplausos de los indignados. Lo hace con histrionismo, swing vallenato y gracia actoral —recordemos que incursionó en el canto, la ópera y fue corista de un grupo vallenato—. Colombianiza así la apuesta que funcionó para Trump y Milei.

Su aporte distintivo a la estrategia animal feroz-mesías cool está en el fondo de sus videos: música tropical, jóvenes diversos étnicamente tocando tambores, representación de “la gente real” de Colombia. Todo busca identificación masiva.

Sin embargo, Abelardo alguna vez despreció el ajiaco, la changua y otros platos típicos. Al primero lo llamó “un potaje carcelario de papa con pollo”, según reportó Las2Orillas en octubre de 2025, basado en declaraciones suyas de hace siete años; también asoció la changua, el sancocho y el bocachico a “comida de pobres” o “primitiva”, como muestran videos virales recirculados en Instagram y reportados en Pulzo, donde critica la gastronomía bogotana y costeña como “de prisión” o degradante. El contraste es evidente: hoy se vende como “muy colombiano” y provinciano, pero su imagen pública estuvo años anclada en la burla y el desprecio de clase.

Su estilo de vida ha estado marcado por un aspiracionismo europeo: buscó el refinamiento que asocia con lo europeo. “Intentaba vestirse como un hombre italiano refinado —no siempre lo lograba, pero esa era la máscara que quería proyectar al mundo”, dice Tomás Molina.

Críticos como Vanesa Rosales, en La Silla Vacía (enero de 2026), hablan de la “estética del blanqueamiento europeo” que lo caracterizaba: esposa rubia, delgada y joven —una estética que muchos adoran en la Costa Atlántica—, vida aspiracional con jet privado, exhibición de marcas. Rosales sostiene que hoy intenta reconfigurar esa estética hacia una “autenticidad” popular, resaltando acento y expresiones costeñas, como en su última entrevista en RCN.

“El tigre tiene que ver mucho con los imaginarios costeños, de masculinidad depredadora, animal. Se para en la premisa del macho, en el narcisismo del patriarca”, dice Rosales. En ese marco, la campaña también busca conectar con una audiencia masculina joven. Recordemos que la extrema derecha continental, llega sobre todo a hombres de 17 a 30 años, según estudios de la Fundación Friedrich Ebert y expertos como Esther Solano, quienes destacan que estos jóvenes representan el electorado conservador más potente en países como Argentina y Brasil, atraídos por discursos anti-woke y de mano dura. Esos mismos análisis describen cómo se activan narrativas antifeministas: hombres que temen a las mujeres, malinterpretan la lucha feminista y se sienten excluidos por  el avance de las luchas progresistas. En la campaña de Milei esa batalla patriarcal contra lo “woke” fue efectiva; De la Espriella va por el mismo camino.

Los ídolos con pies de barro de Abelardo

En entrevista en La FM, De la Espriella dijo que Bukele le “tiró línea” en el tema de las cárceles y Milei en el manejo de la economía. Su espectáculo en el Movistar Arena —lanzamiento de campaña— con cantantes, presentadores con toques humorísticos y juego de luces se parece a  las convenciones MAGA de Donald Trump. A propósito, también ha dicho que llevará a Colombia “al lugar de grandeza que se merece”, un calco del “Make America Great Again”.

Propone construir megacárceles siguiendo el modelo Bukele, pero este viene acompañado de graves denuncias:

Desde el régimen de excepción de 2022, en El Salvador, más de 84.000 personas han sido detenidas; detenciones arbitrarias, con al menos un tercio sin vínculos reales con pandillas, según El Faro. Organizaciones de derechos humanos documentan tortura sistemática, corrupción y asesinatos en prisiones como CECOT: golpizas, violencia sexual, aislamiento extremo. El régimen ha sido calificado como dictadura de facto por críticos como Angélica Cárcamo en El Faro (junio de 2025), con capturas arbitrarias de opositores —como la abogada Ruth López—, persecución a periodistas y más de 433 muertes en custodia hasta agosto de 2025. Oscar Martínez, editor de El Faro, lo describe como “una erosión total de la democracia disfrazada de guerra contra el crimen”.

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(Pie de foto: Foto de un artículo del medio Jesús es Noticia). 

De la Espriella quiere reducir el Estado en un 40 % y aplicar recortes al estilo Milei. Busca una economía “libertaria” —la receta neoliberal llevada al extremo—. Veamos las cifras de Milei en Argentina y cómo impuso su política a garrote:

En 2025, segundo año de Milei, la represión a protestas se duplicó: 1.369 lesionados (13 % más) y 155 adultos mayores heridos en marchas de jubilados, según la Comisión Provincial por la Memoria (enero de 2026). El ajuste fiscal generó recesión profunda: pobreza al 50 %, pérdida de más de 200.000 empleos formales en el sector público, salarios reducidos 0,3 % mensual (UBA-CONICET). El poder adquisitivo del salario mínimo cayó 0,5 % en julio de 2025; entre mayores de 65 años, la pobreza se duplicó del 17,6 % al 29,7 % en el primer semestre (Indec). Protestas contra recortes, como marchas de jubilados frente al Congreso, terminaron en violencia policial: el fotoperiodista Pablo Grillo resultó herido de gravedad por disparo en la cabeza durante una represión en marzo de 2025 (CELS).

