Por: Daniel Rocha
Las grandes obras literarias perduran porque describen conflictos humanos universales. La historia de Shylock no es solo un drama del siglo XVI, sino también una reflexión atemporal sobre el peligro de convertir la justicia en venganza.
Desde finales del siglo XVI, Shylock —representando a los judíos en la obra de Shakespeare— espera con ansiedad cobrar su libra de carne. En El mercader de Venecia, el tribunal impide, mediante una argucia jurídica, que se cumpla literalmente el contrato: se permite cortar la carne, pero no derramar ni una gota de sangre. Con este argumento, Shylock pierde no solo sus ducados, sino también a su hija, y se interna en un mundo sombrío a rumiar la venganza.
Han pasado 461 años y la libra de carne sigue siendo una metáfora vigente, un dilema ético, jurídico y moral presente en nuestra historia contemporánea.
La acción de la obra del Bardo se desarrolla en la República de Venecia, una potencia comercial que duró más de once siglos y cuya supremacía terminó con la conquista napoleónica. En la obra, la libra de carne simboliza una venganza desmedida y un castigo excesivo por una deuda de tres mil ducados no cancelada por Antonio, el comerciante cristiano, al errante prestamista judío Shylock.
Aunque Palestina, Irán y el Líbano no le deben ningún ducado a Israel —el llamado “pueblo elegido” en su imaginario—, se ha logrado transformar esa vieja deuda veneciana en una guerra santa para exigir su libra de carne, pero con la sangre expuesta y sin la mediación del Bardo que proteja a sus presuntos deudores de bombardeos, genocidios y hambrunas. Ya no es una ficción: es una tragedia humana.
La reciente escalada militar de Israel contra su enemigo histórico, acompañada por Estados Unidos para cumplir los deseos de Netanyahu a pie juntillas, vuelve a situar al mundo en una suerte de Edad Media moderna: un escenario que combina geopolítica, tecnología militar y tragedia humana.
El genocidio palestino y los ataques indiscriminados sobre Irán, sus líderes y sus objetivos civiles reabren preguntas sobre el poder, la ley, la moral, la ética y el valor de la vida. En la bolsa de valores global, la vida humana ha caído a mínimos históricos: para Israel y Trump, la vida del autodenominado “enemigo” es sacrificable, eliminable y borrable junto con su memoria, religión y arquitectura, para que no quede piedra sobre piedra, bajo la lógica de la prevención o incluso del mero placer, como se ha vuelto costumbre.
Por eso, Trump, en campaña, espetó: “Podría pararme en medio de la Quinta Avenida y dispararle a alguien, y no perdería ningún votante”.
El viejo mundo liberal europeo y humanitario hoy se arrodilla para desfilar en la Casa Blanca, como vimos en marzo con el canciller alemán, quien aceptó, con la cabeza gacha, la guía del dedo amenazante del Tío Sam.
Hilando muy fino, como hace Israel, se prepara el terreno para que España pueda llegar a ser considerada objetivo de guerra o parte del eje “matable”. Según el canciller israelí, “España no está del lado correcto de la historia”, señalando a Pedro Sánchez, seguramente con el interés de convertir a España en un paria de la democracia, expuesto a otro genocidio por negarse a colaborar con Estados Unidos y Netanyahu en su propósito de imponer una única historia contable sobre la tierra: el exterminio del pueblo judío.
La necropolítica impone así un único relato de la historia y de la memoria de los pueblos. Quien se desmarca de esa narrativa es señalado como objetivo militar para el cobro de la libra de carne, a sangre y fuego, mediante bombardeos y bloqueos sin respeto mínimo por los derechos humanos. Porque el odio y la venganza no reconocen la vida: solo objetivos militares, incluso cuando se trata de niñas en un colegio iraní o de pacientes en un hospital en Gaza.
Así, sin hipocresía, Estados Unidos e Israel nos han trasladado de la democracia liberal a la necropolítica, donde un simple chasquido de dedos decide qué países quedan expuestos a la muerte, al abandono, al desplazamiento y a la destrucción, por ser considerados terroristas con armas de destrucción masiva, incluso sin uranio enriquecido. Países habitados por seres humanos expuestos a ser eliminados en el aquí y ahora, gracias a una inteligencia brutal y a tecnologías que reducen la muerte a un instante, sin que ello se considere un crimen.
Por eso, hoy más que nunca, Shylock cobra su cláusula brutal: un contrato rescatado del baúl de los recuerdos medievales para recordarle al mundo que la venganza se cobra más allá del tiempo.
