Por: Mauricio Jaramillo Jassir
En política jamás se perdona subestimar al adversario. En estos momentos de radicalización del discurso de las derechas en el mundo, a muy pocos se les ocurre pasar por alto los riesgos de una ideología abiertamente en contravía de los derechos y garantías que no han costado conseguir como humanidad. El intento por desmontar el sistema de derechos y el auge de los autoritarismos amparados en un supuesto apoyo popular son realidades incuestionables.
Por eso es sumamente peligroso negar la guerra cultural a la que la extrema derecha denomina Batalla, que no es otra cosa que una grosera apropiación del pensamiento del militante italiano Antonio Gramsci muy de moda por estos tiempos. Me aterra escuchar a progresistas decir que no caigamos en la trampa de luchar esta batalla. Lo contrario es momento de radicalizar el discurso y emprender lo que Lenin denominó la revolución cultural, la derecha está en desventaja estructural.
El fascismo europeo lo entendió hace más de 20 años, el pensamiento de Gramsci fue visionario, como ha ocurrido con todas las vertientes que se desprenden del marxismo. Válido desde las múltiples lecturas de la izquierda, así sea para controvertirlo como sucedió con la Escuela de Frankfurt (Adorno, Horkheimer, Marcuse) crítica de los autoritarismos y la excesiva concentración analítica en las condiciones materiales dejando por fuera el campo de la cultura.
He oído como un mantra que se expande sin la debida consciencia la necesidad de que la izquierda sea autocrítica y se acerque de forma más simple a los segmentos populares que se han pasado al lado del fascismo. Ambas ideas me parecen lugares comunes sin fundamento, es más, pensaría que se trata de una imagen deliberada difundida por las derechas para condenar al progresismo a la autoflagelación. ¿Quién se inventó ese mito tan repetido de que la izquierda carece de autocrítica? ¿Cómo se les ocurre si no hay una fuerza política con tanta tendencia a la fragmentación precisamente por su carácter intelectual y deliberativo? Ahora se inventaron que el progresismo dizque perdió las elecciones en Colombia (aún están en impugnación) por la apatía del candidato. Alejarse de la correlación de fuerzas materiales desproporcionadamente en favor del fascismo como factor de la elección, es un error imperdonable para cualquier persona ubicada en el espectro de las izquierdas.
El fascismo ha sido anti intelectual, detesta una educación emancipatoria, niega la razón, ahora más que nunca agitando la bandera de las conspiraciones para negar el cambio climático, la efectividad de las vacunas o poner en tela de juicio con falacias la educación sexual. La guerra cultural fascista es violencia contra los intelectuales, las ideas y la formación. Si me pidieran un resumen de esta batalla que se nos plantea este fascismo criollo abelardista, sería la aterradoramente célebre “Qué viva la muerte, abajo la inteligencia” divisa del franquismo acuñada por el general José Millán Astray.
La superioridad intelectual de la izquierda sobre la derecha es incuestionable, no hay en ese bando ningún pensador de la talla de Carlos Marx, Antonio Gramsci, Rosa Luxemburgo, Alexandra Kolontai, Gilles Deleuze o Angela Davies. Tan es así que en el desespero por hurgar en el campo de las ideas el fascismo ha recurrido a las nociones de Gramsci, Chantal Mouffe y Ernesto Laclau para disputar el campo de lo popular. Esquivar la batalla cultural es dejarle el camino libre al fascismo y renunciar a una ventaja estratégica de la que goza el progresismo. Repetir hasta la saciedad que la izquierda comunica mal porque propone debates de fondo, es una forma de subestimar a clases populares que han demostrado avidez por la formación política, diría que mucho más que las elites quienes están apáticas con la política.
En esta batalla cultural más que comunicar según los códigos del marketing político, la izquierda debe retomar el propósito de emancipar, difundir la conciencia de clase y exponer las contradicciones insalvables del fascismo.