Abelardo, antes del viaje de Petro a Estados Unidos para reunirse con Trump, publicó un comunicado en redes acusando al presidente de narcotraficante y aliado de terroristas. El video, con biblioteca y bandera de Colombia de fondo, parecía una queja dirigida a “Papá Trump” —al papá imperio— contra el hermano rebelde Petro para que lo aconductara. En uno de sus videos publicitarios, un brazo con la bandera de EE.UU. (arriba) toma el brazo con la bandera de Colombia (abajo): clara alusión a “La creación de Adán” de Miguel Ángel.

Hoy Trump es un gigante que se desmorona: enfrenta problemas internos por abusos de la ICE contra inmigrantes y menciones en los archivos Epstein. Su política internacional agresiva genera rechazo global. Trump tampoco debería ser modelo.

Odio contra Petro y la izquierda

En su comunicado reciente sobre la visita de Petro a EE.UU., De la Espriella dijo: “La inteligencia estadounidense sabe perfectamente quién es Gustavo Petro. Es un artífice del caos, aliado de Nicolás Maduro. Y juntos han convertido el narcotráfico en un arma del terror, no solo para financiar regímenes comunistas en Colombia y Venezuela, sino para debilitar a los Estados Unidos”. Pidió a Washington capturar a Petro, a quien llamó “jefe de la mafia”, quien —según él— pretende robarse las elecciones. Dice lo que la derecha extrema (y parte de la no tan extrema) quiere oír. Acusa sin pruebas, busca congraciarse con EE.UU. La reunión bilateral entre Petro y Trump se cuenta dentro una de sus más recientes derrotas.

También llamó a Iván Cepeda “pieza clave de la impunidad de la guerrilla y amigo íntimo de sus jefes terroristas”. Apuesta a la campaña sucia: explotar mentiras y lugares comunes contra líderes de izquierda para que sus seguidores y potenciales convencidos voten “emberracados”.

Sus palabras encienden la polarización, minan el debate democrático serio e incendian puentes de diálogo. En una entrevista dijo que en su gobierno “destriparía a la izquierda”, aunque luego suavizó la frase. En Colombia se exterminó a la Unión Patriótica: entre 1984 y 2002, más de 4.000 de sus miembros —incluyendo dos candidatos presidenciales, ocho congresistas, 13 diputados, 11 alcaldes y cientos de concejales y militantes— fueron asesinados, en un genocidio político reconocido por la Corte Interamericana de Derechos Humanos en su sentencia de 2022 (caso "Miembros de la Unión Patriótica vs. Colombia"). Aunque la UP surgió de acuerdos de paz con las FARC y tuvo nexos iniciales con la guerrilla, las acusaciones generalizadas de que todo el partido era su brazo armado fueron ampliamente estigmatizantes e infundadas como pretexto para la persecución sistemática, según la Comisión de la Verdad y la Jurisdicción Especial para la Paz.

Su demonización de la izquierda copia la estrategia de Milei: llama “zurdos” a un espectro amplio. Todo para erigirse como salvador iluminado que liberará de las “garras del comunismo”, cuando Petro —elegido democráticamente— solo ha intentado reformas progresistas.

Con su discurso, De la Espriella contribuye a destripar la convivencia democrática.

El crítico cultural y profesor Pedro Adrián Zuluaga lo resume así: “La razón por la que casi no he seguido la campaña de De la Espriella es por miedo físico. Sus mensajes agresivos, su proyección de autoridad sin freno, su mimetización con las virtudes del tigre y la manera camaleónica de ponerse en escena muestran una obvia propensión al autoritarismo recargado —que incomoda hasta al propio Uribe— y una forma de entender la política como simulación y espectáculo. El Movistar Arena, con su lanzamiento multitudinario, es su espacio predilecto; no la plaza pública, impredecible e incontrolable. Las redes sociales completan el cuadro, con gestos programados y una puesta en escena que reclama simulación, como sus visitas a iglesias. Lo que quisiera resaltar es el vínculo entre autoritarismo y espectáculo que me hace rememorar —de ahí el miedo físico que me produce— la capacidad del viejo fascismo (italiano y alemán) para producir ceremonias masivas donde la fuerza de lo popular queda aplastada en la disciplina y el orden. Una fantasía aterradora”.

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