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RAYUELA

Pese a la interceptación ilegal de sus embarcaciones en aguas internacionales y al secuestro de activistas denunciado por la Global Sumud Flotilla, la coalición humanitaria insiste en desafiar el bloqueo israelí sobre Gaza. En entrevista con RAYA, Manuela Bedoya, colíder de la delegación colombiana, explica por qué la misión decidió volver al mar, qué ocurrió con los colombianos a bordo y cómo responden a las acusaciones israelíes que intentan vincular la flotilla con el terrorismo. 

Por: Migdalia Arcila-Valenzuela

Flotilla manuela

Foto Onda Cero

Desde 2007, año en que Israel impuso un bloqueo militar sobre la Franja de Gaza —recrudecido drásticamente desde octubre de 2023—, miles de activistas de todo el mundo han buscado estrategias para abrir un corredor humanitario. El objetivo sigue siendo garantizar el acceso de alimentos, insumos médicos y víveres esenciales a una población de casi dos millones de personas. 

El bloqueo militar y las restricciones al ingreso de ayuda humanitaria han sido denunciados por organizaciones como el Alto Comisionado para los Derechos Humanos de las Naciones Unidas, la Organización Mundial de la Salud y el Comité Internacional de la Cruz Roja. Pese a que la atención mediática ha disminuido tras la firma del acuerdo para el cese al fuego en octubre de 2025, el bloqueo sobre Gaza y sus nefastas consecuencias sobre la población civil no han disminuido. Por el contrario, los palestinos en Gaza siguen enfrentando las consecuencias de una escasez de recursos manufacturados por el régimen israelí, así como los constantes ataques por parte de las fuerzas de ocupación. 

Es precisamente en este contexto, de una crisis humanitaria que ha perdido visibilidad mediática —y de agresiones sistemáticas contra los movimientos de solidaridad mundial— que la coalición humanitaria Global Sumud decidió partir nuevamente hacia Gaza. Esta nueva flotilla, que contaba con cerca de 80 embarcaciones, fue ilegalmente interceptada en aguas internacionales entre Grecia e Italia el pasado 30 de abril. En esta intercepción, las fuerzas israelíes atacaron 22 barcos y secuestraron a 175 activistas, entre quienes se encontraban tres ciudadanos colombianos.

La mayoría de los activistas fueron liberados  en Grecia dos días después, a excepción de Thiago Ávila y Saif Abukeshek. Ambos permanecieron retenidos durante más de una semana en la prisión de Shikma, al norte de la Palestina ocupada, donde, según denuncias de la flotilla y de sus compañeros, fueron sometidos a múltiples torturas físicas y psicológicas. 

Pese a los abusos, denunciados por los activistas y perpetrados por Israel contra esta misión civil, humanitaria y no violenta, la Global Sumud Flotilla no se detuvo. El 14 de mayo, algunas de las embarcaciones que lograron escapar a la intercepción de abril, junto con otras nuevas, zarparon desde Turquía rumbo a Gaza formando una flotilla de 54 barcos y cerca de 500 activistas.

El 17 de mayo, la misión fue nuevamente interceptada en aguas internacionales cerca a las costas de Chipre. Los activistas fueron secuestrados y trasladados al centro de operaciones militares en Ashdod. Dos días después de la intercepción, el ministro de seguridad israelí Itamar Ben-Gvir publicó en su cuenta de X un video donde muestra cómo somete a maltrato y humillaciones a los cerca de 500 activistas que buscaban llevar ayuda humanitaria a Gaza. Los activistas, que fueron posteriormente liberados y deportados el 21 de mayo, reportaron 15 casos de abuso sexual y múltiples torturas.  

Manuela Bedoya habla desde la delegación colombiana de la Global Sumud Flotilla, una coalición internacional de activistas, organizaciones humanitarias y movimientos sociales que intenta abrir una ruta marítima hacia Gaza para denunciar el bloqueo israelí y llevar ayuda humanitaria. Como colíder de esa delegación, Bedoya ha participado en la organización política y logística de la misión, y recoge testimonios de los colombianos que iban a bordo de las embarcaciones interceptadas. 

