Por: Jaime Gómez Alcaraz
La ofensiva contra el wokismo no es simplemente una controversia sobre valores y tradiciones. Detrás de ella se esconde una disputa más profunda: quién tiene derecho a definir la identidad nacional, qué memorias merecen reconocimiento y hasta dónde puede llegar un gobierno en su pretensión de imponer una determinada concepción moral de la sociedad.
El presidente colombiano Abelardo de la Espriella, ha declarado la guerra al wokismo. Desde el poder se anuncia una contrarrevolución cultural, como si Colombia necesitara ser salvada de quienes reclaman igualdad, reconocen la diversidad o se atreven a interrogar las versiones oficiales de la historia.
No es una ocurrencia inocente. Cuando un gobernante convierte una corriente de pensamiento en enemigo de la nación, empieza a dividir a sus habitantes entre ciudadanos legítimos y sospechosos de pensar diferente. La democracia se estrecha, aunque el discurso presidencial invoque su defensa. Conviene entonces preguntarse qué significa esa palabra que provoca tanta indignación entre los guardianes de la tradición.
Una palabra nacida de la resistencia
Woke significa “despierto” en inglés. Pero su historia no comenzó en las universidades estadounidenses ni en los debates contemporáneos sobre identidad de género. Nació en la experiencia de la población afroestadounidense, que aprendió a permanecer alerta en una sociedad donde el racismo podía decidir quién tenía derechos, quién encontraba trabajo y quién terminaba en prisión o quien era linchado.
En 1938, el músico Lead Belly, utilizó la expresión stay woke refiriendose al caso de los Scottsboro Boys, nueve jóvenes negros acusados falsamente de violación en Alabama. Su advertencia era sencilla: había que mantenerse despiertos porque la injusticia podía esconderse detrás de la autoridad de un juez, de un policía o de una ley.
En 1962, el escritor William Melvin Kelley llevó la expresión a las páginas de The New York Times. Durante las décadas siguientes, aquella conciencia crítica acompañó las luchas por los derechos civiles. Más recientemente, las movilizaciones de Black Lives Matter recuperaron su significado y lo extendieron a otras reivindicaciones.
El feminismo, las luchas contra la discriminación sexual, la defensa de los pueblos ancestrales, el antirracismo y la justicia ambiental encontraron puntos de encuentro en esa sensibilidad política. No existe, sin embargo, una doctrina única llamada wokismo. Tampoco un manifiesto universal ni una organización que dirija sus múltiples expresiones. Lo que comparten estas luchas es una convicción: la igualdad escrita en las constituciones sirve de poco cuando la desigualdad continúa gobernando la vida cotidiana.
La mujer que recibe un salario inferior, el pueblo ancestral despojado de su territorio, el joven discriminado por su orientación sexual, el migrante excluido por su país de origen o el afrodescendiente tratado como sospechoso por el color de su piel conocen una realidad que no desaparece porque la ley proclame que todos somos iguales.
Estar despierto significa reconocer esas contradicciones y negarse a aceptarlas como destino.
La contrarrevolución cultural y el miedo a la diversidad
¿Por qué la extrema derecha ha convertido el wokismo en uno de sus principales enemigos? Porque resulta políticamente útil reunir bajo una misma etiqueta todo aquello que cuestiona las jerarquías tradicionales. Feminismo, memoria histórica, diversidad sexual, pensamiento decolonial y derechos de las minorías terminan presentados como partes de una conspiración contra la civilización occidental.
Así se evita discutir las injusticias concretas. El problema deja de ser la discriminación y pasa a ser quien la denuncia. La desigualdad permanece, pero quienes la cuestionan aparecen convertidos en amenaza.
Donald Trump, Javier Milei y otros dirigentes de la derecha radical han utilizado este recurso con diferentes matices. De la Espriella pretende trasladarlo al escenario colombiano, donde las heridas del colonialismo, la violencia política y la exclusión económica, de género y social siguen abiertas.
La historia nacional resulta particularmente incómoda para quienes prefieren una patria sin contradicciones. Colombia fue construida sobre territorios ancestrales sometidos, sobre el trabajo de personas esclavizadas, sobre estructuras patriarcales férreas y sobre profundas desigualdades en la distribución de la tierra y del poder. También fue construida por generaciones que resistieron esas injusticias.
