Por: Mauricio Jaramillo Jassir
Nos hemos habituado a mirar de cerca las elecciones en el vecindario, en cada una se juega el destino de los derechos, las conquistas y hasta de garantías que ingenuamente hace unos años pensábamos irreversiblemente alcanzadas. Por eso me opongo a pensar que quienes seguimos de cerca el proceso electoral en Estados Unidos seamos vasallos del imperio. No, no se trata de eso, invito en esta columna a una lectura distinta de la coyuntura global y a que desde el progresismo se adopte una lente marxista para entenderla. Desmontemos un gran lugar común que suelen repetir los militantes de las izquierdas “importan poco las elecciones en Estados Unidos, al margen del resultado, el Imperio siempre se comportará defendiendo el estatus-quo internacional”. Y sí, es bastante atractiva; como premisa, parece irrefutable desde las gafas del progresismo, sin embargo, ¿por qué nos cuesta ver el mundo en términos de clases sociales? ¿Podemos darnos el lujo de ignorar que el país más rico del planeta tiene 40 millones de pobres, en su mayoría afroamericanos? Nadie niega que ese país está lejos de ser una sociedad postcapitalista y postracial. Nada más alejado de la realidad. Por eso precisamente es que se deben seguir de cerca las luchas de las clases oprimidas, hay mucho en juego…
La lucha de clases y la emergencia de un progresismo cada vez más radical y menos acomplejado en los Estados Unidos es constatable. No nos podemos contentar con la tibieza de los demócratas que, por miedo a ser acusados de comunistas le entregaron a Trump la presidencia. Así fue, dejaron que buena parte de la clase trabajadora votara por la extrema derecha ¡es que no hay derecho! -perdón la cacofonía-. Colombia y en especial las fuerzas de izquierda tienen que dejar de preguntarse qué le conviene al país en términos electorales con los comicios en un tercero, y en particular en los Estados Unidos. La cuestión radica en lo que más conviene a la clase trabajadora, la población LGBTIQ+, los afros y en general todos los grupos que han sufrido las violencias y la exclusión estructural de un sistema capitalista salvaje (al menos en Europa funciona el Estado de bienestar que amortigua en algo la brutalidad del sistema).
Esta elección puso en el tablero de la política un segmento del Partido Demócrata que ya no cree en la tibieza frente al fascismo. La bancada progresista representada en figuras como Rashida Tlaib (de origen palestino), Pramiya Jayapal (origen indio) y Alexandra Ocasio-Cortes (latina), no significan un cambio drástico en la correlación de fuerzas, pero sí un despertar respecto a dos enemigos, sectores del Partido Demócrata condescendientes con la extrema derecha y que poco o nada han hecho por las ejecuciones extrajudiciales en el Caribe y Pacífico, el maltrato a los migrantes o los abusos expresados en el unilateralismo en la política exterior, en especial en alianza poluta con el sionismo; y por supuesto, la propia extrema derecha.
Este nuevo congreso más allá de representar dos tableros de negociación política distintos respecto de lo que hasta ahora ha sido este segundo mandato de Trump, pone en evidencia la necesidad de estrechar lazos con el progresismo en EE. UU., diplomacia de partidos, movimientos sociales y centros de pensamiento, todos convergiendo en el propósito de detener el avance del fascismo.
La nueva aritmética en la composición del congreso es una buena noticia, habrá mayor presión en derechos humanos, y ojalá como lo hicieron con Uribe cuando retrasaron por años la firma del TLC por la violación de derechos humanos, la mayoría demócrata haga presión por la cruenta situación colombiana. Volvimos a las denuncias de falsos positivos (ejecuciones), el abuso policial y la intimidación y censura a la prensa. Son motivos de sobra para que las fuerzas progresistas del Norte y Sur Globales neutralicen al fascismo, se llame Donald o Abelardo.
