Por: Mauricio Chamorro Rosero
En una entrevista radial emitida pocos días después del lanzamiento oficial del Partido Republicano Colombiano (3 de octubre de 2026), la exsenadora María Fernanda Cabal pronunció una frase destinada a hacer eco en la opinión pública: “Hoy ser revolucionario es ser conservador”. La frase, lejos de ser una ocurrencia pasajera, condensa la estrategia central de la nueva derecha internacional y local, la cual busca librar la llamada “batalla cultural” disputando los relatos, valores y el lenguaje de una sociedad para moldear el sentido común y, a través de ello, controlar el poder político y legal. Sin embargo, cuando la retórica desborda los límites de la lógica, la pretensión de convertir cualquier idea en sentido común termina por rayar en el absurdo.
Esta arremetida del discurso conservador no es casual ni ingenua, ya que está dirigida directamente a las nuevas generaciones. Históricamente, la juventud ha sido la fuerza inherente de la insatisfacción, la rebeldía y el cambio social. Salvador Allende inmortalizó esa idea en 1972 al afirmar que “ser joven y no ser revolucionario es una contradicción hasta biológica”. Lo que persigue el nuevo relato conservador es invertir ese principio histórico, intentando convencer a la juventud de que el acto más transgresor, disidente y provocador en el mundo contemporáneo es defender el statu quo, las tradiciones morales o el modelo económico vigente. Según este giro retórico, ser joven y no ser conservador sería la verdadera contradicción.
No obstante, el argumento se desmorona por su propio peso lógico y semántico. Afirmar que “ser revolucionario es ser conservador” no es una idea audaz; es, en términos estrictos, un oxímoron, pues constituye un cruce de palabras totalmente antagónicas que anula el sentido real de ambas. Aunque el término revolución posee múltiples matices académicos y sociales, existe un consenso conceptual indispensable en torno a que la actitud revolucionaria radica en subvertir el orden imperante, alterar las estructuras de poder existentes y transformar profundamente lo establecido. Por el contrario, la esencia histórica del conservadurismo –desde Edmund Burke hasta sus exponentes contemporáneos– es preservar las tradiciones, resguardar las jerarquías consolidadas y resistir la aceleración de las transformaciones profundas.
Hablar de un “revolucionario conservador” es equivalente a hablar de una “oscuridad luminosa” o de una “sumisión rebelde”. Pero este repertorio de contradicciones no termina ahí. A la lista de giros retóricos se suma lo dicho recientemente por la actual ministra de las Culturas, las Artes y los Saberes, al afirmar que luchan por el avance de la sociedad contra el “progresismo retrógrado”. Esta expresión incurre en la misma aniquilación lógica al pretender vincular la idea de avance social con la noción de retroceso. Bajo este sofisticado vaciamiento del lenguaje, solo quedaría esperar que, siguiendo ese mismo despropósito, mañana pretendan convencernos de que “hoy ser pobre es ser rico”.
En el fondo, esta disputa demuestra una profunda desesperación política ante la falta de propuestas reales frente a las crisis contemporáneas. La nueva derecha busca despojar al término revolución de su contenido emancipador para convertirlo en una cáscara vacía, apta para empaquetar posturas tradicionales bajo una estética de falsa rebeldía. Disfrazar la defensa de la tradición con trajes de vanguardia es una estrategia engañosa que delata una evidente pobreza intelectual. Si de verdad las fuerzas políticas van a dar la batalla cultural, al menos que esté a la altura del debate de las ideas y no del artificio retórico, ya que el conservadurismo puede llamarse firme, institucional o tradicionalista, pero lo que jamás podrá ser es revolucionario.