En entrevista con RAYA, Bedoya explica por qué decidieron volver al mar y qué ocurrió durante las interceptaciones denunciadas por la flotilla. 

RAYA: Tras las interceptaciones, detenciones y denuncias de tortura contra integrantes de la flotilla, ¿por qué decidieron navegar nuevamente hacia Gaza? 

MANUELA BEDOYA: Decidimos navegar porque el bloqueo y el genocidio persisten. Porque Gaza no es un hecho aislado ni un momento pasajero; es una herida abierta que exige acción constante. No podemos esperar a que los tiempos estén a nuestro favor, porque muchas veces no lo estarán. Y mientras el mundo guarda silencio o nos detenemos, el ente sionista intensifica sus ataques y ejecuta, con total impunidad, su plan de exterminio.

Navegar nuevamente es negarnos a la indiferencia; es afirmar que, incluso frente al miedo, hay pueblos que eligen ponerse del lado de la vida, de la dignidad y de la justicia.

Y también es reconocer que todos podemos hacer algo para intentar detener esto. Hay quienes impulsan campañas de boicot, quienes se movilizan en las calles, quienes convocan huelgas generales, quienes bloquean puertos, quienes denuncian, organizan, educan y sostienen la memoria. A todos les decimos: cada acción cuenta. Háganlo. Multipliquen cada gesto que desafíe al sionismo, que exponga la complicidad internacional, que interrumpa las economías que financian genocidios y que presione a los gobiernos cómplices. Ninguna forma de resistencia está por encima de otra ni es contradictoria con otra; todas avanzan en la misma dirección, guiadas por una misma brújula moral y por ese deseo profundamente humano de defender la vida.

Hoy, más que nunca, es urgente unificar fuerzas, armonizar acciones paralelas y construir estrategias conjuntas que realmente tengan impacto.

Dentro de nuestra delegación hemos debatido profundamente sobre la estrategia de la Flotilla, sobre sus alcances, sus límites y su eficacia. Hemos intentado mirarnos con honestidad y espíritu autocrítico, poniendo todo en una balanza. Pero cada vez que vemos a personas del común —de esas que no salen en las fotos, que no aparecen en las giras ni en los titulares—, personas que llevan meses durmiendo en puertos, reparando motores, acondicionando barcos, resolviendo emergencias, organizando logística y sosteniendo esta misión desde el anonimato; cada vez que vemos a quienes, desde tierra o desde el mar, siguen dispuestos a navegar aun conociendo los riesgos y comprendiendo el complejo panorama geopolítico actual, confirmamos que esto no es simplemente un acto performativo, que allí es donde reside el espíritu de la Sumud, la persistencia, que tanto nos han enseñado los palestinos. 

Tal vez no sea una estrategia perfecta —porque ninguna lucha lo es—, pero sí es una expresión concreta de conciencia y de humanidad en acción. Miles de corazones, provenientes de casi 100 países del mundo, hacen posible esta misión con un mismo objetivo, y saldrá adelante pese a los liderazgos que existan, porque el poder de la gran mayoría es lo que termina haciendo que esto ocurra.

Y como todo proceso vivo, esta lucha debe cuestionarse constantemente, aprender, corregirse y evolucionar, para avanzar sin perder nunca el horizonte. No estamos exentos de ese ejercicio. Mientras tanto, nuestro lugar, regido por acuerdos colectivos, seguirá siendo acompañar, incluso en la dificultad o, muchas veces, en medio de contradicciones, a cada participante hasta donde decida o pueda llegar.

RAYA: ¿Qué cambió en esta misión frente a las flotillas anteriores y qué riesgos enfrentan ahora? 

MANUELA BEDOYA: El escenario actual en el que navega esta Flotilla ha cambiado significativamente debido al complejo contexto geopolítico al que hoy se enfrenta, donde los riesgos pueden ser aún mayores. Hemos sido testigos de cómo Israel continúa traspasando sus propios límites, dejando en evidencia no solo la complicidad y el respaldo con los que actúa frente a diversos Estados europeos y del Norte Global, sino también la impunidad con la que perpetra graves violaciones al derecho internacional y a los derechos humanos, sin recibir condenas ni sanciones efectivas por parte de la comunidad internacional. Ya no operan bajo ninguna máscara; actúan con la certeza de que no serán detenidos, y eso demuestra que llegarán hasta donde el mundo se los permita.

