Por: Juliana Ramírez Rojas
El 3 de enero despertamos con la sensación de estar ad portas de un nuevo escenario marcado por expresiones del pasado, el imperialismo de antaño. Mientras los videos de las bombas cayendo sobre Caracas se viralizaban, era imposible no pensar en los millones de personas que, día a día, construyen poder comunal en Venezuela. Allí se teje, en lo cotidiano, una transformación profunda: democracia popular, propiedad social, autogobierno y soberanía territorial (Unión Comunera, 2022).
Horas después, ese mismo 3 de enero, Donald Trump dejó claro —sin el menor intento de encubrir su actuación criminal— que la intervención sobre Venezuela tenía un objetivo explícito: apropiarse del petróleo que yace bajo la tierra de Bolívar. El bombardeo, las acciones militares en el Caribe sostenidas durante meses y las amenazas abiertas a Colombia, Cuba y México se consolidaron como un mensaje disciplinante para los pueblos de América Latina, quien no se someta con “resolución absoluta” será objetivo de la furia imperial.
El alza de aranceles, las sanciones y los bloqueos económicos, la instalación de bases militares, las operaciones encubiertas, la presión diplomática y el discurso “por la democracia” no son hechos aislados, están ejecutando una estrategia de sometimiento. Son piezas de una misma maquinaria. La Doctrina Monroe —América para los americanos— no es un vestigio del pasado, es una política presente que se actualiza según la coyuntura. Las sanciones no han caído sobre gobiernos abstractos, entran a las casas, vacían neveras, encarecen la vida y empujan a millones a migrar. Es una forma de guerra que no necesita bombas para producir sufrimiento.
En un tablero dominado por potencias imperiales, gobiernos y burocracias, pocas veces se reviste de sentido el papel de los pueblos en las transformaciones históricas. El 3 de enero, Estados Unidos intervino militarmente en Venezuela, secuestró al presidente Nicolás Maduro y a la primera dama y diputada Cilia Flores, y agredió no solo al pueblo venezolano, sino a toda América Latina. Sin embargo, mientras eso ocurría, las comunas de Caracas se organizaban. Al día siguiente, el 4 de enero, miles se movilizaron para gritarle al imperio: “Piti yanqui, tú a mi país no lo vas a intervenir”. En los días posteriores, esa indignación se extendió más allá de las fronteras venezolanas, con movilizaciones en Colombia, México y en ciudades de Estados Unidos, donde pueblos y comunidades alzaron la voz contra la intervención y en defensa de la soberanía de los pueblos.
Ahí aparece el vacío central de muchos análisis políticos, mirar la geopolítica como un tablero de grandes jugadores y olvidar a quienes sostienen la vida en medio de la crisis. Desde los movimientos sociales sabemos que la transformación no llega como concesión, se arranca con organización y lucha. En esta coyuntura de convulsión y cambios profundos, el desafío es comprendernos como actores con potencia real para transformar la historia. Porque si el imperialismo tiene el método de la violencia y el terror, los pueblos también tienen memoria, organización, resistencia y horizonte.
Esta guerra no es solo económica o militar, es también una lucha por el sentido común. Vivimos un momento histórico atravesado por una disputa profunda de las ideas, los miedos y las certezas cotidianas. Los pueblos, así como tenemos la capacidad de organizarnos para resistir y transformar, también podemos ser instrumentalizados por proyectos autoritarios y fascistas que canalizan la frustración, el miedo y la rabia para sostener nuevas formas de dominación. El reto es construir certezas y horizontes de emancipación que convoquen a las mayorías a transformar su cotidianidad y a construir un futuro de soberanía, esa es la experiencia venezolana.
En contraste, los gobiernos progresistas suelen alzar la voz en el discurso y bajar la mirada en la práctica. Se declaran anti imperialistas mientras sostienen acuerdos militares, permiten bases extranjeras, pagan deudas impagables y administran la dependencia como si fuera un mal inevitable. El caso del gobierno de Petro es ilustrativo, palabras firmes contra la dominación, pero continuidad de la presencia militar estadounidense en territorios estratégicos como Gorgona y la Amazonía. La historia no se transforma con buenas intenciones, sino con rupturas reales de dignidad y solidaridad regional.
Será tarea de los pueblos organizados seguir acumulando y ampliando la correlación de fuerzas que haga inevitables los cambios. Esa potencia transformadora —persistente, colectiva y profundamente democrática— es, pese a todas las amenazas, lo que el imperialismo nunca ha logrado disciplinar.
