Por: Jaime Gómez Alcaraz
Las elecciones presidenciales han terminado. Abelardo de la Espriella ha sido reconocido como presidente de Colombia y, con ello, el país ha entrado en una nueva etapa política cuya importancia trasciende ampliamente las fronteras nacionales. Como ocurre en todos los grandes cambios históricos, la pregunta más relevante no es únicamente quién ganó las elecciones, sino hacia dónde se dirige la nación después de ellas.
Las campañas electorales suelen concentrarse en los problemas inmediatos: la seguridad, el empleo, la inflación o la corrupción. Sin embargo, existe otra dimensión que muchas veces permanece fuera del foco ciudadano y que puede terminar definiendo buena parte del futuro nacional. Se trata de la política exterior: la manera como un Estado se relaciona con el resto del mundo, construye alianzas, defiende sus intereses y ejerce su soberanía.
La llegada de Abelardo de la Espriella a la presidencia representa uno de los cambios más profundos en la orientación internacional de Colombia desde finales del siglo XX. No estamos ante un simple ajuste diplomático. Estamos frente a una redefinición estructural de la posición colombiana en el sistema internacional.
La soberanía como principio irrenunciable
Existe una idea que atraviesa todo el derecho internacional contemporáneo: el principio de la autodeterminación de los pueblos. Este principio establece que cada nación tiene el derecho de decidir libremente su destino político, económico y social sin presiones indebidas de otros Estados. No se trata de una consigna ideológica, sino de uno de los pilares de la convivencia internacional moderna.
La elección de Abelardo de la Espriella ha reabierto este debate. No solamente por sus posiciones en materia de política exterior alineadas con las más férreas posiciones de la extrema derecha internacional, sino porque Colombia tendrá por primera vez un presidente que posee ciudadanía estadounidense además de la colombiana y en donde de manera explícita ha manifestado su máxima lealtad con el imperio del Norte.
Naturalmente, la doble nacionalidad no constituye por sí misma una descalificación política. El asunto relevante aparece cuando esta realidad se combina con una propuesta de política exterior basada en una alineación incondicional y vasalla con el imperialismo estadounidense. En ese punto surge una pregunta legítima: ¿hasta dónde puede mantenerse la autonomía estratégica de un país cuando sus decisiones internacionales se subordinan voluntariamente a los intereses de otro Estado?
La pregunta busca examinar un problema político fundamental: la capacidad de una nación para tomar decisiones soberanas en un entorno internacional profundamente desigual.
El regreso de la dependencia estratégica
Uno de los elementos centrales del nuevo gobierno es su decisión de reconstruir una alianza privilegiada con Estados Unidos y con Israel. Quienes apoyan esta orientación consideran que permitirá fortalecer la seguridad nacional, atraer inversiones y recuperar espacios de cooperación militar y tecnológica. Sin embargo, es bueno recordar que toda alianza implica también costos y condicionamientos. Máxime si esa alianza se hace con un gobierno genocida como el de Israel o con un gobierno que se ha encargado de destruir el derecho internacional apelando a su maquinaria de guerra.
Las propuestas anunciadas por el nuevo gobierno sugieren que Colombia podría integrarse de manera mucho más profunda a los esquemas de seguridad liderados por Washington. El llamado “Plan Colombia II”, la incorporación al denominado “Escudo de las Américas”, la cooperación militar ampliada y la eventual presencia de nuevas instalaciones militares estadounidenses en territorio colombiano forman parte de esa lógica. A primera vista, estas medidas pueden parecer exclusivamente técnicas. Pero poseen profundas implicaciones políticas. Cuando la seguridad militar se convierte en el eje principal de la relación entre dos países, otras dimensiones de la política exterior suelen quedar subordinadas. El comercio, la integración regional, la cooperación cultural, la diplomacia preventiva y los mecanismos de resolución pacífica de controversias pierden protagonismo frente a las prioridades estratégicas de la potencia dominante.