Hoy entendemos que esto ya no se trata únicamente de Palestina. Palestina ha sido el comienzo, la raíz y la memoria viva de una resistencia histórica que hoy nos permite presenciar la supervivencia de un pueblo frente al genocidio. Palestina es también un espejo para la humanidad: si no detenemos al sionismo y a esta maquinaria genocida, no solo estará en juego el destino de un pueblo, sino el sentido mismo de nuestra humanidad.

En ese contexto, la Flotilla enfrenta también el desafío de generar un mayor impacto mediático y político, capaz de romper el cerco informativo y movilizar la conciencia internacional, en medio de un agotamiento colectivo que, aunque en muchos momentos ha resultado desmovilizador, también ha comenzado a transformar la frustración, el dolor y la impotencia en acción directa; una acción que no siempre es perfecta, pero sí profundamente genuina.

Al mismo tiempo, en términos metodológicos, esta nueva misión se ha planteado el reto de incorporar personal humanitario con perfiles específicos —como médicos, personal sanitario y ecoconstructores— que puedan aportar directamente a los procesos de atención, acompañamiento y reconstrucción en Gaza. Asimismo, existe la intención de duplicar el número de embarcaciones con respecto a la misión anterior, para aumentar las posibilidades de romper el bloqueo.

RAYA: ¿Qué ocurrió con los colombianos que iban a bordo durante la interceptación de la flotilla? 

MANUELA BEDOYA: Israel interceptó de manera violenta al velero Tamtam, en el que navegaba nuestra delegada colombiana Hafza, con rumbo a Gaza para llevar ayuda humanitaria e intentar romper el bloqueo. Durante horas, la tripulación fue sometida a graves actos de violencia y tortura psicológica: fueron obligados a arrodillarse, vendados de los ojos, apuntados con fusiles y láseres, y sometidos a interrogatorios bajo intimidación. Además, destruyeron el motor de la embarcación, el sistema de mando, las radios de comunicación y el sistema de navegación, para posteriormente abandonarlos a su suerte en medio del mar, durante la noche y en plena tormenta. Antes de retirarse, dispararon en cuatro ocasiones contra el barco con la aparente intención de inutilizarlo, poniéndolo en riesgo real de hundimiento.

La tripulación fue rescatada al día siguiente por la organización humanitaria Open Arms. Estos hechos constituyen una grave violación del derecho internacional humanitario y podrían configurar una tentativa de homicidio. Durante esta operación fueron interceptadas 22 embarcaciones y secuestradas en aguas internacionales por la fuerza de ocupación israelí 175 personas, de las cuales al menos 34 resultaron heridas. Dos de las embarcaciones que estaban siendo remolcadas terminaron hundiéndose en el mar, entre estas Batolo donde también navegaba la bandera colombiana. Los barcos Batolo y Eros, en los que se desplazaban nuestros delegados colombianos Andrés y Juana, también fueron interceptados de manera violenta. Sus tripulantes permanecieron retenidos durante más de 30 horas en un buque naval israelí, donde —según sus testimonios— fueron confinados en estructuras metálicas similares a cárceles, hechas con contenedores, en las que introducían grupos de personas. Durante ese tiempo fueron sometidos a malos tratos, expuestos al frío de la intemperie, mojados con agua y obligados a mantener durante horas posiciones de sometimiento físicamente dolorosas. 