Recordar esa historia no constituye un ataque contra la nación. Es una manera de comprenderla. Por eso preocupa que la ofensiva fascista desde la presidencia alcance las instituciones culturales y los espacios dedicados a la memoria. Un museo no debería convertirse en una vitrina de las preferencias ideológicas del gobernante. Su responsabilidad es preservar la memoria, investigar y mostrar la complejidad de la experiencia histórica, incluso cuando incomoda al poder.
El problema tampoco reside en que un presidente tenga convicciones religiosas o defienda determinados valores familiares. Tiene pleno derecho a hacerlo. La dificultad aparece cuando pretende normalizarlas en un estado laico y convertir esas convicciones particulares en criterios para decidir qué expresiones culturales merecen protección estatal.
La Constitución de 1991 rompió con la vieja pretensión de concebir a Colombia como una nación culturalmente uniforme. Reconoció su diversidad étnica y cultural, consagró el pluralismo como fundamento del Estado y estableció la igualdad y dignidad de las distintas manifestaciones culturales. No fue una concesión generosa del poder, fue el reconocimiento, largamente postergado, de un país ancestral, afrodescendiente, campesino, mestizo y diverso, cuya historia había sido contada demasiadas veces desde la mirada de quienes lo dominaron.
Una política cultural que excluye voces por razones ideológicas contradice el espíritu de esa Constitución. Y cuando esa exclusión se acompaña de una retórica que presenta a determinados sectores sociales como enemigos internos, adquiere rasgos dictatoriales que merecen una respuesta democrática firme.
El derecho a permanecer despiertos
Defender las reivindicaciones asociadas al wokismo significa reivindicar una larga historia de luchas contra la discriminación, la exclusión y las distintas formas de dominación. Es reconocer que muchos de los derechos que hoy consideramos fundamentales fueron conquistados por quienes se atrevieron a desafiar las injusticias de su tiempo. No fueron regalos del poder ni concesiones espontáneas de quienes disfrutaban sus privilegios.
Hubo un tiempo en que la abolición de la esclavitud parecía una amenaza contra el orden económico. El sufragio femenino fue denunciado como un atentado contra la familia. La igualdad racial encontró adversarios que invocaban las costumbres, la religión y la estabilidad social.
Las conquistas democráticas rara vez llegaron acompañadas del aplauso de quienes disfrutaban de los privilegios existentes.
En Abya Yala, la conciencia crítica tiene además una dimensión decolonial. Durante siglos se enseñó a admirar una civilización que muchas veces negó humanidad, conocimiento y derechos a los pueblos sometidos. Recuperar sus memorias, reconocer sus culturas y cuestionar las estructuras heredadas de la dominación colonial forma parte de una tarea democrática todavía inconclusa.
De la Espriella parece considerar que la unidad nacional exige combatir esas corrientes de pensamiento. Sin embargo, una nación no se fortalece ocultando sus diferencias ni obligando a sus habitantes a compartir una misma interpretación de la historia.
La democracia no pertenece al presidente de turno, pertenece también a quienes lo contradicen, a quienes reclaman derechos que todavía no disfrutan y a quienes se niegan a aceptar que las injusticias del pasado deban continuar gobernando el presente. Quizás eso sea lo que tanto incomoda del despertar social: que los excluidos comiencen a hablar con voz propia, que los silencios de la historia se rompan y que los poderosos descubran que sus verdades pueden ser discutidas.
Aquella advertencia nacida entre los afroestadounidenses conserva toda su vigencia. Y si defender la igualdad, rebelarse contra la injusticia, luchar contra un sistema que condena al planeta a la destrucción de su ecología, reconocer la diversidad y negarse a aceptar los privilegios como derechos naturales significa ser wokista, entonces lo decimos sin complejos y con orgullo: somos progresistas, somos de izquierda, somos wokistas. ¿Y qué? No tenemos por qué avergonzarnos de estar del lado de quienes luchan por una sociedad más justa.
Stay woke. Permanezcan despiertos. Especialmente cuando el poder les ordena cerrar los ojos.