La historia latinoamericana ofrece abundantes ejemplos de este fenómeno.
Lo que preocupa a muchos analistas no es la existencia de una relación estrecha con Estados Unidos. Colombia ha mantenido vínculos estratégicos con Washington durante décadas. Lo preocupante es la profundización de la dependencia al imperialismo del Norte. Una alianza entre iguales fortalece la soberanía. Una subordinación política implica la entrega de esa soberanía.
El debilitamiento del multilateralismo
Otro aspecto particularmente significativo es la intención expresada por el nuevo gobierno de revisar la permanencia de Colombia en organismos internacionales como las Naciones Unidas, la Organización de Estados Americanos y la Corte Interamericana de Derechos Humanos.
Las críticas a estas instituciones no son nuevas y existen cuestionamientos legítimos sobre su funcionamiento. Pero una cosa es reformar instituciones y otra muy distinta abandonarlas.
Los organismos multilaterales nacieron precisamente para evitar que las relaciones internacionales quedaran reducidas a la ley del más fuerte. Son espacios imperfectos, pero permiten que países medianos y pequeños tengan escenarios donde hacer valer sus posiciones mediante reglas compartidas.
Cuando un Estado se retira de estos espacios no solamente deja de asumir obligaciones. También pierde capacidad de influencia.
La salida de Colombia de organismos internacionales significaría una reducción considerable de su presencia en debates globales sobre derechos humanos, desarrollo, cambio climático, paz y cooperación regional. Además, enviaría un mensaje político inequívoco: la sustitución de una política exterior basada en el multilateralismo por otra sustentada en relaciones bilaterales altamente selectivas.
La diplomacia dejaría entonces de ser un instrumento para dialogar con diferentes actores y se convertiría principalmente en una herramienta para fortalecer alianzas previamente definidas.
Una nueva Colombia ante el mundo
La política exterior propuesta por Abelardo de la Espriella también implica un distanciamiento significativo de los proyectos de integración latinoamericana que han marcado distintos momentos de la historia regional.
La relación con Venezuela constituye quizá el ejemplo más visible. La posibilidad de que los canales diplomáticos bilaterales sean sustituidos por mecanismos indirectos mediados por Estados Unidos representa una transformación profunda en la manera de gestionar una de las fronteras más extensas y complejas del continente.
Los problemas fronterizos no desaparecen porque existan diferencias ideológicas. La migración, el comercio y la seguridad continúan existiendo independientemente de los gobiernos de turno. Por ello, la integración regional no debe entenderse únicamente como un proyecto político. También constituye una necesidad práctica derivada de la geografía y de la historia compartida.
La visión internacional del nuevo presidente parece orientarse hacia una diplomacia más transaccional, donde las relaciones exteriores se evalúan principalmente en términos de rentabilidad económica, cooperación militar y afinidad ideológica. Por esa razón, el debate sobre la política exterior colombiana no puede limitarse a simpatías o antipatías hacia determinados gobiernos extranjeros. Lo que está en juego es algo más profundo: la capacidad de Colombia para actuar como sujeto soberano en un escenario internacional marcado por enormes desigualdades de poder frente a un estado imperialista como el de Estados Unidos
La elección ya ocurrió y el nuevo presidente gobernará. Sin embargo, la ciudadanía conserva el derecho de hacer un seguimiento crítico al rumbo que toma el país y pronunciarse frente a esos hechos. Porque la soberanía no desaparece de un día para otro. Generalmente se erosiona lentamente, entre acuerdos estratégicos, alianzas aparentemente inevitables y decisiones que, tomadas por separado, parecen razonables. Solo cuando el proceso está avanzado descubriremos que algunas decisiones fundamentales ya no se toman en casa. Se toman en los corredores de Washington. Y para entonces recuperar la soberanía será un trabajo inmensamente complejo, pero absolutamente necesario.
Solo una resistencia plena impedirá que lleguemos a estos extremos.
