Por: Jaime Gómez Alcaraz
Las reflexiones de Joseph E. Stiglitz, premio Nobel de economía, sobre el momento político internacional, publicadas en el diario El Espectador el pasado 16 de enero [1], suscitan un debate que trasciende la figura concreta de un liderazgo nacional y obliga a interrogar la arquitectura misma del orden global contemporáneo. Más allá de compartir o no sus conclusiones, sus palabras permiten iluminar un escenario marcado por la destrucción del derecho internacional, la normalización del uso unilateral de la fuerza y una creciente imprevisibilidad en el ejercicio del poder por parte de actores hegemónicos.
El valor analítico de las afirmaciones de Stiglitz reside en servir como punto de partida para examinar una dinámica más amplia: el derrumbe del orden jurídico internacional, el carácter volátil del liderazgo político en las grandes potencias y los dilemas estratégicos que enfrentan los países del Sur Global.
En ese marco, la interlocución del presidente colombiano Gustavo Petro con Donald Trump se presenta como un episodio paradigmático: un encuentro diplomático atravesado por asimetrías estructurales y por la incertidumbre que introduce un liderazgo autoritario y de extrema derecha que ha enterrado abiertamente los pilares del derecho internacional.
Imperialismo contemporáneo y desinhibición del poder
El imperialismo del siglo XXI no reproduce mecánicamente las formas coloniales clásicas, pero conserva una lógica estructural similar. Se expresa mediante una combinación de coerción económica, presión diplomática, control de narrativas de seguridad y amenazas explícitas o implícitas de uso de la fuerza tanto militar como económica y/o política. Lo distintivo del momento actual es la creciente desinhibición con la que estas prácticas son enunciadas y ejecutadas. La pretensión de decidir sobre recursos estratégicos, gobiernos o alineamientos políticos de otros Estados ya no se presenta siempre bajo el ropaje de la cooperación o la promoción de valores universales como la defensa de los derechos humanos o de la democracia, sino como una cuestión de interés nacional directo, como un asunto de seguridad nacional.
Cuando una potencia se arroga el derecho de actuar al margen de normas compartidas, se derrumba la idea misma de un orden internacional basado en reglas. La política exterior se aproxima entonces a una lógica de suma cero, en la que la ganancia de uno se concibe necesariamente como la pérdida de otro. En ese contexto, la referencia al derecho internacional deja de ser un marco vinculante y se convierte en un recurso selectivo, invocado solo cuando resulta funcional a sus intereses.
Destrucción del derecho internacional como problema sistémico
El derecho internacional no ha sido nunca un instrumento neutral ni plenamente eficaz. Sin embargo, ha funcionado como un marco normativo que, al menos parcialmente, ha contenido el ejercicio arbitrario del poder. Su fuerza no radica únicamente en mecanismos coercitivos, sino en la aceptación generalizada de ciertos límites y obligaciones.
La afirmación explícita de que un Estado no necesita regirse por el derecho internacional porque actúa según su propio criterio, introduce una ruptura significativa. Esto es, nada más y nada menos, lo que ha hecho el nuevo “emperador” Trump. No se trata de violaciones puntuales, frecuentes a lo largo de la historia, sino de una impugnación del principio mismo de juridicidad global. La consecuencia es una creciente normalización de la excepción, en la que el uso de la fuerza y la vulneración de derechos se justifican mediante narrativas securitarias poco verificables.
Desde una perspectiva ética y jurídica, esta deriva resulta especialmente grave para los Estados del Sur Global. Son ellos quienes dependen en mayor medida de la existencia de normas internacionales que limiten la arbitrariedad y ofrezcan algún grado de protección frente a decisiones unilaterales de actores más poderosos.
Gustavo Petro ante un interlocutor volátil
Un rasgo central del liderazgo de Donald Trump ha sido la imprevisibilidad. Lejos de ser un mero estilo personal, esta volatilidad puede entenderse como una modalidad específica de ejercicio del poder. La imposibilidad de anticipar decisiones, cambios de postura o escaladas retóricas genera un clima de incertidumbre que favorece al actor dominante, pues obliga a los demás a reaccionar de manera defensiva y fragmentada.
En el terreno diplomático, esta lógica erosiona la confianza mínima necesaria para sostener acuerdos estables. Las garantías tradicionales pierden peso, y la coherencia entre discurso y acción se vuelve frágil. El diálogo se transforma así en un ejercicio permanente de gestión del riesgo, en el que incluso los gestos de distensión pueden coexistir con amenazas latentes.
