Por: Edna Martinez
Mucho ya se ha dicho, analizado y discutido sobre el aumento de salario mínimo vital que reciben los y las trabajadoras del sector “formal”. Hemos escuchado a los políticos a favor y en contra, a los técnicos y tecnócratas que defienden o se oponen al porcentaje decretado por el gobierno de Gustavo Petro.
Entre muchas de las voces que he escuchado analizando las repercusiones de ese incremento histórico, hay una que me anima profundamente a escribir este artículo: la voz de mi madre. Mi madre, una mujer negra quien ha trabajado desde los 10 años, primero en las minas de oro en el Chocó, luego, desde los 16 años y por más de 20 años como empleada doméstica o cocinera en Bogotá en condiciones informales, sin salario fijo, sin prestaciones sociales, sin ningún tipo de seguridad. Relaciones de trabajo disfrazadas de “familiaridad” cuando en realidad eran formas modernas de “servilismo”.
Aún recuerdo la alegría de mi madre al poder entrar a una empresa formal, con condiciones más claras de trabajo, y sin la sensación de “estar recibiendo un favor”. La emoción de la formalidad pronto nos confrontó con la realidad; efectivamente hubo algunas mejoras en relación a horarios, más claridad en la contratación, responsabilidades, y tareas relacionadas con la labor asignada, pero la angustia y la pobreza en la que vivíamos siguió siendo la misma y las relaciones de subyugación no desaparecieron. Mi madre, quien tenía a cargo a tres personas, mi hermano, mi hijo y yo (fui madre adolescente) hacía “maromas” para lograr cubrir todas las necesidades que teníamos como familia. La vi suplicar muchas veces al propietario de la casa de inquilinato donde vivíamos para que no nos echara a la calle, porque el salario mínimo no le alcanzaba o no llegaba a tiempo, (hay que decir que ese propietario se quedaba con aproximadamente el 40% de ese salario, pero ese será tema para otro texto).
Muchas veces tuvimos que empeñar, o dar en intercambio por arriendos o deudas las pocas cosas que mi madre lograba adquirir con ingresos extras de su trabajo (primas, recargos nocturnos, pago de horas extras, beneficios modificados o eliminados por Álvaro Uribe). Recuerdo las pericias de mi madre para lograr alimentarnos, las súplicas ante los tenderos para que le fiaran, pero también recuerdo la solidaridad de las vecinas, quienes muchas veces nos quitaron el hambre cuando el dueño de la tienda nos cerraba el crédito. Mi hermano y yo asistimos a colegios públicos. Yo caminaba casi una hora para llegar porque no había dinero para el bus, y poder comprar las onces era una “excepcionalidad”. Muy escasamente tuvimos espacio, tiempo o dinero para libros, entretenimiento y cultura, y obviamente la educación superior estaba fuera de nuestras posibilidades incluso imaginativas.
Esa situación de angustia permanente se profundizó cuando a los quince años quedé embarazada. Mi madre, en su infinito amor y sabiduría, me sostuvo en casa y asumió la crianza de mi hijo, bajo la promesa y compromiso de que yo terminaría el bachillerato. Pero el amor no alimenta, y para sostener una boca más, se vio obligada a tener dos empleos trabajando, incluso hasta 16 horas al día.
Hago este recuento de mi vida y la de mi familia, porque más allá de las discusiones técnicas, jurídicas en las que se han escudado algunos para atacar el aumento del salario, la discusión debe estar acompañada de una visión humanista y realista de lo que es y cómo funciona la sociedad colombiana. Y es que la falta de sustento técnico en el que se escudaron para “tumbar el decreto”, oculta que esos sustentos son productos de visiones particulares sobre la economía, pero también relaciones político-culturales.
En Colombia hay una sobreexplotación de la fuerza laboral, y por eso nos permitimos tener empleados o condiciones de empleabilidad que en otros países como Alemania son impensables e impagables como por ejemplo empleadas domésticas internas, guardias de seguridad 24 horas, niñeras exclusivas, etc. El salario mínimo en el país se ha calculado por debajo de las necesidades que tienen los y las trabajadoras para recuperar su fuerza de trabajo, cubrir sus costos de vida, continuar siendo productivo en términos del mercado y criar a las nuevas generaciones de trabajadores. El pago que recibe el sector trabajador también ha estado muy por debajo de lo que necesitaría un ser humano en el sistema capitalista para acceder a los desarrollos académicos, científicos, culturales de la época, desarrollar su potencial y disfrutar de la vida.