En un momento, efectivos israelíes ingresaron a las celdas y seleccionaron a dos personas para aislarlas junto a Saif Abukeshek. Una de ellas fue nuestro compañero Andrés Castelblanco, quien denuncia que permanecieron aproximadamente cuatro horas acostados boca abajo, con las manos fuertemente atadas al punto de comprometer la circulación, mientras eran golpeados repetidamente con rodillazos en la espalda y golpes en la cabeza. Posteriormente, Saif, quien presentaba dificultades respiratorias, fue separado del grupo y aislado completamente. Por su parte, los demás participantes que protestaron pacíficamente exigiendo el regreso de sus compañeros fueron reprimidos con golpes y actos de tortura que dejaron un saldo de 34 personas heridas, con traumas oculares, craneoencefálicos, fracturas y lesiones faciales. Nuestra compañera Juana también fue víctima de agresiones físicas constantes, que le dejaron hematomas y contusiones en el rostro, abdomen, brazos y piernas, además del hundimiento de una costilla. Todos estos hechos ocurrieron en aguas internacionales frente a las costas de Grecia, sin respuesta alguna de su gobierno pese a las múltiples llamadas de auxilio emitidas por las embarcaciones, lo que genera serias preocupaciones sobre una posible omisión o complicidad frente a estos hechos. Finalmente, y solo tras la presión mediática, política y diplomática internacional, las personas secuestradas fueron entregadas a las autoridades griegas, con excepción de Saif Abukeshek y Thiago Ávila.

RAYA: Dos activistas, Saif Abukeshek y Thiago Ávila, permanecieron retenidos durante más de una semana. ¿Quiénes son y qué representan dentro de la Global Sumud Flotilla? 

MANUELA BEDOYA: Nuestro compañero Saif Abukeshek nació en el campo de refugiados de Askar, en Nablus, Palestina. Fue exiliado desde niño por la ocupación y construyó su vida en España, donde formó una familia, sin dejar nunca de luchar por el derecho de su pueblo a vivir en libertad. Es, además, activista internacional y referente de la Global Sumud Flotilla. Saif ha dedicado su vida a tejer solidaridad entre los pueblos y a desafiar, de manera no violenta, el bloqueo y la impunidad.

Hace apenas unos meses estuvo de gira por Colombia, compartiendo en distintas ciudades del país con movimientos sociales, organizaciones populares y comunidades en resistencia. En el Cauca caminó junto al pueblo indígena Nasa y su guardia indígena, conociendo de cerca su lucha por la defensa del territorio, la vida y la autonomía, reconociendo en esa resistencia la misma herida colonial que atraviesa al pueblo palestino.

Por otro lado, nuestro compañero Thiago Ávila se ha convertido en una voz activa de la lucha y la solidaridad internacionalista. Participó en la flotilla Madleen y en la misión Sumud 2025, siendo interceptado por Israel y privado de su libertad en dos ocasiones. Esta sería su tercera participación en el mar, donde nuevamente, junto a Saif Abukeshek, fue secuestrado. Hace poco estuvo en Colombia, compartiendo en distintos espacios de solidaridad entre los pueblos de las Américas, fortaleciendo la articulación internacionalista y acompañando iniciativas como la Flotilla de las Américas hacia Cuba, proceso acompañado por la Global Sumud Flotilla y por la delegación colombiana, donde también estuvo nuestro compañero Saif Abukeshek.

RAYA: Oficiales israelíes han acusado constantemente a la flotilla de estar vinculada a actividades que ellos califican como “terrorismo”, ¿qué responde la Global Sumud Flotilla al respecto? 

MANUELA BEDOYA: Israel ha optado por clasificar como “terrorista” a todo movimiento de acción directa que se atreva a nombrar las estrategias sistemáticas de eliminación de un pueblo por lo que son: un genocidio. En particular, la Global Sumud reúne una amplia participación de pueblos y organizaciones del Sur Global, del suroeste de Asia, África y del mundo árabe en general; regiones y comunidades que históricamente han sido estigmatizadas, racializadas y criminalizadas. Además, parte de su comité organizador es de origen palestino. No es casual, entonces, que intenten deslegitimar nuestro movimiento pacifista y no violento llamándonos la "Flotilla de Hamas".

Pero además Israel tiene un miedo inmenso a algo más fuerte que las armas, más fuerte que la guerra: al amor y a la solidaridad, al acto simple de la sonrisa, del abrazo, de la alegría, de la unión, de la empatía; a la fuerza que acompaña un acto simbólico cargado de diversidad, identidad, rechazo y denuncia. Algo de lo que carecen, algo que les es castrado desde la raíz más profunda de su propia gente.

