Por: Laura Espinosa Macías
A solo unas horas de la histórica remontada de Lula da Silva en el segundo turno de las elecciones presidenciales brasileñas, ya habían corrido ríos de tinta y de caracteres analizando el significado y la impresionante lección de política que dejó su triunfo. Ni qué decir del “sinsabor amargo” que sentimos en Colombia con el batacazo que nos dejó alucinados.
Mucho se ha dicho y se dirá por décadas. No cabe duda de que la hazaña electoral que presenció el mundo entero será un caso de estudio. Lo que pase después, el devenir del cuarto gobierno de Lula, de la geopolítica hemisférica y global, depende de tantos otros factores. Pero el respiro se sintió. Una bocanada de aire fresco dio aliento al mundo, pues dejó sentado que la fórmula electoral neofascista que nos han aplicado como una cartilla, no es invencible. Plantó como bandera que se puede y se debe disputar el terreno político del siglo XXI y los debates que propone. Y dejó abiertas todas las posibilidades para los comicios que se avecinan: las midterms gringas del 3 de noviembre, las elecciones territoriales colombianas y las presidenciales argentinas de 2027, por mencionar algunas.
Ahora bien, no cabe en esta reflexión todo el análisis sobre la necesidad de la comunicación política y el conocimiento técnico en la campaña, la organización de ejércitos de militancia digital para combatir las noticias falsas y los enjambres de bots, ni lo crucial de NO regalarle a la ultraderecha debates tan sensibles como la seguridad. Tampoco hablaremos otra vez de la importancia de complementar los programas políticos sociales y orientados hacia las clases populares con banderas y propuestas dirigidas a las capas medias y los sectores urbanos, ni lo clave que resultan las alianzas electorales amplias, sin descuidar la movilización social como repertorio de acción durante la campaña electoral. Todo eso ha sido abordado con suficiencia en otros espacios al alcance de un clic.
Resulta más interesante preguntarse cómo vamos a apropiar todas esas lecciones y a aplicarlas. El 28 de octubre, la Registraduría publicó la Resolución 12338 de 2026, que fija el calendario electoral para las elecciones territoriales que se llevarán a cabo el 31 de octubre de 2027. Al momento de publicar este texto, la cuenta regresiva para escoger gobernadores, alcaldes, diputados, concejales y ediles para el periodo 2028-2031, habrá comenzado.
Pero la contienda ya se está librando. Las elecciones, especialmente las locales, se preparan en la relación cotidiana con las comunidades, en la formación de liderazgos, en las alianzas políticas, en la capacidad de resolver problemas concretos y en la presencia real organizada en los territorios.
Se considera que las locales son un proceso bastante distinto a las elecciones nacionales en su desarrollo y en el comportamiento del voto. Sin embargo, no es descabellado pensar que la agitación política de la última campaña presidencial y lo que se ha visto hasta el momento de la gestión de Abelardo, le darán nuevos tintes a esta contienda. No aventuro la tesis de unas elecciones por fuera de toda regla, pero sí planteo que pueden presentarse algunas dinámicas novedosas e interesantes.
La segunda vuelta presidencial de 2026 dejó muy claro algo que es bien sabido: las posibilidades de sostener un proyecto político nacional de largo aliento pasan por consolidar el poder territorial. La incidencia de los clanes regionales, muy bien afianzados en las estructuras del poder local, fue determinante para el triunfo de Abelardo. Estas estructuras construyen alianzas, redes políticas y capacidad de articulación territorial, regional y nacional. No son un decorado: participan en la organización y reproducción del poder; eso quedó claro con el éxito en campaña de la consigna “antibogocentrista”, aunque sea mera retórica de Abelardo.
Ignorar ese entramado puede llevarnos a tener una movilización nacional multitudinaria y, aun así, carecer de fuerza político-electoral suficiente para disputar el gobierno municipal y departamental en 2027 y el nacional en 2030. Uno de los mayores activos y elementos diferenciadores de la izquierda frente a la derecha es la existencia de un movimiento social cuya presencia y potencia en los territorios son indiscutibles y deben poder traducirse, como ya ha ocurrido, en votos.
Es necesario responder con rigor la pregunta ¿por qué tantos territorios votan por la izquierda o por propuestas alternativas en las elecciones nacionales y por la derecha y las clases políticas tradicionales en las locales? No es algo aislado, y es el enorme reto de la campaña que se avecina: que las elecciones locales reflejen la gran demostración de fuerza electoral del pasado 21 de junio.
Por eso, el desafío para el campo popular no puede limitarse a cómo calcar el paso a paso de la remontada de Lula. Se trata de comprender qué condiciones hicieron posible esa remontada y cómo construirlas en nuestro contexto. Las elecciones territoriales no son un ensayo menor de la política nacional. Allí se cimenta estructura política, capacidad de gobierno, se transforma la realidad inmediata del pueblo colombiano, se forman liderazgos, se establecen relaciones de fuerza y se construye poder.
Hay que estudiar Brasil. Una contienda que parecía inclinada hacia la derecha cambió de rumbo contra todo pronóstico. La lección exige mirar la articulación entre programa, comunicación, alianzas, movilización y organización. En Colombia, además, obliga a reconocer la disputa territorial como indispensable para ser alternativa política.
Ya arrancó el calendario electoral. Como en la saga de Suzanne Collins, llegó la hora de entrar a la arena:
“¡Que comiencen los juegos del hambre! Y que la suerte esté siempre de vuestra parte”
