Por: Mauricio Jaramillo Jassir
Profesor de la Universidad del Rosario
Un lamentable déjà vu. El anuncio del cierre de embajadas por parte del gobierno electo de Abelardo de la Espriella expone el desprecio por la política exterior, el desconocimiento sobre cómo funciona el mundo y es una mala reedición de la política aislacionista del gobierno Uribe. Agitar la bandera de la austeridad y la eficiencia es una forma de distraer la atención sobre su verdadera intención: rechazar los compromisos internacionales estatales, desmontar el sistema de Naciones Unidas, y equiparar el trabajo de los embajadores con la misionalidad del Ministerio de Comercio, Industria y Turismo. No sólo es ignorancia supina, sino la puesta en marcha de una diplomacia sometida a las creencias conspiracionistas de las extremas derechas del Norte Global pero que rara vez han tenido acogida en América Latina y el Caribe. En esta zona el respeto irrestricto por el derecho internacional y el sistema ONU ha sido una tradición no de palabras, sino de hechos.
Ha dicho el gobierno electo que se debe privilegiar la eficiencia administrativa, anunciando el cierre de embajadas tan relevantes como Chequia, Hungría, Azerbaiyán, Argelia, Cuba, Nicaragua, Ghana, Senegal y Etiopía, entre otras. La pregunta que nos corresponde como sociedad es ¿dónde está el estudio que respalda el supuesto de que estas misiones no sirven o su existencia es incompatible con los objetivos de Estado? ¿Si la lógica tecnócrata del costo beneficio se impone (lo cual no deja de ser un exabrupto), esta decisión no debería estar soportada en la tecnicidad? La ausencia de esta evidencia revela una mecánica demagoga y rasgos de autoritarismo. Dicen los dizque “defensores de la Patria” que lo harán porque como presidente tiene tal potestad. No, no tiene una competencia absoluta, en Colombia el presidente no es solo jefe de gobierno, sino de Estado, debe representar tanto los intereses pasajeros de gobierno como al conjunto de la sociedad, incluidos los 5 millones de colombianos en el exterior, principales víctimas del injustificado recorte.
Siguiendo un compromiso histórico, y cerrando un pasivo respecto de las demandas de los pueblos del Caribe y del Pacífico que han abogado por un acercamiento con el África subsahariana, este gobierno allanó las rutas para una relación sólida, por lo cual reabrió Ghana, e inauguró Etiopía y Senegal. Con el liderazgo de Petro y Francia Márquez, la agenda quedó abierta y definida con esa zona en términos de intercambios educativos, cooperación sur-sur, comercio e inversiones. Allí reside un potencial que el país aún desconoce en especial un establecimiento eurocentrista y anti cosmopolita (la élite colombiana es profundamente chauvinista, no parroquial como suele decirse, una noción clasista y reduccionista) que se niega a ver a los 1.500 millones de personas que lo habitan y se da el lujo de ignorar olímpicamente que se trata de la zona más joven del planeta y del Sur Global, la que más crece económicamente. El cierre de la embajada en Argel es un retroceso en el Norte de África, tendrá impactos en nuestra proyección en la zona magrebí y en todo Medio Oriente. Se trata de un aliado en energías renovables, defensor como pocos del multilateralismo y potencia regional. Esta Colombia abelardista boicoteará el avance del primer foro de la historia Celac y África. Nos afecta a todos.
Se ha anunciado con orgullo el restablecimiento de relaciones con Israel y el reconocimiento de los Altos del Golán como parte de su terrirotio, ilegal y revictimizante para quienes padecen día a día el genocidio en Gaza y Cisjordania. Esta eventual decisión desconoce las obligaciones frente a la Convención sobre Prevención y Sanción del Delito de Genocidio de 1948 que nos obliga a tomar las acciones posibles para detenerlo. No se trata solamente de un ataque al progresismo, es más, no es cuestión de ideologías, se trata de un desafío inédito en Colombia al orden internacional pactado post Segunda Guerra Mundial. La promesa que concluyó en la Carta de San Francisco (base de Naciones Unidas) fue la del “nunca jamás”, la humanidad no podría darse el lujo de asistir de brazos cruzados a la exterminación de un pueblo. Tacharán del lenguaje diplomático la alusión al genocidio desconociendo el carácter transgresor e injustificable del negacionismo y se darán el lujo públicamente de apoyarlo en nombre de los 50 millones de colombianos. Nos corresponde alzar la voz y decir, “no en mi nombre”. Colombia pasará de amar la vida, unirse al proceso iniciado por Sudáfrica (otra Embajada que se cierra) ante la Corte Internacional de Justicia y de apoyar a la Corte Penal Internacional para establecer responsabilidades individuales por la comisión de crímenes de guerra a defender y justificar el asesinato de árabes palestinos. La apertura de una embajada en Jerusalén también es ilegal, contraviene el equilibrio geopolítico de la zona, viola resoluciones de Naciones Unidas y atenta contra cualquier posibilidad de reconciliación que conduzca a dos Estados, el derrotero histórico de nuestra posición en el tema.
El gobierno colombiano desconoce la política exterior, nos embarcará en una aventura de aislamiento que no tiene antecedentes, pero sí efectos profundos en todas las regiones del país donde la presencia internacional de misiones, agencias ONU y oenegés ha sido clave para la atracción de inversión, el dinamismo de la cooperación, la vigilancia de los derechos humanos y la proyección subregional. Es el tono mismo de las extremas derechas en el mundo, no se propone nada aparte de la destrucción del sistema multilateral, los derechos humanos y el derecho internacional.
