Por: Margarita Jaimes Velasquez
El águila acecha con la arrogancia del poderoso, naturalizando su presencia como quien siembra tempestades en campos ajenos. Ya no le basta la cumbre de los Apalaches, ahora codicia la llanura, los ríos, las estepas y la selva. No quiere solo alimento para sus hijos, sino la corona del universo, el centro de todo lo visible y apropiable.
Con mirada de hielo, contempla a los indefensos habitantes del sur global, despreciando su fragilidad como el viento ignora la hoja caída. “Países de mierda”, escupió el águila ante los suyos, en un enero de 2018 que aún resuena como eco de desprecio. Deportaron sin piedad, separando polluelos de sus nidos, encerrándoles tras barrotes de circo, para que aprendan la lección del miedo y la soledad.
Al tenor de rin rin renacuajo, hacen francachela con sus recursos, reclaman lo ajeno con fiereza, pues el abusador navega impune en mares sin juez. ¿Para qué sirve un derecho que se fundamenta en principios de igualdad soberana, si al violentarlo, no hay un juzgador? El águila juega con el temor a una tercera guerra mundial, agitando el caos como bandera y blandiendo la espada de la falsedad.
¿Quién conoce el deseo del águila? Su ambición es niebla, su propósito un laberinto sin descifrar. Cierto es que cada día expande su mirada sobre nuevos territorios, ambicionando todas las riquezas de este paraíso llamado tierra. Hoy es América Latina, mañana Groenlandia, el mar internacional y después, seguramente Europa y Asía. Bien lleva su nombre, el águila imperial, devoradora de fronteras.
No es esta una simple analogía de águilas, leopardos, cóndores o quetzales; es un grito desgarrado para que la humanidad despierte. Los cimientos de las relaciones internacionales se resquebrajan, la fe en la humanidad se astilla bajo discursos xenófobos, supremacistas y venenosos que dividen y enfrentan. Es un llamado urgente a la comunidad internacional para que no se quede impávida como en 1940. Lo que hoy hiere al sur global, mañana será pandemia que infecte al resto del mundo.
Que el águila no abdique su trono en los Apalaches, y que el cóndor continúe surcando las cumbres de los Andes. Que el leopardo, siga siendo el pulso de la selva. Que allá donde el agua alimenta la selva, los delfines rosados ondulen el Amazonas y sigan siendo guardianes espirituales de los pueblos ancestrales, mientras que las esmeraldas aladas, los quetzales, cubran de color el corazón de Mesoamérica. Esta es la verdad de nuestra América, un tapiz tejido por el Aconcagua, por los grandes lagos, por el Gran Cañón, por el mar de siete colores, por criaturas maravillosas que merecen seguir en libertad.
Firmo esta sentencia con el alma: porque América no les pertenece a los vientos del norte, sino que es la heredad de todo aquel que la habita, donde el sol brilla para todos sus hijos desde el hielo milenario hasta Tierra del Fuego. No es el patio de una sola casa. Es necesario descolonizar el concepto de 'americano'. Es una identidad y un territorio que reivindicamos como propio y que trasciende los intereses del águila imperial.
