Por: Aiden Salgado Cassiani
Escribo estas notas en la víspera de las elecciones presidenciales, desde la sufrida Bellavista, municipio de Bojayá, departamento del Chocó, territorio recordado por uno de los hechos de violencia más tristes de la geografía nacional: el 2 de mayo de 2002 ocurrió la explosión de un cilindro bomba que dejó más de 100 muertos, personas que se refugiaban en la iglesia durante el enfrentamiento entre guerrilleros de la ex FARC y los paramilitares. Este hecho es recordado como la masacre de Bojayá. Una alegría vivo en esta comunidad cuando se habla de las votaciones del próximo domingo 31 de mayo, y todos dicen: “vamos por Cepeda y Aida en primera”.
Esta comunidad, sufrida por la violencia, tiene claro que su voto es por la paz; es consciente de que no puede apostarle a la guerra porque no quiere que se repita lo sucedido hace 24 años en su territorio, no quiere que esto ocurra en ningún otro territorio colombiano ni fuera de él. Eso es un voto consciente afrocolombiano, de la gente afrocolombiana e indígena de Bojayá.

La violencia y la seguridad son un factor de excusa para quienes votarán por el que dice poner mano dura, el mismo que dice tener la fuerza para acabar con los bandidos. Esa es una falacia, porque cuando revisamos el historial de los gobiernos similares al suyo, encontramos una cantidad de muertos de población civil, pero sobre todo de actores armados —sean guerrilleros, militares o paramilitares—, que son gente de carne y hueso, pero gente pobre, gente negra, gente indígena. Los que llaman a la guerra, esos que hablan de mano dura, utilizan esos hijos ajenos como caballitos de batalla para ganar votos; pero sus hijos no van a la guerra, van los de los pobres. Son tan canallas e hipócritas que ni siquiera un buen salario les pagaban; tuvo que llegar un gobierno progresista para dignificar el salario de los soldados y policías de las fuerzas armadas. Cuando escucho a algunas personas decir que van a votar por esas propuestas que van a acabar con la inseguridad, deben pensar un poco en esto, porque estarían realizando un voto inconsciente por quienes los oprimen.
Desde este territorio de gente negra, afrocolombiana, quiero adentrarme al debate sobre la mencionada frase de Luis Gilberto Murillo: “negro que se respete no vota derecha”. Es una frase que tiene toda una razón de ser pasado, presente y futuro, recobra mayor importancia en el contexto de las elecciones actuales, con todo el sustento histórico, emocional y social.
En lo histórico, recordemos quiénes fueron los que generaron la esclavitud: los esclavistas europeos —que son los padres, abuelos y bisabuelos de la derecha de hoy— son los mismos que han gobernado desde el nacimiento de Colombia imponiendo exclusión y racismo a nuestra gente y sus territorios. En lo emocional, un voto a la derecha es votar por ese blanco mestizo que no gusta de la gente negra y menos si es pobre. Votar por la derecha es hacerlo por la gente que no te representa, en cuyo rostro no te ves reflejado. Me pregunto cuándo esa derecha ha visitado o defendido nuestros derechos como negros afrocolombianos pobres: nunca. Y por último, en lo social: ¿quiénes son los que han gobernado y, a través de sus políticas, han excluido a la gente negra e indígena y sus territorios, convirtiéndolos en los lugares socialmente más pobres de Colombia, esos lugares habitados por negros e indígenas? Estas son razones para estar de acuerdo con Luis Gilberto Murillo; por eso es necesario un voto consciente afrocolombiano.
La otra frase que nuevamente escuchamos en esta coyuntura electoral es: “yo no soy de derecha ni de izquierda, por eso no me pueden condicionar el voto”. De lo que se trata es de tener claro que votar por un candidato de derecha o de izquierda no te hace de derecha o de izquierda, porque no existe algo que socialmente se llame clase en sí ni clase para sí; esa conciencia de clase no se tiene solo por pertenecer a ella.
Votar por la izquierda no es ser de izquierda a secas: es votar conscientemente por buscar unas condiciones para una sociedad menos favorecida; por eso tu voto tiene impacto y deja resultados. Ahora bien, votar por la derecha no significa que seas de derecha a secas, pero ese voto también tiene implicaciones y deja resultados; ese candidato de derecha también tiene propuestas que buscan determinar las condiciones sociales con sus políticas. La diferencia grande está en que la izquierda busca mejores condiciones para la clase menos favorecida —a la que nosotros, como pobres económicos por falta de acceso digno a servicios sociales como educación completa hasta la Universidad, salud y vivienda digna, empleo con salario digno, agua potable y seguridad generalizada no para pocos, pertenecemos a esa gente—. Eso es lo que quiere la izquierda. Mientras tanto, la derecha dice: seguridad para ellos y sus bienes, educación individualizada, empleo precario y, sobre todo, más riqueza para los ricos de su clase, con salarios bajos para los trabajadores, menos inversión del Estado y mayor corrupción.
La diferencia en la votación —o por quién votar— está en los intereses de para quién gobiernan quienes llegan al poder, en los fines para los que gobiernan, al servicio de quien ponen el Estado y sus instituciones. Unos lo mantuvieron secuestrado por siglos solo para ellos, con algunas excepciones; otros quieren ponerlo al servicio de los más pobres, las grandes mayorías.
Con el primer gobierno presidencial progresista, por primera vez se tuvo una mujer afrocolombiana como vicepresidenta, con un buen número de ministros negros. Hoy la oportunidad está abierta, por primera vez, para una mujer indígena pobre. Si eliges votar por la clase a la que perteneces, la que se parece a ti, la que algún día te saludará, la que habla como tú, esa que tuvo necesidades económicas y sociales y ahora quiere que el pueblo las siga superando —la falta de alimento, de educación, de empleo—, ese es el voto consciente.
Hoy el voto de la gente negra, afrocolombiana, raizal y palenquera, el voto de la gente indígena, el voto de la gente pobre, debe ser un voto consciente: un voto por IVÁN CEPEDA CASTRO y AIDA QUILCUE VIVAS.
Desde el Palenque, un cimarrón todavía.