Lo que se dibuja aquí es una lectura profundamente política y emocional del conflicto, donde no solo están en disputa los territorios o los discursos oficiales, sino también los lenguajes de la resistencia cotidiana. La idea de que los actos simbólicos —una marcha, una flotilla, una consigna, una sonrisa en medio del dolor— pueden convertirse en formas de poder que no dependen de la fuerza militar, sino de la capacidad de conmover, de unir y de sostener una narrativa alternativa frente a la violencia.

En ese sentido, para mí el choque no es únicamente entre actores armados o Estados, sino entre dos formas de entender la humanidad: una que intenta controlar, censurar, castigar y clasificar las voces que la denuncian, y otra que insiste en aparecer y emerger desde la empatía y la solidaridad como herramientas políticas.

Es ahí donde esos gestos pequeños, aparentemente simbólicos o frágiles, adquieren una dimensión mucho más grande: la de recordar que, incluso en contextos de extrema violencia, lo humano sigue organizándose, expresándose y resistiendo desde lo colectivo.

RAYA: Muchos se preguntan qué ganan unos pocos activistas frente a una potencia militar. Tras su experiencia en la prisión de Sderot, ¿qué respondería? 

MANUELA BEDOYA: En la misión pasada, mientras estaba en prisión, vi a militares israelíes explotar en ira cuando respondíamos con una sonrisa mientras intentaban romper nuestro espíritu, nuestra moral y nuestra dignidad humana a través de humillaciones y malos tratos. Lo hacemos porque somos conscientes de que podemos, y porque exigimos que el resto del mundo garantice ese mismo derecho a sonreír para el pueblo palestino; que sonreír no sea un privilegio, mucho menos un acto que pueda costarles la vida.

A estas máquinas de muerte les desarma recibir, a cambio de un golpe, una sonrisa: un gesto de humanidad que ellos no tendrían con quienes ven como enemigos. Algo que no pueden contener y contra lo que, sencillamente, no pueden combatir.

También les incomoda profundamente ver cómo la sociedad civil ha decidido organizarse para hacer algo sin precedentes: navegar decenas de pequeñas embarcaciones, muchas veces en condiciones extremas, contra viento y marea, pese al contexto geopolítico y militar que atraviesa el Mediterráneo. Les lastima en su narrativa reconocer que están fallando, y temen que el resto del mundo despierte de este letargo al ver que cientos de personas de todas partes del mundo asumen una responsabilidad que los aparatos estatales no han querido asumir; porque la burocracia, la institucionalidad y gran parte del sistema internacional han fracasado en su deber más básico: proteger la vida.

Son esos cientos, esos miles de corazones, los que hacen posible que misiones como esta existan. Nunca antes tantos barcos habían navegado con un mismo propósito: romper el asedio, desafiar el silencio y recordarle al mundo que la solidaridad también puede hacerse mar. Esta misión existe porque nace del grito urgente de la humanidad. Y aun así, el tamaño de esta misión sigue siendo pequeño frente a la inmensidad del amor, la dignidad y el compromiso que sentimos por el pueblo palestino, por recordarnos, incluso en medio del horror, qué es lo verdaderamente importante.

RAYA: Los han cuestionado por los costos que tiene esta misión humanitaria ¿Qué responde a esto?

MANUELA BEDOYA: Se cuestionan los costos que implica levantar misiones de este tipo, pero incluso si esos costos son altos, no representan ni una fracción mínima de lo que Israel y Estados Unidos invierten para sostener el genocidio, un ejemplo claro es que cada misil interceptor Tamir del sistema Iron Dome, utilizado por Israel durante las operaciones relacionadas con Gaza, tiene un costo estimado de entre 35,000 y 45,000 euros por unidad. En jornadas de alta intensidad, como las registradas entre 2023 y 2025, cuando Israel llegó a reportar hasta 1,000 detonaciones o lanzamientos diarios, el gasto operativo podía alcanzar decenas de millones de euros, con estimaciones cercanas a 40 millones de euros en un solo día, e incluso superar los 80 millones de euros cuando se empleaban múltiples interceptores por objetivo. En escenarios de menor intensidad, como los reportados tras la reducción de hostilidades, con entre 1 y 10 explosiones o interceptaciones diarias, los costos podían rondar los 400,000 euros por día, llegando incluso a 800,000 euros diarios en los casos en que se utilizaban dos interceptores por cada objetivo.

