Por: María Consuelo del Río Mantilla
La historia política de Occidente y de América Latina está marcada por una sombra persistente: la de los tránsitos oportunistas donde lo sagrado es secuestrado para justificar el ejercicio autoritario del poder. Hoy, el análisis político contemporáneo asiste en Colombia a un fenómeno sintomático con la llegada a la Casa de Nariño de Abelardo De La Espriella. Su ascenso a la presidencia no representa meramente la victoria de un proyecto de ultraderecha punitiva, sino el manual de cómo opera el cristofascismo moderno: una simbiosis perfecta entre el autoritarismo militarista, la exclusión social, la instrumentalización de la fe y la colonización digital de las conciencias a través de la mentira sistemática.
Para desentrañar la magnitud de este proceso, es necesario conectar el origen conceptual del término y los antecedentes históricos de esta ideología con la conducta del actual mandatario colombiano, examinándola a la luz de las advertencias doctrinales formuladas por los pontífices Francisco y León XIV, y exponiendo el motor operativo que acelera esta deriva: la utilización maliciosa de las redes sociales y la desinformación con lo religioso.
El concepto de cristofascismo (o cristianofascismo) fue acuñado originalmente en la década de 1970 por la teóloga alemana Dorothee Sölle en su obra Theology for Liberation, para denunciar una perversión profunda: la de una religión que traiciona el mensaje liberador de Jesús para convertirse en un instrumento sistémico de dominación, opresión y exclusión.
Las pulsiones cristofascistas se han manifestado siempre que las derechas radicales han necesitado un pegamento moral para unir a sociedades fragmentadas en tiempos de crisis. En el siglo XXI, el fenómeno se presenta hacia liderazgos populistas de tinte performativo. Ya no se trata únicamente de un pacto corporativo entre la jerarquía eclesiástica y el dictador de turno, sino de un uso comercial y estratégico de la retórica religiosa por parte de actores que buscan blindar su moralidad frente al escrutinio democrático.
En la conducta de Abelardo de la Espriella se percibe con claridad absoluta esta apropiación instrumental. Durante décadas, en el apogeo de su trayectoria como abogado penalista de los ricos emergentes, de narcos y parapolíticos, su postura pública era la del ateísmo declaradamente asumido. Lejos de la pauta tradicional de la vieja clase política nacional, construyó su personaje sobre el secularismo ostentoso y la autosuficiencia individual. Sin embargo, en el umbral de su aspiración al poder, operó una conversión tan repentina como conveniente.
Meses antes de estructurar su plataforma política, Defensores de la Patria, el hoy presidente comenzó a apelar de forma sistemática al lenguaje místico, reconociendo un tránsito público hacia el catolicismo que diversos analistas han catalogado como una jugada de marketing electoral. Esta conversión exprés encaja milimétricamente en la definición del teólogo Johann Baptist Metz sobre la "falsificación de la religión". No estamos ante un proceso genuino de conversión espiritual, sino ante una estrategia de marketing político destinada a conectar con las bases emocionales y el resentimiento moral de sectores profundamente conservadores. Al abrazar los símbolos religiosos de manera performativa, De La Espriella logró blindarse discursivamente frente al escrutinio público, transformando su candidatura en una cruzada cósmica donde sus contradicciones morales quedaban borradas por el manto de una supuesta misión divina.
Bajo el mandato de De la Espriella, el cristofascismo deja de ser una mera categoría retórica para traducirse en políticas de Estado guiadas por la lógica de la "guerra espiritual" con la reducción del adversario a enemigo moral, entre otros aspectos. Su programa de seguridad y su retórica de "mano dura" no visualizan al opositor o al disidente como un actor legítimo dentro de la democracia, sino como agentes del caos o amenazas a la pureza de la patria, sus propuestas recurrentes como la de aislar al país de los sistemas globales de derechos humanos (buscando apartar a Colombia de instancias como la Corte Interamericana) responden al mesianismo en el que De La Espriella se asume por encima de los contrapesos seculares, interpretando las normativas universales como trabas globalistas.
Este entramado de poder no se sostiene únicamente en los discursos oficiales, sino en la infraestructura de la desinformación en redes sociales. El motor operativo más eficaz del cristofascismo contemporáneo radica en el uso sistemático de mensajes falsos y noticias fabricadas que destruyen al opositor político utilizando la religión como coartada.
En los ecosistemas digitales, los operadores de estas corrientes envuelven la mentira en mantos pseudoteológicos. Acusar falsamente a un opositor de representar una amenaza satánica o de buscar la destrucción de los valores familiares no se plantea como una discrepancia política, sino como una profecía apocalíptica. De este modo, el votante creyente procesa el ataque no mediante la verificación de datos, sino a través del temor sagrado, sintiendo la aniquilación del rival como un "deber moral".
Al calificar falazmente al disidente, al periodista o al defensor de derechos humanos como "enemigo de Dios", se le despoja de su legitimidad ciudadana. Esta estrategia reduce al oponente a un ente nocivo, allanando el camino para que la violencia digital se traduzca en hostigamiento real en las calles. Esta estrategia tecnológica de guerra sucia, permite que el entorno del poder mantenga una fachada de orden y luz pública, mientras los ejércitos de cuentas falsas ejecutan el trabajo sucio de demolición moral en las sombras.
Esta deriva autoritaria, digital y clericalista encuentra un rechazo frontal en la doctrina social de los papas recientes, cuyas advertencias retratan con precisión los riesgos del modelo que hoy gobierna en Colombia. El papa Francisco advirtió en repetidas ocasiones que utilizar el nombre de Dios, la cruz o los valores religiosos para justificar la xenofobia, el desprecio al diferente o los nacionalismos excluyentes constituye una forma de blasfemia e idolatría. Alertó contra los populismos punitivos que manipulan el miedo social bajo el falso antifaz de la moral cristiana.
Por su parte, el papa León XIV ha mantenido una línea de férrea continuidad, insistiendo en que la misión de los creyentes es construir puentes a través del diálogo y no trincheras ideológicas. León XIV ha señalado de forma directa que la instrumentalización de la fe para exacerbar las divisiones profundas de una sociedad socava el núcleo del Evangelio, que prioriza la misericordia y la dignidad inalienable de toda persona por encima de cualquier cálculo de poder político.
La conducta de Abelardo De La Espriella como presidente de Colombia encarna de manera paradigmática las contradicciones del cristofascismo contemporáneo: un ejercicio de ventriloquía ideológica donde un pasado laico y mercantil cede paso a una máscara de devoción punitiva y a una maquinaria digital de destrucción del adversario. Su gobierno no defiende los valores cristianos de la compasión, la misericordia y la opción por los vulnerables; por el contrario, expropia la fe para ponerla al servicio del miedo, el culto a la fuerza y la exclusión. Desenmascarar esta deriva cristofascista no es solo un ejercicio de rigor político, es una urgencia democrática para evitar que la cruz y la espada vuelvan a dictar, por la vía del miedo, los destinos de la sociedad colombiana y para evitar que la fe de los pueblos y las herramientas de la modernidad sean reducidas a simples combustibles del autoritarismo.