Sin embargo, ese déficit en la relación reproducción mano de obra y salario, no ha afectado la calidad del trabajo que el empresariado recibe y por el contrario la productividad, la ganancia aumenta, y aunque hay variación en las tasas de natalidad, siguen naciendo bebés, que serán el relevo de la fuerza laboral en algunos años. Entonces la pregunta sería cómo ha sido posible que pese a esta significativa e histórica deferencia en la relación trabajo-salario y necesidades de producción-reproducción de la fuerza laboral, la calidad del trabajo y el relevo generacional de la mano de obra en Colombia se sostenga. ¿Cómo ha sido cubierto ese déficit garantizando la continuidad del sistema de producción y el aumento en la creación y acumulación de riqueza? ¿Quién ha cubierto ese déficit? 1
En Colombia han sido los individuos y la sociedad en forma de familia, comunidad y muy parcialmente el Estado quienes hemos subsidiados directa o indirectamente a los dueños del capital, garantizando que la calidad del trabajo se mantenga, que haya un relevo generacional en la mano de obra, garantizando que la generación de capital y la creación de riqueza se sostenga. En países como los Estados Unidos, uno de los centros del capitalismo, el subsidio al capital en relación a reproducción de la mano de obra se da a través de los subsidios estatales directos que empleados de empresas como MacDonals o Wallmart reciben, dos de las empresas más poderosas y millonarias del mundo. El salario que pagan estas compañías es tan bajo que no logra cubrir siquiera la alimentación y asistencia sanitaria de los trabajadores. Estas empresas incluso tienen servicios de asesoramiento a los trabajadores para acceder a los subsidios. 2
En el caso de mi familia o de muchas familias trabajadoras colombianas ese “subsidio” se expresa en varios niveles; déficit nutricional individual que como ya hemos visto cobra la vida muchas personas, sobre todo de infantes en las zonas más apartadas. En mi casa no llegamos a la desnutrición gracias la red de vecinos y amigos que muchas veces nos alimentaron, y que constituyen el segundo nivel; una red social, familiar, y en ocasiones estatales que suplen y sostienen a las familias trabajadoras cubriendo muchas de las necesidades de cuidado, vivienda, servicios, alimentación que el salario no cubre; un tercer nivel; limitación en el desarrollo de capacidades, actitudes e intereses más allá del “rol” como empleado-trabajador, acompañado por un agotamiento mental y emocional permanente. Es muy difícil tener salud y estabilidad psicológica si todos los días la sobrevivencia está en juego.
Este tercer nivel se expresa en el hecho de que el salario mínimo en Colombia, había sido pensado para imposibilitar a la clase trabajadora al desarrollo académico, científico y artístico, el disfrute productivo del tiempo libre y el gozo de la vida. Esa visión hace parte de un proyecto político cultural heredado de las estructuras administrativas coloniales, clasistas y racistas, y no sólo de las lógicas internas del sistema de producción capitalista. En ese proyecto los dueños del capital en Colombia se han convencido de que los trabajadores somos humanos de segunda categoría, que nuestro destino es ser mano de obra barata, la más barata que se pueda, y me puedo imaginar que muchos de los que se han adueñado del país, añoran el retorno a las relaciones de trabajo esclavistas o serviles, ahora disfrazadas de libertad. Y no dudarán en avanzar hacia ese modelo si les dejamos ganar las próximas elecciones, como está ocurriendo en Argentina.
El empresariado del país cree hacerle un “favor” al empleado al contratarlo, y que éste junto con el producto de su trabajo, le debe gratitud y pleitesía por su posición como dueño no solo del capital sino de la “vida” misma. Por eso, más que los efectos que tenga el aumento del salario en las nóminas, la inquina que produce ese aumento a gran parte de las clases privilegiadas, tiene que ver con que el decreto que dicta el aumento del salario significa una posibilidad de empoderamiento de los y las trabajadoras, y ese empoderamiento está más en el plano de la “simbólico” que en el material. Los doscientos mil pesos que recibe el trabajador no incrementarán significativamente su acceso al consumo, pero sí ayuda a cambiar la visión la que visión que se ha impuesto sobre la relación trabajo-salario.
Los y las trabajadoras tienen hoy mayor claridad sobre su papel en la producción de la riqueza, entienden que el salario no solo debe ser el mínimo dictado por la voluntad del empleador con apoyo de sus agentes estatales, sino que debe tener como objetivo cubrir las necesidades vitales que tiene junto con su familia, y que esas necesidades no se limitan al bienestar material, sino que también deben incluir necesidades culturales, intelectuales, de recreación y gozo.
Hoy por fortuna, gracias a muchos esfuerzos individuales, apoyos colectivos, y de la decisión de irme de Colombia, la economía de mi familia no depende del salario mínimo. Sin embargo, no olvido mis orígenes, no se me borraran los momentos de angustia, dolor y agotamiento de mi madre por no recibir un pago acorde a la intensidad de su trabajo, un salario y que nos permitiera vivir con tranquilidad y dignidad. Hoy celebro junto a ella, que tengamos una política de Estado que busque avanzar un poco en la dignificación del trabajo y en el cierre de la brecha histórica que hay en el país entre el capital, la productividad y el salario.
1. En mi tesis de doctorado desarrollo más ampliamente el análisis y la explicación sobre la forma de creación y acumulación de capital en contextos donde el capital paga salarios muy por debajo de los costos de reproducción de la mano de obra. Ver 2018. Martínez E. Capitalist Accumulation and Socio-Ecological Resilience Black People in Border Areas of Colombia and Ecuador and the Palm Oil Industry. Peter Lang Editors. Frankfurt, Germany. www.peterlang.com/document/1055440
2. Ver el artículo de Forbes “Are Walmart And McDonald's 'Welfare Queens'? https://www.forbes.com/sites/modeledbehavior/2013/12/24/are-walmart-and-mcdonalds-welfare-queens/
