Por: Edna Martinez
En las últimas horas, un grupo de gente “preocupada” por el país manifestó su indignación porque Aida Quilcué, fórmula vicepresidencial de Iván Cepeda, dijo en una entrevista que estudiar no fue su fuerte.
Estudiar tampoco fue lo mío, querida Aida. Yo, al igual que tú y millones de niños y jóvenes en Colombia, enfrenté un sinnúmero de dificultades económicas para acceder a la educación. Muchas veces fui a la escuela, al colegio o a la universidad sin comer. Para ir al colegio —el INEM del barrio Tunal, en Bogotá— tenía que caminar una hora, ida y vuelta, porque mi casa quedaba en otra localidad. Las caminatas se hicieron más largas cuando ingresé a la universidad. Vivía en el sur de Bogotá, en el barrio Matatigres, y para llegar a clase a las 7 en la Universidad Nacional salía a las 5:00 a.m. cuando no tenía para el bus.
En la escuela y en el bachillerato, aunque recibí buena formación técnica en ciencias naturales, literatura, arte, ciencias sociales y deporte, tuve que soportar un currículo y una comunidad educativa profundamente racistas, eurocéntricos y clasistas, aunque todos éramos pobres del sur. Recuerdo a algunas profesoras decirme: “No espero nada de usted”. Durante la primaria lloré muchas veces por los comentarios ofensivos y discriminatorios de mis compañeros, comentarios que a menudo fueron celebrados, minimizados o ignorados por los docentes.
En la adolescencia fui una de las pocas estudiantes afro en una institución que tenía más de 2.500 estudiantes por jornada; ya se pueden imaginar la violencia que padecí durante cinco años. La representación de la población negra y africana era despectiva y humillante. La historia afrodescendiente se reducía a la esclavización y, durante mucho tiempo, la forma de referirse a mí fue “la esclava”. La lista de adjetivos peyorativos es larga, y creo que usted, querido lector, podrá acordarse de muchos de ellos al pensar en su etapa escolar y en la interacción con sus compañeros afrodescendientes, si los tuvo.
Recuerdo una situación en el bachillerato que, aún hoy, más de tres décadas después, duele. En el colegio mi cabello era símbolo permanente de burla. Una vez conseguí una balaca grande que ocultaba lo ocultaba y que me daba cierta seguridad. Como no tenía dinero para comprar más balacas y variarlas durante la semana, mi balaca blanca se volvió un símbolo de identidad y protección. Un día un compañero de curso, con maldad, me la quitó y salió corriendo; su huida estuvo acompañada de la burla de todo mi salón y del coro “pelo de bombril”. Lo perseguí, lo empujé, lo hice caer al piso y lo obligué a devolverme la balaca; la reacción del profesor de turno fue enviarme a la dirección por “conducta violenta hacia un compañero”.
Ingresar a la universidad fue otra lucha contra las probabilidades. Conseguir un cupo y sostenerme fue posible gracias a rifas, ventas callejeras y al amor inmenso de mi madre. Las jornadas de estudio estuvieron acompañadas de hambre, cansancio y de la sensación permanente de no poder más.
Sufrí, pero también insistí. Tenía claro que la educación era la única puerta que me interesaba para salir de la pobreza, en medio de la hegemonía cultural del dinero fácil y del narco‑traquetismo. Insistí, terminé estudios superiores y llegué a hacer un posdoctorado, siempre en instituciones educativas públicas. En la universidad peleé desde adentro; junto a una minúscula comunidad afrouniversitaria nos organizamos para confrontar un sistema antidemocrático que se escudaba en la “meritocracia” para justificar la exclusión de jóvenes afro del sistema universitario.
Muchos admiran esa tenacidad y perseverancia. Algunos me expresan su admiración por ser “tan fuerte” y por lograr “sostenerme y escalar” en un sistema educativo que, sin decirlo en voz alta, muchos reconocen como desigual y perpetuador de violencias. Pero no deberíamos ser “superhéroes” para poder educarnos. Y la educación formal no debe seguir siendo un escenario de reproducción de exclusiones y múltiples formas de discriminación. Solo desde una visión de la educación diseñada para la exclusión se puede deslegitimar, humillar e invalidar a una mujer indígena. Aida, como cientos de miles de personas, no ha “tenido éxito” en un sistema educativo diseñado por una élite blanca y racista que desprecia a las regiones, a los indígenas, a los afrodescendientes y a los campesinos.
En el argot popular, “mi fuerte” expresa una habilidad, gusto o talento en alguna área, pero nadie puede ser hábil, desarrollar gusto o ser talentoso dentro de un sistema diseñado para negar su existencia como individuo o como pueblo, para humillar o justificar la exclusión. La educación debe ser una herramienta para conocer e interactuar con otras formas de conocimiento, con otras culturas y saberes, para entender y dialogar con la vida, no solo la humana. Junto con el pensum técnico‑científico y filosófico‑literario, y con la formación artística y deportiva, la educación formal debe ser una estrategia para la convivencia colectiva, para el cuidado de la comunidad y de la naturaleza, no solo para el empleo y el capital.
Querida Aida, me puedo imaginar la violencia que ha reproducido el sistema educativo formal en tu territorio, y desde el “falso curubito” que dan los muchos títulos académicos que he conseguido, te digo: “estudiar tampoco fue mi fuerte”, y quiero, al igual que tú, que nuestros jóvenes no tengan que ser “fuertes” para poder formarse y desarrollar su potencial humano.