Comparado con los costos de una misión humanitaria como la de 2025, la dimensión del gasto militar resulta aún más reveladora: un solo día de ataques de alta intensidad en Gaza podía costar entre 5,7 y 11,4 veces más que el presupuesto total de toda una misión humanitaria, evidenciando la profunda desproporción entre los recursos destinados a sostener la guerra y aquellos dirigidos a proteger y salvar vidas.

Nuestra misión, entonces, no está limitada por cifras económicas, pues creemos que no es un factor equiparable a los costos destinados al genocidio y que intentar, en una acción política y humanitaria, desafiar ese sistema que sostiene el hambre de niños, ancianos y personas como una herramienta de muerte en un mundo que sucumbe ante esta realidad televisada en silencio e impunidad, es un acto apenas mínimo de humanidad.

¿Podrían destinarse esas ayudas directamente? Sí. Muchas organizaciones se dedican a ello y destinan toda su energía a crear puentes más confiables para sostener familias en Gaza. Es un acto necesario, como también lo es el boicot y otras acciones directas. Sin embargo, no es nuestra misionalidad. Nuestra iniciativa busca romper y denunciar ese cerco que bloquea el libre ingreso de un derecho mínimo vital como lo es el alimento.

Por ello no nos hemos centrado únicamente en la idea del asistencialismo, sino en la acción humanitaria organizada y directa, que intenta la creación de un corredor marítimo humanitario al tiempo que denuncia el bloqueo. Y aun así, muchas —si no la mayoría— de las compañeras y compañeros que componen la flotilla, paralelamente a esta misión, trabajan por recaudar fondos para objetivos puntuales de apoyo a familias en Gaza o, en su defecto, son donantes recurrentes.

RAYA: Antes de las interceptaciones más recientes, ¿hubo flotillas que lograran romper el bloqueo y llegar a Gaza?  

MANUELA BEDOYA: Sí, existen antecedentes como los de 2008, cuando el movimiento internacional Free Gaza Movement logró lo que hasta hoy sigue siendo un hecho histórico: romper por mar el bloqueo impuesto sobre Gaza y llegar directamente a su puerto. El 23 de agosto de 2008, las embarcaciones Free Gaza y Liberty, que habían zarpado desde Chipre, arribaron con éxito a Gaza con activistas internacionales, observadores y ayuda humanitaria, marcando la primera llegada de barcos internacionales al territorio por vía marítima en décadas. Fue la primera vez en 41 años que se logró entrar a Gaza por mar.

Entre agosto y diciembre de ese mismo año, el movimiento consiguió realizar cinco misiones exitosas, llevando suministros médicos, acompañamiento internacional y un mensaje político de solidaridad, antes de que los intentos posteriores comenzaran a ser interceptados. Desde 2010 se han realizado nuevos esfuerzos por romper el bloqueo; sin embargo, Israel ha intensificado progresivamente sus acciones contra estas misiones, como ocurrió con la Mavi Marmara en 2010, cuando el ataque israelí dejó un saldo de diez activistas asesinados y decenas de personas heridas.

Desde la escalada iniciada el 7 de octubre de 2023, los intentos de solidaridad marítima como Madleen, Handala en 2025 y Flotilla Global Sumud I, han sido fuertemente interceptados, a pesar de la magnitud creciente de estas misiones: las dos últimas impulsadas por la Global Sumud Flotilla contaron, la primera, con cerca de 50 embarcaciones y, esta última, con alrededor de 80 barcos.

En esta más reciente ocasión, donde zarpamos el 12 de abril de 2026, vemos cómo las embarcaciones fueron interceptadas por las fuerzas de ocupación en aguas internacionales cercanas a Grecia e Italia. Sin embargo, la misión no termina, y los esfuerzos por romper el bloqueo en medio de un momento crítico de genocidio persisten, porque la necesidad de abrir un corredor humanitario para el ingreso de ayuda sigue siendo urgente.

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