La anunciada reunión entre el presidente colombiano Gustavo Petro y Donald Trump debe analizarse desde este marco de alta incertidumbre. Petro ha construido una agenda política que reivindica el derecho internacional, la solución negociada de los conflictos y una revisión crítica de políticas históricas que han afectado a Abya Yala, como la llamada guerra contra las drogas.
Su disposición al diálogo no implica desconocimiento de las asimetrías existentes. Sin embargo, el carácter impredecible de su interlocutor introduce un riesgo estructural: cualquier cosa puede ocurrir en un encuentro de este tipo, no por falta de preparación diplomática, sino porque las decisiones pueden responder a impulsos coyunturales más que a estrategias coherentes. La eventual cordialidad no elimina la posibilidad de presiones, descalificaciones o giros abruptos que coloquen a Colombia en una posición defensiva.
Estructuras de poder más allá de los liderazgos
Reducir el análisis a la figura de Trump sería insuficiente. Más allá de atribuciones personales, resulta analíticamente necesario reconocer que este tipo de liderazgo opera dentro de un entramado de intereses económicos y políticos más amplio. Conglomerados empresariales, complejos financieros y, de manera destacada, la industria militar configura un ecosistema que se beneficia de la confrontación y la expansión permanente.
La economía política crítica ha mostrado que la militarización y la producción de escenarios de amenaza generan rentas extraordinarias. Los conflictos, reales o potenciales, justifican presupuestos crecientes y contratos lucrativos, mientras consolidan una narrativa de inseguridad funcional a determinados sectores. En este sentido, la volatilidad del liderazgo no es un accidente, sino un factor que puede resultar funcional a esas lógicas de acumulación.
El Sur Global como sujeto político
Frente a este escenario, el Sur Global no puede limitarse a ser un espacio de disputa entre potencias. Su papel como actor político resulta decisivo para imaginar salidas alternativas al desorden imperial. Históricamente fragmentado y sometido a relaciones de dependencia, el Sur Global enfrenta hoy el desafío de articular respuestas colectivas que trasciendan la reacción aislada.
El Sur Global no está condenado a aceptar pasivamente un orden basado en la fuerza. Reivindicar la autodeterminación de los pueblos implica disputar activamente las narrativas que justifican la intervención y la coerción. Iniciativas de cooperación Sur-Sur, posiciones comunes en foros multilaterales y alianzas regionales pueden contribuir a reequilibrar, aunque sea parcialmente, las asimetrías existentes. No se trata de idealizar estas estrategias, sino de reconocer que la fragmentación solo refuerza el poder de los actores hegemónicos.
La contención frente a derivas autoritarias y expansivas no equivale al aislamiento indiscriminado. Supone el uso coordinado de instrumentos diplomáticos, económicos y jurídicos para establecer límites claros al abuso de poder. Ningún Estado del Sur Global puede asumir esta tarea en solitario, pero la acción colectiva puede generar costos políticos y simbólicos relevantes.
Defender el multilateralismo no implica desconocer sus límites, sino reconocer que sigue siendo el principal espacio donde las voces menos poderosas pueden incidir. Frente a la alternativa de un mundo regido exclusivamente por la fuerza, el derecho internacional, con todas sus imperfecciones, continúa siendo una apuesta racional frente a la alternativa de un mundo regido exclusivamente por la ley del más fuerte.
Reflexiones finales
La coyuntura actual revela una combinación peligrosa de desinhibición imperial, erosión normativa e imprevisibilidad en el ejercicio del poder. Gustavo Petro dialogará con un interlocutor extremadamente volátil, pero también con un entramado de intereses que excede ampliamente a la figura presidencial. El problema no es solo un liderazgo, sino las estructuras que lo sostienen y se benefician de su accionar, en particular los conglomerados vinculados a la industria militar.
En este contexto, el Sur Global tiene un papel insoslayable. Su capacidad de articularse como sujeto político colectivo puede contribuir a frenar la consolidación de un orden basado exclusivamente en la fuerza y abrir la posibilidad de nuevos rumbos más justos y previsibles. No hacerlo implica aceptar, de manera tácita, que el desorden imperial se convierta en la norma con consecuencias difíciles de revertir.
Referencias
[1] https://www.elespectador.com/opinion/columnistas/joseph-e-stiglitz/la-nueva-era-imperialista-de-estados-unidos/
